EL AYUNO EN LA ALIMENTACIÓN.

Por: Eva Carnero. Nutricionista

La ingestión de alimentos es fundamental para el correcto funcionamiento de todos y cada uno de los órganos del cuerpo. Esto nadie lo discute. Ahora bien, ¿comemos solamente por necesidad? Reconozcamos que no es así. La mayoría de las veces lo hacemos por muchos otros motivos que nada tienen que ver con la nutrición.

 La ansiedad o el aburrimiento nos suelen empujar hacia la despensa en más ocasiones que el rugir de tripas. Del mismo modo, no dejamos de comer únicamente porque nos sintamos saciados: el ayuno está motivado por numerosas razones que van desde la religión que profesamos hasta asuntos relacionados con la salud física o emocional.

 Todo indica que nuestra sociedad dedica mucho más tiempo a hincar el diente de lo que necesita. Al menos así lo cree el doctor Karmelo Bizkarra, del Centro de Salud Vital Zuhaizpe, en Arizaleta (Navarra): “Esencialmente no comemos por hambre, ni para cubrir necesidades nutritivas, sino para combatir angustias, rabia no expresada, estrés, incomunicación, desamor, soledad o hastío”.

La abstinencia, día a día

¿Cuánto tiempo has estado sin probar bocado? Según Karmelo Bizkarra, del Centro de Salud Zuhaizpe, en Arizaleta (Navarra), “solo si has completado entre 24 y 36 horas de abstinencia total de alimentos puedes hablar de ayuno. Aunque a veces se usa el término para referirse a una ingesta de muy pocas calorías, ya que se bebe agua, infusiones o algún caldo”.

 ¿Cómo reacciona el organismo ante un recorte calórico tan brusco y repentino? La doctora Olga Patricia Herrón, del centro Mi Ayuno de Barcelona, detalla tres etapas:

 Fase 1. Duración: 1 día y medio. En este periodo se consumen las reservas de glucosa que hay almacenadas en el hígado y los músculos, que son aproximadamente 1.200 kilocalorías.

Fase 2. Duración: cuarenta días. El organismo recurre a los lípidos, la reserva energética más importante del cuerpo. En este tiempo el gasto calórico alcanza las 100.000 kilocalorías aproximadamente.

 Fase 3. Autofagia. La energía se obtiene del reciclaje de las proteínas y supone la última opción que tiene el cuerpo antes de degradar las fibras musculares. Representa una situación límite que pone en peligro la propia vida y en la que el organismo se devora a sí mismo.

En los primeros días sin ingesta de alimentos, el cuerpo gasta glucosa, el combustible que tiene más a mano: después lípidos; y, al final, proteínas. Esta última fase supone un grave riesgo vital.

Emociones bajas en calorías

EI signo más evidente del ayuno es la pérdida de peso pero dejar de comer no solo afecta al cuerpo, también lo hace, y mucho, a la mente. María José Moreno psicóloga en la Clínica Alimmenta de Barcelona, explica que “la persona que comienza una dieta se siente más irritable y su estado de ánimo es más bajo.

 Además, a largo plazo, esta actitud se acentúa y da lugar a un aislamiento ya que suelen evitarse actos sociales en los que está presente la comida”. Presionadas por el objetivo de mantener la abstinencia para perder peso, en algunas personas “aflora el sentimiento de culpa cuando se lo saltan” añade Moreno.

 Aparte de la incidencia en la esfera emocional, la experta menciona “el deterioro de todas las funciones cognitivas, como la capacidad de atención, la memoria y el aprendizaje, que aparecen poco tiempo después de haber iniciado la abstinencia y que afectan a la actividad laboral, los estudios o las tareas cotidianas”.

 Estos signos deben ser tenidos en cuenta a cualquier edad, pero, sobre todo, si quien ha dejado de comer es adolescente. Según advierte la psicóloga, en determinadas personalidades un episodio de ayuno aumenta la posibilidad de desarrollar trastornos como la anorexia o la bulimia”.

INTESTINS CAPTANDO NUTRIENTES

¿Qué hace el organismo si le quitamos la comida?

Los primeros síntomas al dejar de comer—hipoglucemia leve, dolor de cabeza, náuseas o cansancio— son normales salvo que “el organismo no consiga usar fuentes alternativas de energía a los alimentos o no recibamos asistencia médica”, explica Tatiana Medina, nutricionista del Hospital Ruber Internacional de Madrid.

 Privado de la comida, el cuerpo utiliza las grasas como combustible, pero esto “produce un exceso de ácidos en el cuerpo que riñones y pulmones tratan de compensar aumentando su trabajo. Al mismo tiempo, el corazón se ve afectado y la pérdida de su masa muscular hace que vaya perdiendo fuerza para bombear la sangre”, añade la especialista.

 El resto de órganos también tiene que adaptarse a esta situación inédita, y si el ayuno se prolonga semanas, las secuelas se suceden. La doctora Medina detalla tres claves: “El cerebro pierde funciones vitales a partir de la tercera semana; del aparato digestivo desaparecen las vellosidades intestinales que ayudan a absorber los alimentos; y el sistema inmune se debilita y nos deja expuestos a las infecciones”.