4.1.- Libro de San Juan evangelista, el teólogo.

Tratado de san Juan el teólogo sobre la dormición de la santa Madre de Dios

Autor: Desconocido.

Fecha de composición: Siglos IV/VI, con base en leyendas apócrifas sobre el apóstol Juan del siglo III.

Lugar de composición: Desconocido, algún lugar del Oriente cristiano.

Lengua original: Griego.

Fuentes: Manuscritos griegos de los siglos XI al XIV, más versión latina conservada en un manuscrito de la Biblioteca Laurenziana de Milán del siglo XIV.

Uno de los apócrifos asuncionistas más antiguos es el Libro de san Juan evangelista, denominado «Juan el teólogo», cuya antigüedad no va más allá del siglo tv en opinión de C. Tischendorf su editor. M. Jugie lo retrasa hasta el siglo VI, basado en la ausencia de referencia a la fiesta de la Asunción establecida entonces en la Iglesia. Pero es posible que la tradición sea más antigua, como parece demostrar la noticia

aportada por el Pseudo Melitón (ca. 500), autor ya de una obra, De Transitu Uirginis Mariae (PG V 1231). El Decreto Gelasiano (siglo VI) enumera entre los apócrifos un libro, denominado Tránsito de santa María.

 

Visita de María al santo sepulcro

1 Cuando la santísima y gloriosa Madre de Dios y siempre virgen María iba según su 1 costumbre a quemar perfumes en el santo sepulcro de nuestro Señor, inclinando sus santas rodillas, suplicaba a Cristo, su propio hijo y Dios nuestro, que volviera a ella.

2 Al ver los judíos que ella frecuentaba el santo sepulcro, se dirigieron a los príncipes de los sacerdotes, diciendo: «María va todos los días al sepulcro». Llamaron los sacerdotes a los guardias que habían colocado para impedir que alguien rezara en el santo sepulcro y se informaron acerca de ella si lo que contaban era verdad. Pero los guardianes contestaron diciendo que no habían visto nada semejante, porque Dios les impedía verla presente.

 

Aparición del arcángel Gabriel

3 En uno de aquellos días, que era viernes, vino, según su costumbre, santa María al  monumento. Y mientras oraba, sucedió que se abrieron los cielos y bajó hasta ella el arcángel san Gabriel, que le dijo: «Alégrate, la que has engendrado a Cristo, nuestro Dios, tu oración, después de atravesar los cielos hasta tu Hijo, ha sido aceptada. Y ahora, según tu ruego, abandonando el mundo, te irás hacia las moradas del cielo, junto a tu Hijo, a la vida verdadera y eterna».

4 Después de oír estas cosas del santo arcángel, regresó a la ciudad santa de Belén, llevando consigo a tres doncellas que la servían. Y una vez que descansó un poco, se incorporó y dijo a las doncellas: «Traedme un incensario para que pueda rezar». Y se lo llevaron según les había encargado.

5 Oró, pues, diciendo: «Señor mío Jesucristo, que por tu extremada bondad te dignaste ser engendrado por mí, escucha mi voz y envíame a tu apóstol Juan para que, al verlo, comience a sentir la alegría. Envíame también a tus demás apóstoles, tanto a los que ya han regresado hasta ti como a los que siguen en este mundo, dondequiera que se encuentren en virtud de tu santo mandato, a fin de que, viéndolos, bendiga tu nombre encomiable. Pues confío en que escuchas a tu sierva en todo».

 

Llegada de Juan

6 Mientras ella estaba en oración, me presenté yo, Juan, porque el Espíritu Santo me U arrebató por medio de una nube desde Éfeso y me depositó en el lugar donde yacía la madre de mi Señor. Entrando donde ella estaba y dando gloria al que ella había engendrado, dije: «Alégrate, madre de mi Señor, que engendraste a Cristo nuestro Dios, regocíjate, porque con gran gloria vas a salir de esta vida».

7 Alabó a Dios la santa madre de Dios porque había venido yo, Juan, hasta ella, al acordarse de la voz del Señor que le dijo: «He aquí a tu madre y he aquí a tu hijo» (Jn 19, 26 y s). Llegaron también las tres doncellas y se arrodillaron.

8 Me dice la santa madre de Dios: «Reza y pon incienso». Y oré de este modo: «Señor Jesucristo, el que hiciste maravillas, haz también ahora alguna maravilla delante de la que te engendró; que salga tu madre de esta vida y que se espanten los que te crucificaron y los que no han creído en ti».

9 Cuando terminé mi oración, me dijo santa María: «Tráeme el incensario». Y poniendo ella el incienso, dijo: «Gloria a ti, Dios mío y Señor mío, porque se ha cumplido en mí lo que me prometiste antes de que subieras a los cielos: que cuando yo salga de este mundo, vendrás tú y la multitud de tus ángeles con gloria a mi encuentro».

10 Yo, Juan, le digo: «Viene nuestro Señor Jesucristo, nuestro Dios, y lo verás según te prometió». La santa madre de Dios me respondió, diciendo: «Los judíos juraron que quemarán mi cuerpo cuando yo muera». Pero yo repliqué: «Nunca verá la corrupción tu santo y precioso cuerpo». Ella respondió y me dijo: «Toma un incensario, echa incienso y reza». Y sobrevino una voz de los cielos que decía el amén.

11 Yo, Juan, escuché esta voz, y el Espíritu Santo me dijo: «Juan, ¿has oído esta voz salida del cielo cuando terminaste la oración?». Yo respondí: «Sí, la oí». Y el Espíritu Santo me dijo: «Esta voz que has oído anuncia la llegada inminente de tus hermanos los apóstoles y de las santas autoridades, que vienen hoy aquí».

 

Llegan los demás apóstoles

12 Yo, Juan, a continuación me puse en oración. Y el Espíritu Santo dijo a los apóstoles: «Subid todos al mismo tiempo sobre las nubes desde los confines de la tierra y congregaos inmediatamente en la ciudad santa de Belén por causa de la madre de nuestro Señor Jesucristo: Pedro desde Roma, Pablo desde Tiberia (se refiere a una población cercana a la ciudad de Roma), Tomás desde las Indias interiores, Santiago desde Jerusalén».

13 Andrés, el hermano de Pedro, y Felipe, Lucas, Simón Cananeo y Tadeo, que ya dormían en el Espíritu Santo, se han levantado de sus sepulcros. A ellos les ha dicho el Espíritu Santo: «No penséis que ya es la hora de la resurrección, sino levantaos de vuestros sepulcros por esto, para que vayáis al encuentro de la madre de vuestro Señor y Salvador Jesucristo para su honra y maravilla, porque está cerca el día de su partida y de su entrada en los cielos».

14 También Marcos, que todavía vivía, se presentó desde Alejandría con los demás, como se ha dicho de cada país. Pedro, levantado por una nube, se mantuvo en mitad del cielo y de la tierra mientras el Espíritu Santo lo sostenía. También los demás apóstoles, arrebatados sobre las nubes, se hallaron en compañía de Pedro. Y así todos, como ya se ha dicho, movidos por el Espíritu Santo, llegaron a la vez hasta nosotros.

15 Entrando donde estaba la madre del Señor y Dios nuestro, postrándonos ante ella, dijimos: «No temas ni te entristezcas; el Señor Dios, el que por ti fue engendrado, te sacará con gloria de este mundo». Regocijándose en Dios su Salvador, se incorporó en el lecho. Y dijo a los apóstoles: «Ahora he creído que viene del cielo nuestro Maestro y Dios, pues ya lo contemplo y salgo de esta vida del mismo modo que os he visto aquí congregados. Quiero, pues, que me digáis cómo habéis conocido mi partida para presentaros ante mí, y desde qué países y distancias habéis venido hasta aquí, ya que os habéis dado tanta prisa para venir a visitarme. Porque tampoco me lo ha ocultado nuestro Señor Jesucristo, engendrado por mí, él que es Dios del universo. Pues estoy convencida, incluso ahora, de que él es el Hijo del Altísimo».

 

El sistema del traslado de los apóstoles

16 Pedro, tomando la palabra, dijo a los apóstoles: «Cada uno de nosotros, según lo que el Espíritu Santo nos ha anunciado y ordenado, informemos a la madre de nuestro Señor».

17 Yo, Juan, respondí, diciendo: «En el momento en que yo entraba en el altar del sacrificio en Éfeso para celebrar los oficios, el Espíritu Santo me dijo: «Ha llegado el momento de la partida de la madre de tu Señor. Marcha a Belén para su despedida». Entonces una nube luminosa me arrebató y me depositó en la puerta de la casa donde yaces».

18 Respondió también Pedro: «Pues yo me encontraba en Roma hacia la salida del O sol cuando oí una voz que venía del Espíritu Santo y que me decía: «La madre de tu Señor, llegada su hora, está a punto de partir. Marcha a Belén para su despedida». Y he aquí que una nube luminosa me arrebató, y vi que también los demás apóstoles venían hacia mí sobre las nubes y oí una voz que me decía: «Marchad todos a Belén»».

19 Pablo, tomando también la palabra, dijo: «Yo también, cuando habitaba en una ciudad, situada a poca distancia de Roma, llamada región de los Tiberios, oí al Espíritu Santo que me decía: «La madre de tu Señor, que está para abandonar este mundo y subir a los cielos por su muerte, emprende ya la marcha. Vete tú también a Belén para despedirla». Y he aquí que una nube luminosa me arrebató y me depositó aquí junto a vosotros».

20 Tomás tomó también la palabra, y dijo: «También yo, cuando recorría el territorio torio de los indios y la predicación se fortalecía con la gracia de Cristo, y cuando el hijo de la hermana del rey, de nombre Labdán, estaba a punto de ser bautizado por mí en su palacio, oí de repente al Espíritu Santo que me decía: «También tú, Tomás, preséntate en Belén para despedir a la madre de tu Señor, porque va a realizar su traslado a los cielos». Y una nube luminosa me arrebató y me depositó ante vosotros».

21 Tomó también la palabra Marcos, y dijo: «Cuando yo celebraba el oficio de tercia en Alejandría, mientras oraba, el Espíritu Santo me arrebató y me trajo a vuestra presencia».

22 Tomó también la palabra Santiago, y dijo: «Cuando yo estaba en Jerusalén, el Espíritu Santo me hizo esta recomendación: «Vete a Belén, porque la madre de tu Señor se va a ir». Y he aquí que una nube luminosa me arrebató y me depositó junto a vosotros».

23 Tomó también Mateo la palabra, y dijo: «Yo glorifiqué y glorifico a Dios, porque, encontrándome en una nave, y estando la mar borrascosa y enfurecida por las olas, de repente una nube luminosa cubrió el oleaje del temporal, que se convirtió en bonanza. Luego me arrebató y me depositó ante vosotros».

24 Tomaron la palabra entonces los que habían llegado con anterioridad, y contaron cómo se habían presentado. Así, Bartolomé dijo: «Yo estaba en la Tebaida predicando la palabra cuando el Espíritu Santo me dijo: «La madre de tu Señor se va a ir. Marcha, pues, a Belén para despedirla». Y he aquí que una nube luminosa me arrebató y me trajo a vuestro lado».

 

Plegaria de María y sucesión de milagros

25 Todas estas cosas contaron los apóstoles a la santa Madre de Dios: cómo y de  qué manera habían llegado. Extendió ella las manos hacia el cielo y oró, diciendo: «Adoro, celebro y glorifico tu nombre dignísimo de toda alabanza, Señor, porque pusiste los ojos sobre la humildad de tu esclava e hiciste grandes cosas en mí, tú el poderoso. Y he aquí que me llamarán bienaventurada todas las generaciones» Lc 1, 48

26 Después de la oración, dijo a los apóstoles: «Poned incienso y orad». Mientras oraban, se oyó un trueno del cielo y vino una voz terrible como ruido de carros. Apareció una multitud del ejército de ángeles y potestades, y se escuchó una voz como del Hijo del hombre. Los serafines rodearon la casa donde yacía la santa e inmaculada madre de Dios y virgen. De tal modo que todos los habitantes de Belén contemplaron todas las maravillas, y marcharon a Jerusalén para anunciar todas las maravillas que habían sucedido.

27 Sucedió que al escucharse la voz aparecieron de pronto el sol y la luna alrededor de la casa. Se presentó una asamblea de primogénitos de los santos en la casa donde yacía la madre del Señor para su honra y gloria. Y vi que se produjeron muchos milagros: los ciegos recuperaban la vista, los sordos oían, los cojos caminaban, Ios leprosos quedaban limpios y los poseídos por espíritus impuros eran curados. Todo el que sufría de alguna enfermedad o dolencia, al tocar desde fuera el muro de la casa en la que ella yacía, gritaba: «Santa María, la que ha engendrado a Cristo nuestro Dios, ten piedad de nosotros». Y enseguida quedaban curados.

28 Muchas multitudes de toda clase de países que se encontraban en Jerusalén para orar, al oír hablar de los milagros sucedidos en Belén por causa de la madre del Señor, se presentaron en el lugar pidiendo la curación de diversas enfermedades, cosa que consiguieron. En aquel día se produjo una alegría indescriptible, mientras la multitud de los curados y de los espectadores glorificaban a nuestro Dios y a su madre. Todos los habitantes de Jerusalén, al regresar de Belén, celebraban fiesta con salmos y con himnos espirituales.

 

Reacción de los judíos

29 Los sacerdotes de los judíos, en compañía de todo su pueblo, estaban fuera de sí por lo sucedido. Dominados por un violentísimo celo y un renovado razonamiento vano, celebraron consejo y determinaron enviar a Belén mensajeros contra la santa Madre de Dios y los apóstoles que allí estaban. Y puestos en camino hacia Belén los judíos en masa, cuando se encontraban como a una milla de distancia, sucedió que contemplaron una visión terrible, y sus pies se les quedaron como atados. En consecuencia, volvieron hacia sus connacionales y contaron a los sumos sacerdotes toda la temible visión.

30 Aquellos, ardiendo más y más en ira, se dirigieron al gobernador, diciendo a gritos: «Ha perecido la nación de los judíos por esta mujer. Expúlsala fuera de Belén y de la comarca de Jerusalén». El gobernador, lleno de estupor por los milagros, les dijo: «Yo no la expulso ni de Belén ni de ningún otro sitio». Pero los judíos insistían en sus gritos y lo conjuraban por la salud del César Tiberio para que expulsase de Belén a los apóstoles. «Pues si no haces esto, decían, se lo comunicaremos al César». Sintiéndose, pues, obligado, envió a Belén un comandante de mil hombres contra los apóstoles.

31 Pero el Espíritu Santo dijo a los apóstoles y a la madre del Señor: «He aquí que el gobernador ha enviado a un comandante de mil hombres contra vosotros, porque los judíos se han amotinado. Salid, por tanto, de Belén y no temáis, porque os transportaré en una nube hasta Jerusalén; pues la fuerza del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo está con vosotros».

32 Levantándose, pues, al punto los apóstoles, salieron de la casa llevando el lecho de su Señora, la madre de Dios, y se dirigieron a Jerusalén. Enseguida, según había dicho el Espíritu Santo, llevados por una nube, se encontraron en Jerusalén en la casa de la Señora. Nos levantamos y durante cinco días cantamos himnos sin cesar.

33 Cuando llegó el comandante a Belén y no encontró allí ni a la madre del Señor J ni a los apóstoles, apresó a los betlemitas, diciéndoles: « ¿Es que no habéis venido vosotros contando al gobernador y a los sacerdotes todos los milagros y prodigios acaecidos y cómo habían acudido los apóstoles desde todos los países? ¿Dónde están, pues? Venid y presentaos al gobernador en Jerusalén». Y es que el comandante ignoraba el traslado de los apóstoles y de la madre del Señor a Jerusalén. Tomando, pues, el comandante a los betlemitas, se presentó ante el gobernador diciendo que no había hallado a nadie.

34 Después de cinco días, el gobernador, los sacerdotes y toda la ciudad tuvieron noticia de que en su propia casa de Jerusalén estaba la madre del Señor con los apóstoles, por los signos y prodigios que sucedían. Y una multitud de varones, mujeres y vírgenes, reuniéndose, gritaban: «Virgen santa, que has engendrado a Cristo nuestro Dios, no te olvides del género humano».

 

Los judíos pretenden quemar la casa de la Virgen

35 la vista de estos sucesos, movidos más todavía del celo, el pueblo de los judíos y los sacerdotes tomaron leña y fuego con la intención de incendiar la casa donde yacía la madre del Señor en compañía de los apóstoles. El gobernador estaba contemplando de lejos el espectáculo. Cuando el pueblo de los judíos llegaba ya a la puerta de la casa, he aquí que de repente salió del interior, por obra de un ángel, un fuego poderoso que abrasó a gran cantidad de los judíos. Sobrevino por toda la ciudad un temor grande, y glorificaban al Dios engendrado por aquella mujer.

36 Cuando vio el gobernador lo sucedido, gritó ante todo el pueblo, diciendo: «En verdad que es Hijo de Dios el nacido de la Virgen, a la que vosotros pretendisteis perseguir. Pues estos milagros son obra del Dios verdadero». Y se produjo una disensión entre los judíos, porque muchos creyeron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo a la vista de los milagros realizados.

 

Tránsito de María al cielo en domingo

37 Después de que sucedieron todos estos prodigios por medio de la madre de Dios  y siempre virgen María, madre del Señor, cuando estábamos nosotros los apóstoles con ella en Jerusalén, nos dijo el Espíritu Santo: «Sabéis que en domingo recibió Ia virgen María el anuncio del arcángel Gabriel, que en domingo nació en Belén el Salvador, que en domingo salieron los hijos de Jerusalén con palmas a su encuentro diciendo: «¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9; Mc 11, 10), que en domingo resucitó de entre los muertos, que en domingo ha de venir a juzgar a vivos y muertos, que en domingo tiene que venir desde los cielos para gloria y honor de la salida de la santa y gloriosa virgen que le dio a luz».

38 También en domingo dijo la madre del Señor a los apóstoles: «Poned incienso, O porque Cristo viene con un ejército de ángeles». Y he aquí que se presenta Cristo sentado sobre un trono de querubines. Mientras todos nosotros rezábamos, aparecieron multitudes innumerables de ángeles, y el Señor venía sobre querubines con gran poder. Se produjo un resplandor luminoso sobre la santa Virgen con la llegada de su unigénito Hijo y, postrándose todas las potestades de los cielos, lo adoraron.

39 El Señor habló a su madre, diciendo: «María». Ella contestó: «Aquí estoy, Señor». El Señor le dijo: «No estés triste, sino que se alegre y regocije tu corazón, pues has hallado la gracia de contemplar la gloria que me ha dado mi Padre». Y alzando sus ojos la santa madre de Dios, vio en él una gloria que boca humana no es capaz ni de explicar ni comprender. Pero el Señor continuó diciéndole: «He aquí que desde ahora tu noble cuerpo va a ser trasladado al paraíso, y tu alma estará en los cielos entre los tesoros de mi Padre con extraordinario resplandor, donde reina en exceso la paz y el gozo de santos ángeles».

40 La madre del Señor le contestó, diciendo: «Impón sobre mí tu diestra, Señor, y bendíceme». Y extendiendo el Señor su purísima diestra, la bendijo. Ella, tomando la purísima diestra de su hijo, la besaba, diciendo: «Adoro esta diestra que ha creado el cielo y la tierra; y suplico a tu celebradísimo nombre, oh Cristo Dios, rey de los siglos, unigénito del Padre, que recibas a tu esclava, tú que te dignaste ser engendrado por mi pequeñez para salvar al género humano según tu inefable economía. Concede tu ayuda a todo hombre que invoque o suplique o mencione el nombre de tu sierva».

41 Mientras ella decía estas cosas, acercándose los apóstoles a sus pies y postrándose, dijeron: «Madre del Señor, envía una bendición al mundo, porque lo abandonas. Pues cuando engendraste la luz del mundo, lo bendijiste y lo resucitaste, pues estaba perdido». Puesta en oración la madre del Señor, suplicó de esta manera: «Oh Dios, que por tu gran bondad enviaste desde los cielos a tu unigénito para que habitara en mi humilde cuerpo, y te dignaste nacer de mi pequeñez, ten piedad del mundo y de toda alma que invoque tu nombre».

42 Orando de nuevo dijo: «Señor, Rey de los cielos, Hijo de Dios vivo, recibe a todo hombre que invoque tu nombre para que sea glorificado tu nacimiento». Y oraba nuevamente, diciendo: «Señor Jesucristo, que todo lo puedes en el cielo y en la tierra, esta insistente súplica dirijo a tu santo nombre: en cualquier tiempo y lugar en que se haga memoria de mi nombre, santifica aquel lugar y glorifica a los que te alaban por mi nombre aceptando de ellos toda ofrenda, toda súplica y toda oración».

43 Cuando ella terminó esta oración, el Señor dijo a su propia madre: «Alégrate y J que se regocije tu corazón, pues toda gracia y todo don te han sido concedidos por mi Padre que está en los cielos, por mí y por el Espíritu Santo. Toda alma que invoque tu nombre no será defraudada, sino que encontrará misericordia, consuelo, auxilio y confianza tanto en el mundo presente como en el futuro en presencia de mi Padre que está en los cielos».

44 Entonces, volviéndose el Señor, dijo a Pedro: «Ha llegado el momento de comenzar la salmodia». Cuando Pedro comenzó la salmodia, todas las potencias de los cielos respondieron con el Aleluya. Entonces el rostro de la madre del Señor resplandeció más que la luz, se levantó y bendijo con su propia mano a cada uno de los apóstoles. Todos dieron gloria a Dios. Y el Señor, extendiendo sus purísimas manos, recibió su alma santa e inmaculada.

45 Con la salida de su alma inmaculada, el lugar quedó lleno de perfume y de luz inefable. Y he aquí que se oyó una voz del cielo que decía: «Dichosa tú entre las mujeres». Fuimos a toda prisa Pedro y yo Juan, y Pablo y Tomás, y abrazamos sus sagrados pies para ser santificados. Y los doce apóstoles colocaron su honorable y santo cuerpo sobre un féretro y se lo llevaron.

 

Ultraje y castigo de Jefonías

46 Y he aquí que mientras la transportaban, un cierto hebreo, llamado Jefonías, fuerte de constitución, se lazó violentamente contra el féretro que los apóstoles transportaban. Pero en esto un ángel del Señor, con una fuerza invisible, separó sus dos manos de los hombros e hizo que quedaran colgadas del féretro en el aire.

47 Realizado este prodigio, todo el pueblo de los judíos que lo habían contemplado se puso a gritar, diciendo: «Realmente es verdadero Dios el que fue dado a luz por ti, madre de Dios, siempre virgen María». Incluso el mismo Jefonías, como Pedro le ordenó que manifestara las maravillas de Dios, levantándose detrás del féretro, se puso a gritar: «Santa María, la que engendraste a Cristo Dios, ten piedad de mí». Volviéndose Pedro, le dijo: «En el nombre del que fuera engendrado por ella, que se unan las manos que fueron separadas de ti». Inmediatamente, en virtud de la palabra de Pedro, las manos que colgaban del féretro de la Señora regresaron y se rieron a Jefonías. Y creyó también él y glorificó a Cristo Dios, el que fue engendrado por ella.

 

El cuerpo de María es trasladado al paraíso

48 Realizado este milagro, llevaron los apóstoles el féretro y depositaron el precioso y santo cuerpo de María en Getsemaní, en un sepulcro nuevo. Y he aquí que un perfume de suave olor salía del sepulcro de nuestra Señor la madre de Dios. Durante tres días se escucharon voces de ángeles invisibles que glorificaban a su Hijo Cristo, nuestro Dios. Pasado el tercer día, ya no se oyeron las voces, y por ello lodos conocieron que su cuerpo inmaculado y honorable había sido trasladado al paraíso.

49 Hecho el traslado del cuerpo, vimos a Isabel, la madre de San Juan Bautista, a Ana, la madre de nuestra Señora, a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a David que cantaban el Aleluya. También vimos a todos los coros de los santos, que se postraban ante los sagrados despojos de la madre del Señor. Igualmente vimos un lugar luminoso, cuya luz era brillante más que otra cualquiera. Un perfume de suave olor llenaba aquel lugar desde el que fue trasladado al paraíso el venerable y santo cuerpo de María. Y se oyó la música de los que cantaban himnos a su Hijo, dulces canciones que solamente a las vírgenes les está concedido escuchar, y que no producen hartura

50 Nosotros, pues, los apóstoles, al contemplar el repentino y venerable traslado de su santo cuerpo, dimos gloria a Dios que nos manifestó sus maravillas acerca del tránsito de la madre de nuestro Señor Jesucristo.

Por sus oraciones y su intercesión, seamos dignos todos de alcanzar su protección, auxilio y apoyo no solo en el mundo presente sino también en el futuro, glorificando en todo tiempo y lugar a su Hijo unigénito, junto con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

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