EL PODER DESNUDADO POR SUS CRISIS

1-Denis duclos

Por Denis Duclos.

Antropólogo,

Director de Investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS)

cenefa1Hundimiento de un sistema financiero atrapado por sus propias infamias; cuestionamiento de la energía nuclear tras el desastre de Fukushima; desintegración de sociedades enteras en países árabes que se consideraban estables. A pesar de las grandes diferencias, los tres acontecimientos que están sacudiendo el mundo revelan de forma flagrante los límites de una misma lógica.

Tres grandes crisis sacuden al mundo y no son temas fáciles de eludir: el gran pánico financiero iniciado a finales de 2008, el accidente nuclear de Fukushima que tuvo lugar el 11 de marzo de 2011 y la crisis de régimen en numerosos Estados árabes, donde el pueblo se subleva desde el 14 de enero de 2011.

A priori, sería poco razonable comparar estas crisis, ya que corresponden a terrenos muy diferentes. La primera, que parece producirse en un mundo virtual, afecta a cientos de miles de millones de dólares de moneda escritural (1) evaporados; la segunda es producto de un grave accidente en una tecnología destinada a producir energía abundante; la tercera surge de una revuelta popular masiva contra dictaduras militarizadas. Tampoco sería honesto yuxtaponer simples catástrofes, una de las cuales sería consecuencia del “triunfo de la codicia” (2), y la otra, resultado de un desastre natural imprevisible, con sufrimientos que adquieren el sentido —deseable— de una “primavera de los pueblos”.

PETROLEO

Sin embargo, estos diferentes acontecimientos convergen en un mismo cuestionamiento del sistema capitalista mundial. Y esta resultante podría no ser el caos global que anuncia un impresionante coro de agoreros, sino más bien una evolución liberadora; un “parto de la historia”, retomando la clásica metáfora marxista. Estas crisis tienen en efecto tres puntos en común. Debilitan pilares fundamentales del sistema: su base energética, su modo de orientación del trabajo humano a través del dinero, y su necesidad de estabilidad política, especialmente en la periferia de los centros liberales. Expresan en cada uno de estos terrenos un mismo estilo excesivo que conduce al peligro tecnológico inaceptable, al riesgo financiero incontrolable o a la férula autoritaria insoportable. Revelan la fuerza de las tendencias que se oponen a su preservación: dinámicas naturales; resistencia humana de sociedades enteras que rechazan su propio sometimiento al desorden, a la contaminación o a autoridades descarriadas.

En primer lugar, se acusa a un conjunto coherente de condiciones de supervivencia del mecanismo imperante: el control y la explotación en el mejor mercado, para el mayor rendimiento posible, del hombre y la naturaleza.

Así, la tutela financiera sobre la economía no sólo ofrece la ocasión de divagar a través de la especulación: ordena las actividades humanas en la lógica del rendimiento. La economía virtual constituye menos una aberración que un campo de maniobras de la autoridad mundializada capaz de trasladar fábricas y obreros, crear economías “emergentes”, imperios-talleres y continentes-oficinas, anticipar su productividad y desarrollar el consumo cautivo que los tornará irremediablemente necesarios.

En otras palabras, la “financiarización” tiene por objeto la implementación del marco —muy costoso— de una economía-mundo. En consecuencia, ponerla en crisis en enormes burbujas de insolvencia descalifica la gobernanza general del trabajo humano en el sistema.

Sin el petróleo —tres veces más caro que en 2000 y diez veces más que en 1990—, deberíamos dividir por cuatro la producción alimentaria mundial. La Administración que aún provee energía barata no puede prescindir de ninguno de sus recursos fósiles, al estar cada sector orientado a un uso preferencial: la energía nuclear, a la producción industrial; el carbón licuado y el gas, en un futuro privilegiado, a la calefacción; y el petróleo, destinado sobre todo al funcionamiento de miles de millones de vehículos (3).

El cuestionamiento del sector nuclear (y su abandono en Alemania para el año 2022) no sólo sería una lección que incita a reorientar al menos el 14% de la producción eléctrica mundial a la energía eólica, solar o la biomasa, sino el ataque a un segmento esencial del mecanismo global. Finalmente, sin el avasallamiento de las libertades políticas en un conjunto de países rodeados de democracias de mercado en las que rige supuestamente el Estado de derecho, cientos de millones de personas habrían sufrido la atracción irrefrenable de mercados laborales alejados de sus lugares de residencia; conflictos sociales o religiosos habrían postergado sine die la posibilidad misma de una mundialización dócil del intercambio.

Esas mismas democracias pudieron ver en la solidez de regímenes eufemísticamente considerados como “moderados” una muralla contra un conflicto mundial que tiene su origen en el polvorín de Oriente Medio. Por eso, las exigencias legítimas de los pueblos sublevados no sólo generaron un ofrecimiento espontáneo de solidaridad (como en Libia), sino también una gran preocupación, más o menos disimulada en una política de espera.

CRISIS EUROPEA-.etirta.online

No sorprende demasiado pues que estas tres crisis convoquen a las más altas instituciones internacionales, ni que éstas compitan entre sí para su resolución. Tal como lo decía el especialista californiano en energía nuclear Najmedin Meshkati, a propósito del accidente de Fukushima: “Esto va mucho más allá de lo que un país puede gestionar. Debe ser tratado por el Consejo de Seguridad de la ONU. (…) Es más importante que la zona de exclusión aérea en Libia” (4).

En segundo lugar, cada una de estas tres fallas sistémicas señalan la misma tendencia del sistema a “forzar” el curso de las cosas: forzar el trabajo humano con exigencias financieras, forzar la naturaleza con tecnologías peligrosas, forzar la vida política con el control de las masas cuando aún no están disciplinadas por la lógica taylorista (que fue y sigue siendo la contracara civil de la disciplina militar).

La industria financiera hizo uso de la garantía de los Estados liberales para beneficiarse de las deudas públicas, manipular las ofertas de crédito y empujar a los deudores a contratos leoninos o trampas invisibles. En cuanto a los regímenes autoritarios, expresan su naturaleza en sus uniformes, en sus cárceles políticas y sus “estados de excepción”, en la arrogancia de sus clases nepotistas acaparadoras. Finalmente, la industria nuclear se ha rodeado desde sus orígenes de una cultura de seguridad, tanto policial como militar, para imponer sus decisiones en nombre de intereses nacionales y estratégicos. En los tres casos, también, la duplicidad hace las veces de herramienta de gestión cotidiana.

Tras haber escamoteado los puntos débiles —imposibilidad de “titularizar” las deudas sin volver insolvente el sistema financiero, necesidad de enfriar una central nuclear de forma permanente, disociación ineluctable entre el pueblo y los servicios de seguridad—, se disimula la dimensión de los daños. El programa de rescate de activos bancarios en Estados Unidos, votado en octubre de 2008, sólo abarcaba 300.000 millones de dólares (y un coste final de 25.000 millones para los contribuyentes), es decir, menos de la décima parte de las pérdidas reales.

La catástrofe nuclear de Fukushima fue y sigue siendo constantemente minimizada por el operador Tepco, las autoridades japonesas e internacionales, incluso después de que le atribuyeran un nivel de gravedad equivalente al de Chernóbil. Por no hablar de las desapariciones, torturas, detenciones y maltratos de todo tipo, ignorados por los medios de comunicación en los regímenes principescos o las dictaduras militares-policiales consideradas todavía “moderadas”.

Estos excesos revelan actualmente un límite en común. La imprevisión, el desconcierto, la parálisis surgen y perduran a pesar de las afirmaciones infundadas y el empecinamiento en el error.

La incapacidad de pensar acompaña como una sombra esta intención de imponer una orden, contra toda razón: si se construye una planta nuclear, no se puede incluir a priori la “preparación para un grave accidente” cuya mínima posibilidad se niega (basándose en un cálculo de probabilidades). Así, Francia y Reino Unido se negaron a incluir en las “pruebas de resistencia” de las centrales nucleares europeas los ataques terroristas.

En el mundo financiero, si se cree en el mercado (del cual se vive), no se puede pensar como una burbuja el impulso que provocará su “suicidio”; sin embargo, sucedió menos de un siglo después de la última gran crisis y exactamente como lo había previsto el economista John Kenneth Galbraith (5).

En cuanto a las elites dictatoriales, parecen no poder imaginar hasta el último segundo que un abismo se abrirá bajo sus palacios y que sus privilegios puedan abolirse a la vez en las calles (a las que desprecian) y con el bloqueo de sus activos tan cuidadosamente expatriados.

Fukushima

Desastre nuclear de Fukushima – japón.

Teniendo en cuenta la impotencia para resolver los problemas, la analogía entre crisis nuclear y financiera resulta aún más evidente. Tal como lo señala Paul Jorion (6), la crisis financiera se parece a Fukushima: en un caso, se vierte constantemente agua para enfriar los núcleos de la central averiados; en el otro, se vierte incesantemente dinero para paliar la implosión de la burbuja.

Pero, así como será difícil durante mucho tiempo ocultar y reabsorber el grado de endeudamiento al que condujo la excesiva creación de moneda a través del crédito, ya que finalmente estas pérdidas serán absorbidas siempre por los contribuyentes, será imposible durante mucho tiempo estabilizar la propagación mundial (por aire, mar y en los productos exportados) de sustancias radiactivas de larga vida, como el cesio 137, o muy tóxicas, como el plutonio, ya que los depósitos de varios reactores se encuentran perforados. Así como ya no se puede ocultar que, más allá de las zonas de evacuación, Japón está hoy amenazado por un nuevo deterioro de los reactores de Fukushima, por el estado de otras centrales sacudidas por el sismo, por la radiactividad subestimada que impregna los suelos, los productos agrícolas, los contenedores, y que otros millones de personas serán afectados por el agravamiento de la crisis económica y el desempleo que ésta genera.

Desde luego, el forzamiento financiero, tecnológico y policial persiste. Incluso goza de una solidaridad de cuerpo mundializada: en todas partes del mundo, las instituciones nucleares imponen lo que puede saberse; la potencia de los lobbies financieros impiden la restricción de su poder de orientación del futuro; la ayuda mutua de los regímenes autoritarios (príncipes suníes que reprimen juntos a los manifestantes de Bahréin o carteles militares magrebíes que apoyan secretamente al coronel Muammar Gaddafi) y la desconfianza occidental implícita hacia la juventud árabe.

Sin embargo, la estrategia de forzamiento del mundo ya no puede hacer las veces de ideología global. Ya no aparece como una desafortunada necesidad, y se revela como lo que es: un estilo de gobierno arbitrario, peligroso y predador al servicio de tres tipos de agentes de dominación, en detrimento de la libertad de disponer de su trabajo, gozar de la naturaleza sin destruirla (verdadero objetivo de la economía según el matemático y bio-economista Nicholas Georgescu-Roegen), y participar sin obstáculos de la comunidad política humana.

En la convergencia de las tres crisis que manifiestan así las mismas exigencias excesivas del dinero, la tecnología y el poder, surge en adelante una esperanza de “tres liberaciones”: la de un trabajo humano al que ya no se trataría sólo de relocalizar, concentrar y orientar para el máximo beneficio, sino de diversificar, en una lógica de mayor autonomía; la de la naturaleza a la que ya no se trataría de enjaezar o torturar para hacer que brinde la máxima utilidad; finalmente, la de la libre participación en la vida política del “pueblo planetario”, que se opone tanto a la férula de los regímenes militares (o a las fatwas terroríficas cada vez más rechazadas en el mundo musulmán) como al creciente repliegue xenófobo en Occidente, presunto hogar del liberalismo.

En todos estos terrenos, se desata una formidable batalla de ideas, especialmente en internet. Resulta tan difícil de librar en el sector de la energía como en el financiero, donde todo protagonista debe iniciarse en los arcanos del funcionamiento de los mercados, pero se desarrolla en sectores más amplios a pesar de esta desventaja. La intuición de una posibilidad de vivir de otra manera, más simple y más libremente, se argumenta actualmente frente a los especialistas, sin ser inmediatamente ridiculizada como regresiva y poco realista.

 

NOTAS A PIE DE PÁGINA

(1) Moneda que no circula físicamente, sino mediante un cuerpo de escritura (cheques, giros, transferencias).

(2) Joseph Stiglitz, Le triomphe de la cupidité, Les Liens qui libérent, París, 2010.

(3) 1.290 millones de vehículos particulares y utilitarios, es decir, el doble en cuatro años, según la estimación en tiempo real de la asociación Carfree.

(4) Citado por Kiyoshi Takenaka y Yoko Kubota, “Le Japon se résigne á une longue crise nucléaire”, Reuters °Mine, 28 de marzo de 2011.

(5) John Kenneth Calbraith, La crise drenomigue de 1929. Anatomie d’une catastrophe financiére, Petite bibliothéque Payot, París, 2008 [1955].

(6) Véase su blog de actualidad financiera: http://www.pauljorion.com/blog/.

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