¿ERES UN MANIRROTO? DEPENDE DE TUS GENES.

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Por: Elena Sanz

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Existe una predisposición genética para el comportamiento financiero. La nueva ciencia de la genoeconomía nos ayuda a entender nuestra tendencia al ahorro (o gasto excesivo). Gastar o no gastar, esa es la cuestión”, podría haber proclamado perfectamente el príncipe Hamlet en su soliloquio de dudas existenciales. Porque la pregunta tiene más enjundia de lo que parece. Es más, generalizando un poco podríamos decir que la respuesta a esta cuestión divide al mundo en dos. De un lado, los que parecen tener el bolsillo roto y gastan a espuertas todo cuanto tienen como si no hubiera un mañana; y del otro, los que consiguen llenar la hucha y ahorrar, aunque eso implique apretarse el cinturón. Más conocidos como “hormiguitas”.

Que pertenezcas a uno u otro bando no depende completamente de ti. En lo que respecta al dispendio, los genes nos condicionan bastante. Lo demostró hace una década Stephan Siegel, de la Escuela de Negocios de la Universidad de Washington (EE. UU). Basándose en datos de más de 15.000 pares de gemelos suecos, Siegel comprobó que los gemelos idénticos tienen un comportamiento financiero y económico mucho más parecido que los no idénticos. Por lo tanto, tienen que existir “genes del dinero”. Que, según sus pesquisas, al menos en uno de cada tres casos son los que determinan si la pasta se dilapida o se guarda.

“Hasta los treinta y muchos, la educación y las experiencias vitales influyen en nuestros hábitos económicos”, admite Siegel. Pero puntualiza que la cosa cambia “una vez cumplimos los cuarenta, porque se impone la predisposición genética y da exactamente igual lo que nos inculcaron de niños”. El investigador estadounidense defiende también que “el mundo en que vivimos avanza rápidamente a ser autónomos en lo que respecta a los ahorros para la jubilación, por lo que entender el origen de nuestro comportamiento a la hora de ahorrar resulta de vital importancia para los economistas y los políticos”.

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 SI ERES TAN LISTO, ¿POR QUÉ NO ERES RICO?

Solemos dar por hecho que las personas inteligentes no pasan apuros económicos. Es más, nos parece lógico que las mentes brillantes acumulen fortunas. Al fin y al cabo, quién no ha oído increpar a alguien con aquello de: “Y si eres tan listo, ¿cómo es que no te has hecho rico, a ver?”.

Hace un par de años, un grupo de economistas norteamericanos quiso averiguar si existe algún fundamento científico que respalde esa asociación de ideas. Se apoyaron en estudios previos que relacionaban los genes con el nivel educativo (índice EA, por las siglas anglosajonas de Educational Attainment). Cuanto mayor sea ese índice, más predispuesto estará genéticamente un in dividuo a cursar estudios superiores. Lo que encontraron fue que, cuanto más alto era el nivel educativo de un sujeto, más ahorros acumulaba en el momento de su jubilación. Dicho de otro modo, el ADN que dictaba sus tendencias educativas también in fluía en su patrimonio económico.

Según Daniel Barth y sus colegas, la relación directa se explica porque el conocimiento (ser “listo”) está relacionado con una mayor predisposición a asumir riesgos. Y ni que decir tiene que solo se enriquecen quienes afrontan riesgos, toman decisiones financieras valientes y emprenden.

Las investigaciones de Siegel y Barth se enmarcan dentro de la genoeconomía, un campo científico todavía en pañales que se sitúa a caballo entre la genética y la economía. Esta simbiosis estuvo presente también en otra polémica investigación realizada en 2012 por un equipo de biólogos y economistas que, después de un exhaustivo análisis en 145 países, llegó a la inquietante conclusión de que los niveles de pobreza o riqueza de un país podrían ser consecuencia de la diversidad genética de su población. Y que cuanta más diversidad genética, más innovador y económicamente próspero es un país.

Unas afirmaciones demasiado atractivas para los partidarios del determinismo biológico, tal y como apuntaban las voces más críticas. Aunque los autores se defendían argumentando que les habían malinterpretado, porque con su trabajo solo mostraban que la genética es uno más de los muchos motores que mueven la economía mundial.

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DESPILFARROS DE ESTRÉS Y NOSTALGIA.

Independientemente de cuál sea nuestra tendencia general, que en un instante dado gastemos más o menos (y en qué) depende de cuánto estrés acumulamos. Según un estudio de la Universidad de Rutgers (EE. UU.), las personas estresadas tienden a ahorrar más. Con una excepción, y es que tener demasiada hormona cortisol circulando por sus venas también les hace gastar más de la cuenta en productos que, por sus circunstancias, consideran esenciales para recuperar la sensación de control. Por ejemplo, ropa o maquillaje, si lo que nos estresa es la búsqueda de trabajo.

 

LA NOSTALGIA TAMBIÉN REPERCUTE EN EL BOLSILLO.

Cuando pensamos en el pasado, gastamos bastante más que si nos centramos en el futuro. Sobre todo si nos entra morriña recordando nuestra tierna infancia, rodeados de amigos y familia. Tal y como se podía leer en la revista Journal of Consumer Research, el problema es que sentirnos nostálgicos debilita el apego que nos genera el dinero. Circunstancia que suelen aprovechar de maravilla los expertos en marketing y los publicistas.

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Otra cosa que habrás notado es que hay personas sumamente austeras que, sin embargo, parecen manirrotas a la hora de hacer regalos a sus seres queridos. Es más, por regla general los humanos somos bastante más desprendidos cuando gastamos dinero en familiares y amigos que cuando lo invertimos en nosotros mismos. Sobre todo si el destinatario del presente es un niño. Si no, ¿cómo se justifica que los españoles tiremos la casa por la ventana cada Navidad y gastemos más de 252 euros por persona en los regalos de los Reyes Magos?

Según Sigal Tifferet, del Centro Académico Ruppin, en Israel, eso tiene una explicación evolutiva. “Inconscientemente actuamos para favorecer la dispersión de nuestros genes, de ahí que hijos y familiares acaparen más regalos que nadie”, aclara. En cuanto a los amigos, sostiene que “aunque no compartamos genes es una manera de fortalecer un relación evolutivamente beneficiosa”.

Es más, otra investigación reciente liderada por la Universidad de Harvard (EE. UU.) , demostró que regalar es un acicate para la felicidad. “Independientemente de cuánto dinero ingreses, serás mucho más feliz si te gastas una parte en los demás”, concluían los autores. Tal vez se trata de un refuerzo para alentarnos a compartir recursos, una estrategia que ayuda a la supervivencia de la especie.

 

COMPRAR TIEMPO LIBRE TAMBIÉN NOS DIBUJA UNA SONRISA DE OREJA A OREJA.

Si gastamos, pongamos por ejemplo, 40 euros para contratar a alguien para que nos limpie la casa, o que pode las plantas del jardín, somos mucho más felices que si invertimos ese mismo dinero en comprarnos un par de sudaderas, una pulsera o cualquier otro objeto material.

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