5. Libros de Dios, código de comunicación.

En los libros sagrados, en los que viene a expresarse la voluntad de Dios, abriendo un espacio de encuentro y comunicación para los hombres, según las religiones monoteístas. Muhammad distinguió entre religiones sin Libro y con Libro.

1. Las sin Libro suelen mantenerse en un nivel de experiencia cósmica y tradición oral. Ciertamente, poseen mitos y gestos rituales, que se transmiten y repiten con fidelidad, pero no han podido o querido fijarlos por escrito, pues no conocen la escritura o no han sentido la necesidad de utilizarla en este plano: son paganas, del pago o campo donde viven los incultos.

2. Las del Libro han fijado su experiencia en una Escritura sagrada que suele ser canon o norma sagrada y código social. Según Muhammad las anteriores (judaísmo, cristianismo) habían recibido y escrito la Palabra de Dios, pero la habían falseado; sólo él ha podido descubrir el Libro celeste y fijar su contenido para que pudiera recitarse bellamente (Corán) y ponerse por escrito (67).

Libro de Dios, Palabra hecha Escritura. Las religiones del Libro aparecen tras el tiempo eje, cuando diversos pueblos codificaron por escrito su Palabra, en gesto de grandes consecuencias culturales y sociales (68). Ellas establecen así el testimonio de Dios en un relato, ley o poema escrito, quedando vinculadas a unos textos que adquieren valor supremo. El Libro supone una Palabra en la que Dios mismo se expresa y fija su revelación, más allá del puro cosmos o de las cambiambiantes experiencias interiores. Antes pudo haber muchas palabras, que variaban según las circunstancias, pero el Libro eleva y codifica una de ellas, haciéndola normativa para los creyentes, de manera que se olvidan o marginan otras menos significativas u ortodoxas; sólo las palabras del Libro tienden a volverse canónicas o normativas.

En ese fondo situamos nuestras religiones. El monoteísmo no tiene un texto común, sino una experiencia de fe. Abrahán no tuvo Libro, ni los israelitas más antiguos, que vivían ya en un entorno con inscripciones o escritos sagrados, que fijaban los mitos de los dioses o los pactos de los pueblos en muros o tablas, ladrillos o papiros (en Babilonia, Egipto o Ugarit) (69). Sólo tras el IX AEC, los israelitas empezaron a fijar tradiciones y oráculos sagrados, como el Código de la Alianza (Éx 21-23) y la Ley del Deuteronomio (Dt 5-26). Más tarde, en los años de exilio y pos-exilio, sin independencia política, se vincularon en torno a un templo (del 515 AEC al 70 EC) y fijaron su experiencia en unos libros de Ley, Profecía y Sabiduría (Torah, Nebiim y Ketubim), que canonizaron como Escritura y base de identidad, de manera que el pueblo hizo al Libro (se expresó en él) y el Libro unió al pueblo. Ese proceso estaba básicamente acabado en tiempos de Jesús, de manera que, tras la destrucción del templo, los judíos se instituyeron como federación de sinagogas, en torno al «Santuario portátil» de su Escritura, que los cristianos aceptaron desde Cristo:

— El judaísmo nació en la medida en que fue recogiendo su experiencia creyente y su Ley social en un libro, de manera que los momentos de su surgimiento (desde la vuelta del exilio hasta la federación de sinagogas, tras el 70 EC) pueden configurarse y definirse en función de ese Libro (centrado en el Pentateuco). Pero más que el Libro en cuanto tal sigue importando la Ley de Dios que suscita y unifica al Pueblo y se transmite también por la Tradición oral (codificada en la Misná). Estrictamente hablando, el judaísmo no es religión de un Libro, sino de una Ley ( en Libro y tradiciones) y de un Pueblo que la cumple.

— Los cristianos siguen teniendo como propio el Libro judío, en su forma hebrea o su traducción griega (LXX), pero lo actualizan e interpretan desde la experiencia mesiánica de Jesús. En un momento posterior añaden su propio libro (Nuevo Testamento), de manera que la Ley de Israel tiende a llamarse Antiguo o Primer Testamento. Así colocan a Jesús (los evangelios) en el lugar donde los judíos nacionales colocaron al pueblo con su tradición oral (Misná). Pero hay una diferencia: los judíos entienden las dos realidades (Biblia y Tradición) en forma paralela, como testimonios de una misma verdad; los cristianos interpretan la vida-pascua de Jesús como plenitud del Testamento israelita, en proceso que va de la promesa al cumplimiento y que se expresa en un hombre, Jesús, y en un pueblo salvado (la iglesia), más que en un Libro como tal.

— Los musulmanes tampoco han empezado con un Libro, sino con las revelaciones que Muhammad fue recibiendo y recitaba ante los sometidos-musulmanes de La Meca o Medina, actualizando la verdad eterna de los profetas anteriores (Abrahán, Moisés, Jesucristo…). Esa Recitación (Corán) crecía y se configuraba en el tiempo de su vida: como Profeta o Monitor de Dios, Muhammad fue recibiendo nuevos mensajes para resolver las dificultades que su misión planteaba; esas mismas dificultades suscitaban otras Palabras de Dios que los seguidores de Muhammad recordaron y codificaron en el Libro. La Escritura hebrea refleja mil arios de historia y contiene textos de autores muy distintos, escritos en diversas formas literarias. El Nuevo Testamento es obra de tres generaciones de cristianos. El Corán, en cambio, es libro de un solo profeta, conjunto de enseñanzas, poemas y oráculos, recitados por Muhammad a lo largo de casi 20 años (612-630 EC) y recopilados por sus inmediatos seguidores.

Los judíos vinculan su Libro con la tradición y cultura del pueblo; por eso, en su liturgia y lectura oficial, lo recitan en hebreo, que es lengua de Dios para los fieles, aunque afirman que el Libro está al servicio del pueblo y no a la inversa. Los musulmanes han recibido y conservan (recitan y estudian) su Libro en árabe, porque así lo reveló Dios a Muhammad, y de tal forma lo veneran que parece que es el pueblo el que está al servicio del Libro y no a la inversa. Los cristianos reconocen el valor de las lenguas originales (hebreo, arameo, griego), pero traducen la Biblia a cada idioma y cultura, en esfuerzo de encarnación continuada, pues lo que importa es Jesús y su experiencia de comunión universal o Reino, no el Libro en cuanto aislado (70).

Tres libros, una Palabra de comunicación. Las Escrituras monoteístas son signo de Unidad del Dios, que habla, y del pueblo creyente, que escucha su Palabra; y, al mismo tiempo, son expresión de pluralidad, pues son tres: Biblia israelita, Nuevo Testamento, Corán. Ciertamente, debemos empezar diciendo que las tres transmiten una Palabra de fondo, una tarea de comunicación que es siempre la misma. Hemos de añadir que ella no puede imponerse de un modo uniforme, pues cada Libro ofrece una manera de expresarla y conseguirla. Esto lo han destacado de forma especial los judíos (que recogen en su Misná tradiciones diversas) y cristianos (que mantienen cuatro evangelios o testimonios del único Mensaje de gracia). Los musulmanes, en cambio, tienden a fijar el Libro de un modo único, cayendo en el riesgo del literalismo impositivo (71).

Judaísmo. El Libro no es independiente de su origen y acogida (como pura letra), ni objeto que pudiera separarse de la historia y realidad israelita, sino medio concreto de comunicación y presencia del Dios que dialoga con su pueblo. Una de las más antiguas y bellas descripciones de esta inhabitación o presencia de la Palabra de Dios en el Libro la ofrece Ben Sira, cuando dice que la Hochma o Sophia (Sabiduría) de Dios se hace Libro (Ley de vida) para los devotos de su pueblo:

La Sabiduría se alaba a sí misma, se gloría en medio de su pueblo…

Yo salí de la boca del Altísimo y como Nube cubrí la tierra…

En el principio, antes de los siglos, me creó,

por los siglos nunca cesaré.

En el Santo Templo ofrecí culto,

en la Ciudad Amada me hizo descansar.

Eché raíces en un Pueblo glorioso,

en la porción del Señor, en su heredad…

¡Venid a mí todos los que me amáis, saciaos de mis frutos!…

Todo esto es el Libro de la Alianza del Dios altísimo, la Ley que nos mandó Moisés (Eclo 24,1.3.9-10.19.23).

La misma Sabiduría, personificada a veces como Mujer divina que llama a sus amantes (cf. Prov 89), es Libro que ilumina a los fieles, Principio de comprensión que se expresa y concreta en el Pueblo y Ciudad (Jerusalén), en el Templo y el Culto. La Escritura no es Libro para leer y olvidarse, sino pacto de Dios que se condensa en Israel y se expande de algún modo a los pueblos. Por eso resulta inseparable del testimonio de los fieles: ellos, los judíos, reunidos simbólicamente en torno a Jerusalén, dialogando desde su Ley, en servicio de fidelidad abierta a las naciones, son Escritura de Dios, signo de esperanza y comunión para las naciones (72).

Islám.  Una tradición rabínica decía que Dios contempla el I Ano de la Vida-Ley, que se identifica con su propio pensamiento, mejor dicho, con el Decreto de su voluntad. El islam avanza en esta línea y añade que Dios está mirando siempre el Libro del destino, como supo Muhammad el día de su revelación primera, cuando Yibril (= Gabriel) se le mostró a la distancia de dos arcos o aun más cerca, junto al azufaifo del confín (árbol de negra madera, símbolo celeste; cf. Corán 53, 14,16; 56, 28). De esa forma, situándose en el límite y origen de todo lo que existe, descubrió Muhammad el misterio de Dios como Palabra Escrita que debe recitar (Corán 53, 10-14) (73).

En el cielo, ante Dios, permanecía desde siempre y para siempre la Madre del Libro, Libro Matriz, prototipo del Corán (Corán 43, 4; 56, 77-78), y sólo Muhammad ha podido ver su contenido, para recitarlo en bellos poemas y narraciones ejemplares, recopiladas después en el Corán. Por eso, musulmanes son aquellos que creen que Dios ha revelado su Palabra (Libro eterno) a los humanos: «Así es como te revelamos un Corán árabe, para que adviertas a la Madre de las Ciudades (= La Meca) y a los que viven en sus alrededores y para que les pongas en guardia contra el día indudable del Juicio» (Corán 42, 7).

El Corán es, en el fondo, el Libro del juicio de Dios, testimonio del Destino, que diversas culturas antiguas habían vinculado a unas misteriosas Tablas celestes, normalmente de piedra, grabadas por el mismo Dios (quien según Éx 24,12 y 32,15 escribió con sus dedos los Mandamientos de la Ley israelita). Pues bien, Muhammad ha visto esas Tablas del Libro de Dios y las ha transmitido a sus fieles, de manera que así queda fijada la verdad de Dios como Libro. El Corán es el Libro sin más, Palabra fijada por siempre, iluminación y norma de conducta: es un Libro extraterritorial, situado más allá de las disputas y razones de los hombres; es un libro inmunizado, verdad en sí que no puede discutirse, pues los creyentes deben aceptarlo como Palabra que viene de su Dios (74).

Cristianismo. Frente al islam, que eleva y sitúa en el centro de la revelación el Libro, el cristianismo subraya el mensaje de Reino y la historia de muerte de Jesús, ratificada por la pascua. El dogma central de los cristianos no es un libro, si no la Encarnación de Dios en Cristo y la experiencia filial de los creyentes que invocan ‘a Dios como Padre (Abba). Ciertamente, hay fundamentalistas de tipo protestante que han llevado y siguen llevando en su mano la Biblia, al pie de la letra, como revelación definitiva del Espíritu de Dios, verdad supra-temporal, vínculo de unión salvadora de juicio para todos los humanos, acercándose así a los musulmanes. Pero la gran tradición protestante de los siglos XIX y XX nos ha enseñado a comprenderla con los métodos histórico-críticos de las ciencias humanas, superando la idolatría del literalismo y ofreciendo así una aportación decisiva para el estudio y diálogo de las religiones. La Biblia es el libro clave de tradición y comunión para judíos y cristianos (pues unos y otros comparten el Primer Testamento) y así podemos verla como testimonio de diálogo, signo de una presencia providente de Dios, que les ha capacitado para escuchar la Palabra fundadora y expresarla en su vida, de un modo comprensible, en un largo proceso que, para los cristianos, culmina en Jesús, cuyo mensaje y misión han captado y fijado por escrito sus discípulos y seguidores, en el Nuevo Testamento. Por eso, los cristianos siguen tomando la Biblia israelita como canónica, norma primera de su comprensión de Dios y del mensaje-vida de Jesús. Así, afirman que ha llegado la plenitud de los tiempos, no sólo porque Dios se ha revelado de hecho en Cristo, sino porque sus fieles han logrado comprender básicamente su vida y mensaje, partiendo de la Escritura israelita, abierta por Jesús (en el Nuevo Testamento) hacia todos los pueblos de la tierra. Eso significa que el Nuevo Testamento no es valioso en sí como Libro cerrado, sino porque es culminación de la Escritura hebrea y camino abierto hacia la comunión universal.

La Biblia cristiana (y la judía) no se cierra en una pura letra (como parecen suponer los musulmanes respecto a su Corán), sino que se abre y nos abre, por su misma historia y letra, a unos sentidos más hondos, que los medievales llamaban alegoría, moral y anagogía. En ellos se encarna y expresa la Palabra universal que es Cristo, principio y camino de encuentro, que nos capacita para dialogar desde Dios entre todos los humanos. La Palabra verdadera no es un libro objetivo, sino un Hombre histórico que cumple la Escritura israelita, abriéndola y abriéndonos a la comunicación universal. Por eso, la Biblia se teje y entreteje, se inscribe y reescribe en la historia y vida de los seguidores de Jesús, que se abren con él a todos los humanos. Como texto histórico-literario, estudiado de manera crítica por la ciencia, ella es el libro particular de una gran tradición religiosa y debemos colocarlo al lado de otros libros de grandes tradiciones (de China o la India, por ejemplo). Pero leída y aplicada en fe, como guía de encuentro religioso, puede convertirse para los creyentes en Libro universal, principio de comunión creadora entre los hombres. Ciertamente, los cristianos no deben imponerla de un modo legalista, ni cerrarla en detalles que dependen de espacios o momentos culturales pasados, sino actualizarla haciéndola Palabra en la palabra y mensaje de su vida.

El Dios cristiano no contempla eternamente su Libro de Decretos, ni es un Arquitecto de Leyes o Suras sagradas, como parecen suponer algunos judíos y musulmanes, sino que engendra a Jesús y comparte con él su propia vida, en debilidad creadora. Eso significa que Dios es Padre de personas, más que Autor de libros, y de esa forma se vincula en comunión de amor con los humanos, engendrándoles desde el mismo don de su vida, más que a través de la lectura de unos textos fijados por escrito. Lógicamente, el Hijo de ese Dios no se ha encarnado en un Libro, pues los libros no son carié, sino en la carne de un humano, Jesús de Nazaret, el Cris«). Por eso, el cristianismo no es religión de Escritura y Ley, sino de encarnación comunitaria, de encuentro creador y liberador para los humanos, como Jesús lo ha proclamado y vivido.

 

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