“UNA MUNDIALIZACIÓN ES REVERSIBLE, LA OTRA NO”.

MUNDIALIZACION

1-Jean-Claude Guillebaud.metirta.online

 

POR. JEANCLAUDE GUILLEBAUD.

Para el ensayista, aunque la expansión de las tecnologías es ineluctable, es necesario devolverle al ser humano un lugar central.

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Son reversibles las mundializaciones? El ¿término “mundialización” designa dos realidades muy diferentes? Por un lado, la mundialización técnica, estructural, producto de las nuevas tecnologías: las imágenes, el sonido, los vídeos, pero también los flujos financieros, circulan de un extremo a otro del planeta a la velocidad de la luz.

Y todo ello es irreversible. Por el otro, la mundialización que resulta de las decisiones políticas deliberadas autorizar la libre circulación de capitales a comienzos de los años 1980 y promover el dogma del librecambio; en resumen, instaurar la competitividad entre las sociedades del mundo es una dinámica reversible. Tarde o temprano, nos retractaremos probablemente de algunos de los aspectos más rígidos de ese dogma, y valoraremos la protección del empleo. En caso de no hacerlo, nos veremos absorbidos por la espiral del dumping social.

El mundo no puede gobernarse de esta manera. Por otra parte, la mundialización se contradice diariamente con los hechos. Aunque se presenta como universal, ha provocado el efecto contrario: movimientos “identitarios; incluso fundamentalistas, como el islamismo o el hinduismo radicales; la aparición, con los conflictos de la antigua Yugoslavia, de una guerra “cultural” en Europa; y el resurgimiento de micro-nacionalismos en Europa del Este, tras la fusión del iceberg comunista.

Las crispaciones nacionalistas que en la actualidad se producen en Hungría son el último ejemplo de ello. Hechos que resultan inquietantes. Además, todavía persiste el riesgo de un rechazo violento de la mundialización por parte de los pueblos que la interpretan como una continuación, bajo otra forma, del imperialismo de antaño.

En China, esta tendencia se traduce en un retorno esporádico del nacionalismo agresivo. En cuanto a los países árabes, antes de etiquetarlos de “terroristas”, conviene comprender lo que ocurre.

La mundialización se desarrolló en el transcurso de los arios 1980, a comienzos del desmoronamiento del comunismo (revuelta polaca de 1980), que coincidió con la revolución conservadora anglosajona (Ronald Reagan y Margaret Thatcher). También se vio afectada por la emergencia de una variante de liberalismo notablemente beligerante. Los pueblos del Sur tuvieron la sensación de que la mundialización era un proceso que aceleraba la americanización del mundo.

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El fracaso del modelo neoliberal

Tras la victoria sobre el comunismo, Estados Unidos creyó ser depositario de una vocación universal. Una civilización basada en el libre mercado, los derechos humanos y la pretendida democracia.

Ese triunfalismo estadounidense se manifestó levemente durante el gobierno de Bill Clinton (a través del soft power) y de una forma más brutal bajo la dirección de George Bush, con el recurso a las armas, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001. Con Barack Obama, los estadounidenses comienzan a darse cuenta de que ya no pueden imponer una única civilización en todo el mundo.

Tras el noveno aniversario de la intervención en Afganistán y el séptimo de la invasión de Irak, el control del mundo ha quedado fuera del alcance de los estadounidenses. Al mismo tiempo, el “mensaje” occidental se confunde y el resto del mundo lo recibe cada vez peor.

Desde 1944, tras el desembarco, los occidentales habían firmado conjuntamente en Filadelfia una declaración que otorgaba un lugar central a los derechos sociales y al ser humano. Hoy en día, se ha olvidado por completo. Debido a nuestro modelo competitivo, bursátil, basado en la rentabilidad inmediata, hemos llegado a lo contrario. En 2008, celebramos el 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, demostrando así que éramos depositarios de ella. Sin embargo, nos hemos olvidado de releer los artículos 25 y 26, que reconocen a cada ser humano el derecho a acceder a la medicina gratuita, a la educación y a un trabajo con un salario justo, etc.

Nos hemos adaptado al crecimiento vertiginoso de las desigualdades y a la flexibilidad del trabajo. En suma, hemos escondido bajo la alfombra al ser humano y sus derechos sociales. No obstante, el modelo neoliberal basado en el rendimiento y en las desigualdades se quebró en septiembre de 2008. Vistas desde fuera, las lecciones transmitidas por Occidente suenan falsas.

En efecto, un indio o un africano están a favor de los derechos humanos, pero consideran demasiado individualista la interpretación que nosotros realizamos. ¿Y si empezamos por respetar nuestros propios principios sociales fundamentales antes de querer imponerlos a los demás? Esa antigua idea de la duplicidad occidental vuelve a salir a la luz y justifica la desconfianza con respecto a la mundialización.

Los occidentales se apresuran a imponer a los demás la democracia y algunos grandes principios, cuando ellos mismos están retrasados en materia de democracia social.

A comienzos de los años 1980, varios intelectuales africanos elaboraron una carta africana de derechos humanos que enriquecieron con los conceptos de solidaridad, familia y ecología. Se trata de un replanteamiento de nuestra interpretación occidental de los derechos humanos y no encuentro razón alguna para sentirnos ofendidos.

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Un escandaloso desajuste de percepción

A raíz del 11 de septiembre, nos sentimos indignados por esas 3 000 víctimas que no habían hecho nada. Teníamos razón al denunciar las reacciones rencorosas y dogmáticas procedentes de diversos frentes que se alegraban de ver a Estados Unidos de rodillas.

Pero estuvimos menos atentos a otras reacciones, más delicadas, como las de los intelectuales del hemisferio Sur, profundamente vinculados a la libertad y de quienes no cabe la sospecha de tener la menor condescendencia con respecto al terrorismo (por ejemplo, mi amigo, el escritor libanés Ellas Khoury).

Aunque reconocían que los actos cometidos eran abyectos, planteaban la cuestión de si los occidentales otorgan la misma importancia a todas las muertes del mundo. En los arios 1990, por ejemplo, los 2 millones de muertes en el Congo pasaron prácticamente desapercibidos.

De igual forma, la intervención estadounidense en Panamá en diciembre de 1989 para derrocara Manuel Noriega se saldó con 3 000 muertes civiles. Un balance tan grave como el del 11 de septiembre de 2001, pero nuestros medios de comunicación apenas hablaron de lo sucedido. Hubo que esperar a la valiente investigación de la cadena de televisión pública estadounidense PBS para que se supiera un poco más.

Esta forma de jerarquizar diariamente a las muertes en el mundo es escandalosa. Es la prueba de un desajuste de percepción. A nosotros, occidentales, nos cuesta gran trabajo comprender que Occidente ya no es el centro del universo. No obstante, es una evidencia.

Nuevas formas de rebelarse se desarrollan en China. Al igual que en Irán, donde el régimen de los millas continúa ejerciendo el poder, la sociedad civil china ha aprendido a actuar con astucia frente a sus dirigentes.

En Vietnam, el poder comunista ya sólo es simbólico y terminará por hundirse. En este país, los encarcelamientos siguen produciéndose, pero la sociedad civil defiende sus opiniones y junto a ella se encuentran los escritores, los artistas y los disidentes. En definitiva, en casi todas partes se elaboran visiones del mundo, que ya no son copias según la nuestra.

La ideología neoliberal alejada del “espíritu de Filadelfia” tiende a considerar a cada individuo como una mónada independiente, libre, móvil y autónoma. Es una visión simplista de la sociedad humana, una percepción puramente contable de los individuos regulados por el mercado. Ahora bien, las sociedades no funcionan de ese modo. Somos seres humanos en tanto que nos relacionamos.

Es un completo error someternos a la gobernanza de los números, que pretende convertir las realidades humanas en formas numéricas, para poderlas comparar, evaluar y contar. La mundialización, a fin de cuentas y de forma paradójica, amenaza con hacer retroceder la democracia.

Transforma a los ciudadanos seres de carne y hueso en variables de ajustes contables. “Hemos acabado confundiendo lo que cuenta por lo que se puede contar”, afirma el filósofo Edgard Morin. Efectivamente, el pensamiento numérico que tan a menudo promueve Occidente posiblemente tiene en cuenta todo… salvo la vida de los seres humanos.

 Declaraciones recogidas por CHANTAL CABÉ y MARTI NE JACOT.

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