EL MUNDO TRAS LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN. ¿UNA SOCIEDAD GLOBALIZADA?.

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1-David García Hernán

 

POR. DAVID GARCÍA HERNÁN.

Catedrático de Historia Moderna en la Universidad Carlos III de Madrid.

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En la ruptura del modelo bipolar, junto al proceso descolonizador, también tendrá una importancia decisiva el fracaso del modelo comunista, cuya imagen se refleja en la caída del muro de Berlín. El desmoronamiento del bloque del Este se jalona en varios hitos. En primer lugar, los movimientos nacionalistas, como el húngaro, checo o polaco, se distancian de las consignas rusas.

Después, la Yugoslavia de Tito se desmarca del líder soviético. Pero, sobre todo, en 1989, cae el muro de Berlín, tras el proceso de Perestroika y apertura política, promovido por dirigentes rusos como Mijaíl Gorvachov. La deficiente situación económica, y especialmente política, de los países comunistas (ante la ausencia durante décadas de libertades de las que sí gozaban los ciudadanos de los otros países del bloque contrario), condujo a esta simbólica, pero también, muy significativa medida. En 1991, fracasa el golpe de Estado contra el presidente Gorvachov, con lo que se produce, definitivamente, la disolución de la Unión Soviética y la caída del régimen comunista. Un nuevo mundo, especialmente para los habitantes de la antigua URSS, aparecía entonces en el horizonte.

En este contexto, tan nuevo, y tan distinto a todo lo anterior, se producirá un relativo desconcierto ideológico, llegándose a afirmar desde algunos sectores, que el liberalismo no tenía ya alternativas políticas; excepción hecha en los casos de Corea del Norte y Cuba, que mantendrán el ideario comunista en puridad.

Estados Unidos se sitúa, a partir de entonces, como incuestionable líder en el tablero internacional. Ningún otro Estado goza de igual independencia y capacidad unilateral de decisión y ejecución de decisiones propias. Como prueba el hecho de que casi todos los días desayunamos con las tristes imágenes de la guerra de Irak, intervención en la que quedó claramente desautorizada la ONU. O, también, el bombardeo de Afganistán, que se llevo a cabo sin utilizar el marco jurídico de la OTAN.

En esta afirmación mundial americana y occidental, han sido muy conocidas (y puestas en tela de juicio por gran parte de los politólogos, y, sobre todo, de los historiadores) las tesis de Francis Fukuyama sobre su pretendido “fin de la Historia”, que simplifican el estado de las relaciones internacionales desde una visión estrictamente occidentalista. Es decir, desde su perspectiva, después de la caída del Muro, el único modelo ya válido es el liberalismo y su economía de mercado. Y sitúa como potencia hegemónica a Estados Unidos, ideal que el resto de Estados debería seguir.

La Historia inmediatamente posterior (con el 11 de septiembre se pudo ver, por ejemplo, que la realidad “histórica” podía superar, incluso a la ficción cinematográfica, por ejemplo) demostraría lo desacertado de estas afirmaciones.

No sólo se ponía en evidencia, con creces, lo exagerado de su diagnóstico reduccionista, sino que nos reafirma en nuestra idea, que nos ha acompañado a lo largo de este libro, de una historia abierta y en construcción; y un futuro en el que los hombres son sujetos, no sólo objetos, de la Historia. No obstante, es innegable el predominio, aún en nuestros días, del sistema occidental a escala mundial, global.

A la caída del muro se ha ido sumando la proyección mundial del modelo, facilitado por la globalización en sus diversas manifestaciones: la desaparición de barreras informativas, el auge de internet (la llamada “red de redes”), el flujo de bienes y servicios entre todos los puntos del mundo, etc. La mundialización ha permitido proyectar el modelo de vida occidental, y más concretamente su Estado del Bienestar, por todos los rincones, mostrando un alto grado de riqueza y prosperidad; aunque es monopolizado, en gran medida, por el mundo occidental.

Es evidente que la esencia del modelo keynesiano de la posguerra, con sus políticas de demanda (que ya vimos páginas atrás), ha pervivido en Europa, según distintos patrones: nórdico, anglosajón, continental y mediterráneo. Este modelo garantizaba teóricamente a sus ciudadanos unos mínimos de seguridad (todavía nos sigue acompañando el omnipresente concepto), que aparecen ya como irrenunciables.

Al margen de sus imperfecciones y críticas, parece cierto que este sistema económico provee a los ciudadanos de unos mínimos de bienestar material, que constituyen uno de los mayores logros de la sociedad europea contemporánea. Entre sus objetivos teóricos (otras cosas es que verdaderamente se cumplan en todos sus extremos) destacan algunos tan loables como la reducción de la pobreza, la corrección de los fallos del mercado o la provisión del bienestar y felicidad a los ciudadanos, a través de una distribución equitativa del gasto público.

Determinadas prestaciones sociales, como la de desempleo, las pensiones de jubilación, la sanidad o la educación, provistas por los poderes públicos, son una conquista que asegura una cierta calidad de vida a los ciudadanos. En contra de este modelo de Estado del Bienestar, hoy no dejan de alzarse voces, que hablan de un cierto “riesgo moral” (los individuos puede que se vean desligados de las consecuencias económicas de sus actos) y, también, de un debilitamiento de las libertades. Pero es un hecho que se trata de un esquema que, de momento, se ha consolidado en Europa, habiéndose extendido sus principios a otras zonas geográficas del planeta como Canadá, Australia o Chile.

También se ha puesto de manifiesto, por el contrario, que el modelo occidental triunfante no es válido para todos los países.

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Gran parte de los nuevos Estados (tanto los surgidos a raíz de la fragmentación de la Europa del Este, como las jóvenes naciones africanas y asiáticas, hijas de la descolonización, han demostrado sus enormes reticencias. Se resisten a la uniformidad globalizadora y renacen movimientos nacionalistas que pretenden reafirmar las respectivas identidades político-culturales, utilizando, muchas veces, el recurso a la violencia.

Aunque, junto al resurgir de estos poderosos sentimientos nacionalistas, se está produciendo, paralelamente, un fenómeno inverso, como es la descentralización política hacia entidades supraestatales.

En él se han llevado a cabo con algunas —de momento, pocas— concesiones de soberanía, que debilitan los esquemas clásicos de los viejos Estados-Nación.

Caso paradigmático es el de la Unión Europea, uno de los más antiguos, y, quizás, el más importante de todos. El nacimiento de la actual Unión Europea se encuentra, como sabe el lector, en el tratado de Roma (1957), firmado por los seis países fundadores; a saber: la antigua República Federal Alemana, Italia, Francia y los países del Benelux (Holanda, Bélgica y Luxemburgo).

En el espíritu de este tratado fundacional ya estaba la creación de un mercado común, asentado sobre las libertades de circulación de mercancías, personas, capitales, servicios y libertad de establecimiento.

El proceso de integración europea se desarrolló, a partir de entonces, con dos evoluciones institucionales diversas, pero paralelas. Por un lado, los distintos tratados constituyentes, y por otro, los tratados de adhesión. De acuerdo con estos últimos, la primera ampliación se produjo en 1972 (incorporación de Reino Unido, Dinamarca e Irlanda), seguida de la de Grecia en 1980, la de España y Portugal, en 1986, la de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, la gran ampliación de 2003 (Eslovenia, Lituania, Letonia, Estonia, Malta, Chipre, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia), y, por último, la de Rumanía y Bulgaria en 2007.

Con respecto a los tratados constitutivos, al fundacional de Roma han seguido, el Acta Única Europea (de aplicación en 1986), el tratado de Maastricht (1992), el tratado de Ámsterdam (1997), que creó un espacio de seguridad común, el tratado de Niza (2000), y, por último el tratado por el que se establece una Constitución para Europa (Roma, 2004).

Sin embargo, de la Unión Europea, a pesar de todo este desarrollo institucional, se dice que es un gigante económico —con el euro como una de las monedas de referencia mundial— y “un enano político”. El hecho de que este último tratado, no se haya visto coronado con la promulgación de una Constitución común, es uno de los elementos más evidentes de esta consideración. Junto a la Unión Europea han surgido en el panorama internacional otras organizaciones de carácter supranacional; sobre todo, de marcado carácter económico, como Mercosur o la OMC (Organización Mundial del Comercio), y subsisten algunas de carácter político, como la OTAN.

Esta última, que nació en 1949 como instrumento de defensa del bloque occidental, se ha ido ampliando hacia lo que constituía el área de influencia del rival soviético, habiendo llegado a una asociación estratégica con su antiguo oponente. Estos acercamientos también se han visto impulsados, en gran medida, a raíz del nuevo orden internacional posterior a los acontecimientos terroristas del 11S. No obstante, desde algunos sectores se llegó a reclamar la desaparición de esta organización, pero, desde otros, se sigue considerando el instrumento básico para mantener a Estados Unidos comprometido en los asuntos de seguridad europea. Con respecto a la ONU, desde algunos foros se viene calificando el derecho de veto del Consejo de Seguridad de obsoleto, pues el actual estado de las relaciones internacionales parece que no lo justifica ya.

Además, lleva en ocasiones a graves situaciones de bloqueo, reclamándose incluso su eliminación. Asimismo, se ha señalado la necesidad de aumentar el número de los Estados miembros del Consejo de Seguridad, con el objeto de acoger así nuevos Estados, dotándole de un funcionamiento más democrático.

Sin duda, en esta tendencia expansiva supranacional ha tenido mucho que ver la globalización y su proceso constante de mundialización, que, para algunos, dibuja el camino hacia una aldea global en la que las reglas de juego van escapando a la decisión Estados para fijarse en el plano internacional. Algunos avances de la globalización, en términos económicos, son evidentes.

Ha logrado un recorte en los costes, a la par que un aumento en la productividad. La aplicación de las nuevas tecnologías a los mercados ha impulsado un crecimiento, en determinados momentos, formidable, no exento de algunas incertidumbres, sobre todo en el mercado bursátil. También ha facilitado el acceso a la información de muy distintos y distantes puntos del planeta, con lo que eso conlleva para el fomento de la educación, la formación y el desarrollo del capital humano. Asimismo, ha abierto nuevas posibilidades laborales, multiplicando así la flexibilidad de sus condiciones.

En la otra cara de la moneda de la globalización se habla de una brecha tecnológica, o de una interdependencia asimétrica. Es decir, de la desconexión que sufren grandes áreas geográficas mundiales, que les impiden el disfrute de esa interconexión. Mientras que la moderna era de la información lleva décadas asentada en algunas áreas de la tierra, otras viven marginadas y absolutamente desconectadas de los avances tecnológicos, preocupadas tan sólo por la mera subsistencia vital.

Se habla ya de un Cuarto Mundo para referirse a los sectores sociales que se hallan descolgados del capitalismo global, excluidos socialmente.

Igualmente, se critican los efectos negativos de las deslocalizaciones de las empresas, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, auspiciadas sin duda por el fenómeno globalizador: las condiciones más beneficiosas en términos fiscales y laborales en otros Estados y la facilidad para re-establecerse llevan a las grandes empresas a buscar una mayor rentabilidad, dejando bolsas de desempleo en las zonas en que estaban erradicadas.

Como indudables protagonistas en el desarrollo del fenómeno globalizador han destacado sobremanera tres grandes actores:

América del Norte, la Europa occidental y el eje Asia-Pacífico-Japón, junto con las grandes alianzas librecambistas, que han permitido que algunas regiones puedan hacerse oír con más fuerza (por ejemplo, América Central y del Sur, con Mercosur y el Pacto Andino).

Los grandes brazos ejecutivos de esta globalización económica han sido el Banco Mundial, la OMC y el FMI (Fondo Monetario Internacional), que han propugnado recetas neoliberales, criticadas por haber sido aconsejadas por igual a todos los países, al margen de cada contexto concreto. Además, el poder de influencia de las empresas multinacionales no debe ser desdeñado, pues son organizaciones que llegan a manejar un presupuesto muchas veces mayor al de pequeños o medianos estados. Por ejemplo, el volumen de negocios de la multinacional General Motors es superior al PIB de Dinamarca.

Su capacidad de influir en las políticas nacionales e internacionales y su incidencia, en muchos casos, en los medios de comunicación o en los grupos financieros, es indudable, y plantea también muchas actitudes de revisionismo del sistema.

La globalización ha alterado, pues, profundamente, la sociedad actual en múltiples manifestaciones. Y, en cierta medida, ha favorecido reacciones violentas desde aquellos rincones del mundo donde no se han sentido sus bondades. El progreso derivado de su capacidad para poner en conexión, bajo distintos medios, las diversas zonas del planeta, ha afectado sobremanera a los países ya desarrollados. Pero también ha ahondado en las diferencias de niveles de riqueza entre el norte y el sur del planeta.

Esta creciente desigualdad genera el caldo de cultivo de una violencia extrema en sociedades que sufren miseria, hambre, emigración, opresión política o religiosa. Los intensos flujos migratorios de nuestros días, con los retos que han supuesto para los gobiernos por su volumen y su persistencia, son una nota dominante de nuestro tiempo, con unas consecuencias importantes (de todo signo) y con múltiples aristas.

Sin duda, la más oscura, es la lucha por la supervivencia en una trágica aventura por buscarse un futuro mejor, a la que están abocados muchos de estos inmigrantes.

Aunque no el único, se puede considerar también que la situación de desesperanza generada por las desigualdades tan acusadas, es un ingrediente importante para que la religión, y más concretamente el manto del fundamentalismo islámico llevado al extremismo, sirva hoy de cauce a una de las formas más atroces de terrorismo.

Como todos sabemos, tristes muestras de él han sido los atentados terroristas del 11S (de 2001) en Nueva York y del 11M (de 2004) en Madrid. El fundamentalismo islámico ha agregado dos nuevos elementos al fenómeno terrorista: su dimensión global y la inclusión del suicidio como herramienta de ataque, lo cual le imprime de una eficacia especialmente mortífera.

El 11S ciertamente, como se predijo en el mismo día de los acontecimientos, cambió el mundo. Más allá de las controvertidas, y también conocidas, tesis de Huntington sobre un supuesto “choque de civilizaciones”, lo que más nos interesa a nosotros del 11 S es su trascendente repercusión en el concepto de seguridad mundial.

Esa idea, que se ha venido traduciendo, durante siglos, en impedir que perturbaciones externas o internas pudieran alterar el equilibrio de los Estados o subvertir su orden, ha cambiado, a partir de entonces, radicalmente.

La guerra ha evolucionado en sus técnicas y, ahora, los aprendizajes y las máquinas ya no responden a los objetivos y desarrollos convencionales del pasado.

La seguridad mundial, como siempre, sigue preocupando extraordinariamente al mundo, pero, ahora, bajo unos nuevos parámetros. Y el discurso de la Historia sigue —y seguirá— en gran medida su evolución.

En la lucha contra las nuevas amenazas a la seguridad, se han adoptado medidas que, de momento, han sacrificado una vez más la libertad. Lo cual, nos hace plantearnos, también en nuestros días, la tensión entre estos dos valores.

Encontramos recientes ejemplos de estas restricciones ya en la vida corriente, como el aumento de los controles en los aeropuertos, que entorpece la libertad de circulación en aras de una mayor protección de los ciudadanos; o la mayor vigilancia de los contenidos de información que circulan por Internet, que sin duda tienen por objeto detectar acciones ilícitas, pero que también pueden afectar a la libertad de información o de comunicación; por poner sólo unos pocos ejemplos.

Se vuelve a plantear, ahora quizás de una forma más directa que nunca, un debate muy delicado y, a la vez profundo sobre la seguridad y la libertad.

Un debate cuyo último objetivo representa riesgos para alguna de las libertades individuales más sagradas de la civilización occidental, aunque también para la trayectoria cultural de todos los pueblos del mundo.

Pero eso ya no pertenece a la Historia, sino a los “diagnosticadores” de la sociedad presente, como sociólogos y politólogos. Aunque, seguramente, serán los políticos y las grandes empresas internacionales (indistintamente), quienes, encauzando a su manera el sentir más generalizado, indiquen, con sus actos, el camino que habremos de seguir.

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