6-DICTADURAS PRIVADAS

Pero la dictadura no es sólo un hecho público: lo es también privado. Fomentado el sistema de dominio personal y de virtualidad del jefe a lo largo de siglos y siglos, no es de extrañar que esté profundamente inserto en las vidas de las sociedades. Hay dictadores que ejercen solamente sobre una familia —su familia—, sobre el negociado o la tienda del que son jefes, sobre los obreros de los que son capataces. Numerosas personas de esta tierra no ganarían nada con un cambio de régimen en un sentido totalmente libertario, si siguieran sometidas al poder arbitrario de un padre, un profesor, un catedrático, un jefe, un marido… por presentar los poderes comúnmente admitidos, que muchas veces son reversibles: la dictadura puede estar representada por una esposa o por un hijo. Pero la verdad es que las leyes senatoriales y viriles de los estados occidentales, y de una manera especial en España y algún otro país mediterráneo, sobre todo en los menos desarrollados, someten a dictadura a un enorme número de personas. Asusta pensar la indefensión y la incapacidad en que se hallan los menores de edad con respecto a sus padres o tutores, por ejemplo. Una revolución juvenil está en marcha, como una revolución femenina con respecto a las estructuras sociales que minorizan a gran parte de las de su sexo.

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Entrada triunfal de Charles de Gaulle en París el 26 de agosto de 1944

Lógicamente, estas dictaduras privadas son más fuertes y más odiosas en países de dictadura pública, porque hay una especie de transmisión psicológica del principio de autoridad, basada siempre en las mismas enigmáticas fuentes de poder: el sistema de pirámide, el carisma, la institución. O la edad, base clásica del poder senatorial. Muchos distinguidos demócratas que luchan por el sufragio universal practican en sus hogares una paternocracia que contradice sus principios: no pueden resistir a la impregnación colectiva, sobre todo cuando esta impregnación va a favor de la autosatisfacción que produce el ejercicio del poder, y cuando están anclados en el fondo de su personalidad, por transmisión cultural difícilmente desarraigable, una serie de «principios» que consideran como invariables, y seguramente como ajenos al régimen democrático por el que profesan. Este tipo de impregnación del régimen sobre sus súbditos es bastante discriminatorio: no tenemos más que ver la diferencia del poder ejercido por el padre de familia sobre sus hijos y su esposa en un país subdesarrollado y las nuevas relaciones entre clases de edad o de sexo, o aun de minorías sexuales, en los países nórdicos de Europa.

No se puede decir que el sentido antidictatorial comenzado a fructificar a partir del siglo XVIII en Europa —y en esa prolongación de Europa que fueron entonces los países americanos, comenzando por los Estados Unidos— haya desplazado a las dictaduras. Siguen siendo, como decíamos al comienzo, los tipos de régimen más abundantes en el mundo, y los que están dispuestos a brotar de nuevo con toda su fuerza en situaciones consideradas como conflictivas, con una unilateralidad que refleja su fuerza. Por ejemplo, en la República Argentina el establecimiento de una dictadura militar en el mes de abril de 1976 no se ha hecho en el sentido de restaurar la democracia falseada, corrompida y envilecida por el segundo fascismo del general Perón, su esposa y sus fantasmas, como hubiese sido lógico, sino en el de suspender parlamento, partidos, prensa y sindicatos: es decir, en el sentido más lato de las dictaduras clásicas. Ningún país del mundo está en estos momentos a salvo de una dictadura, ni siquiera en occidente, y España es uno de los más proclives a que la forma actual de dictadura blanda se rectifique en el sentido de una dictadura clásica. No hay por ello que entregarse al pesimismo. La Dictadura tiene todos los miles de millones de años que debieron comenzar con la primera horda y su macho mandante y dirigente, hasta el brote de hace un par de cientos de años. Estos doscientos años —y no son tantos— no pueden borrar el pasado ancestral. Será preciso el paso de algunos cientos de años más. Sin que ello quiera decir que el camino de la historia sea fatal o destinal, y que a consecuencia de una serie de catástrofes las dictaduras vuelvan a establecerse totalmente en el mundo por algunos milenios más.

 

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