LEYENDAS DE GALICIA – El convidado sobrenatural.

En una lujosa mansión habitaba solo, con sus criados, un joven caballero, apuesto y valeroso. Poseía una gran fortuna, heredada de sus padres, que el joven licencioso derrochaba en continuas fiestas y devaneos amorosos, llevando una vida depravada y de impiedad, sin temor a Dios ni al diablo, y siempre envuelto en pendencias y desafíos.

Se paseaba un día por el campo, recorriendo las verdes praderas y respirando a placer en aquel puro ambiente de silencio y de calma, que invitaba a la meditación. Pero él, habituado al bullicio y las orgías, ya iba deseando encontrar alguna aventura.

De pronto vio en el suelo una calavera humana; se destacaba fuertemente sobre la verde hierba; pero él, sin miedo ni respeto, se acercó y diole un puntapié que la hizo rodar, y no contento con esto, jugó con ella, burlándose de los pobres restos. Cuando ya se marchaba, se volvió y dijo:

—Calavera, te invito esta noche a cenar conmigo.

Dios permitió que la calavera pudiese hablar, y con voz de ultratumba respondió:

—No quiero despreciaros, y estad seguro de que acudiré esta noche a vuestra invitación.

El incrédulo caballero quedó muy impresionado ante aquella voz sepulcral, y marchó con honda preocupación y tristeza, pensando en la otra vida y en sus muchos y grandes pecados, que ahora le agobiaban con un peso jamás sentido. Una terrible angustia le producían los remordimientos de su conciencia, y a la mitad del camino se dirigió a un convento, donde pidió confesión. Salió el capellán, y en él descargó todos los pecados de su vida, con gran contrición y derramamiento de lágrimas. Refirió también al sacerdote la causa de su conversión, que había sido aquella extraña calavera. Y el confesor, después de darle la absolución, le impuso varias reliquias de gran virtud, y entre ellas un trozo de la cruz de Cristo. Marchó entonces a su casa con el espíritu más sereno y confortado.

Allí esperó pacientemente que llegara la noche, y, con ella, la hora de la cena. No tardaron en oírse unos aldabonazos, que retumbaron en el silencio de la noche. El caballero mandó al criado que fuese a abrir la puerta, imaginando que sería algún amigo. Desde la habitación en que estaba oyó abrir la puerta, y una voz cavernosa, que reconoció como la de la calavera, que decía:

—Di a tu amo si se acuerda de la invitación que me hizo.

Desde dentro, y aparentando una serenidad que no tenía, el caballero, en voz alta, dijo:

—Que entre, y será bien recibido.

Apareció por la puerta un esqueleto de amarillentos huesos que infundía pavor. Le seguía el criado, con palidez de muerte y tambaleándosele las piernas, a punto de desplomarse de miedo. No se sentía mejor su amo, aunque su conciencia limpia y la confianza en las reliquias que el sacerdote le había impuesto le infundían fortaleza y serenidad. El caballero, yéndose a la calavera con voz afable, le invitó:

—Siéntate junto a mí y participarás de mi cena.

Pero la calavera no se movió.

—Yo no he venido a compartir tu cena, sino por ti, para que vengas conmigo a la iglesia, donde yo también te invito.

—Vamos —contestó, sin atreverse a resistir. Y echándose su capa, siguió al esqueleto, que marchaba delante, a grandes zancadas. Llegaron al portal, que encontraron abierto, y salieron a la calle, en dirección a la iglesia, mientras el reloj de la torre lanzaba al viento las doce campanadas de medianoche. Encontraron la iglesia desierta, y en medio de ella había una mesa puesta, alumbrada con la luz temblorosa de una vela junto a la mesa, una gran losa levantada en el suelo dejaba ver una sepultura abierta. La calavera se aproximó a la fosa, y le dijo al joven:

—Ven conmigo y tomarás de mi cena, que yo te brindo.

Pero éste rehusó acercarse, y alegó:

—No quiero enterrarme vivo, que no tengo licencia de Dios.

El esqueleto, rechinando los dientes de furor, con voz cavernosa, pronunció en tono amenazador:

—Si no fuera por las reliquias que llevas puestas y que representan a Cristo, quisieras o no, te haría quedar ahí dentro para siempre, donde sufrirías martirios eternos. Yo fui en la tierra incrédulo y profano, como tú, sin respeto a nada sagrado, y en castigo me veo penando por todos los siglos. Que mi pena te sirva de escarmiento, y cuando te encuentres algún hueso, lo cojas piadosamente con tus manos y lo lleves a enterrar en sagrado; mientras, reza un padrenuestro por su alma. Esto es lo que has de hacer, si quieres que lo hagan contigo, porque con la misma medida que midieres serás medido.

Dichas estas palabras, se metió en la fosa y desapareció, cayendo encima la gran losa levantada. Después de esto, el caballero, arrepentido de su vida pasada, hizo penitencia hasta el fin de sus días.

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