SOBRE LA PRESENCIA DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

La oración de Salomón (IRe 8,27) afirma clarísimamente la inmensidad de Dios: «Si ni los cielos ni los cielos de los cielos son capaces de contenerte, ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado!» (cf. Is 66,1).

 Am (9,2-4) explica cómo Yahvéh puede asir a los pecadores lo mismo en el fondo del  séol o del mar, que en el cielo o sobre las cuevas del Carmelo.

 Según Is 6,3, la  gloria de Yahvéh, e.d., la manifestación de su santidad y poder, llena todo el universo.

Según Jer 23,23, El llena el cielo y la tierra (cf. Sab 1,7 8,1) y sus ojos penetran los más ocultos escondrijos.

 Finalmente, Sal I39,7-10 describe de manera grandiosa la inmensidad de Dios: «¿Dónde podré alejarme de tu espíritu? ¿Adónde huir de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si bajare a los abismos, también allí estás tú.

 Si tomare las alas de la aurora, y morare en los extremos del mar, allí me asiría tu mano y me apresaría tu diestra» (cf. Job 23,8s).

 «Su medida es más larga que la tierra y más ancha que el mar» (Job 11,9).

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