MITOLOGÍA DE ROMA – RÓMULO Y LOS REYES DE ROMA.

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El rapto de las salinas, friso de la Basílica Emilia del Foro romano. En otra parte del friso (finales del siglo I a.C) aparece el castigo de Taipeya.

La loba y los mitos del pasado

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El nombre de la ciudad de Roma deriva de Rómulo, su legendario fundador. Él y su hermano gemelo Remo eran hijos de Rea Silvia, una mujer del linaje real de Alba Longa, y del dios Marte, que la sedujo en una gruta sagrada en la que Rea buscaba agua. Cuando el tío de ésta, Amulio, observó su misteriosa preñez, la encarceló, y en cuanto nacieron los niños la obligó a que los abandonara a orillas del Tíber para que muriesen. Encontró a los gemelos una loba, que los amamantó hasta que los descubrió un pastor, Fáustulo, que los crió como a sus propios hijos. Al crecer, Rómulo y Remo se dedicaron al robo, y en una ocasión atacaron a unos pastores de Amulio que apacentaban sus rebaños en la colina Aventina (parte de la futura Roma). Capturaron a Remo y lo llevaron ante Amulio, y Fáustulo eligió aquel momento para explicarle a Rómulo las circunstancias de su nacimiento (según cierta versión, había presenciado el abandono). Tras oír la historia, Rómulo fue a rescatar a Remo, asesinó a Amulio y asignó el trono vacante de Alba Longa a su abuelo, Numitor. Rómulo y Remo decidieron fundar su propia ciudad en el lugar en el que los había recogido la loba, pero entre ambos surgió una disputa sobre la localización exacta. Rómulo, que había recibido una señal de los dioses, empezó a marcar los límites en el punto elegido, en la colina Palatina, pero Remo saltó sobre el foso (el pomerium original) como para demostrar la debilidad de sus defensas. Al ver semejante sacrilegio, Rómulo lo mató y pasó a ser el único rey de la nueva ciudad. Su problema más inmediato radicaba en la mano de obra: tenía que poblar Roma. Para ello estableció un refugio en el que podían residir delincuentes y proscritos de toda Italia en calidad de primeros ciudadanos, y para encontrar suficientes mujeres recurrió a una estratagema. Invitó a las gentes de los alrededores —las tribus sabinas— a celebrar una fiesta religiosa conjunta, y en mitad de los actos dio una señal a sus hombres para que raptasen a las mujeres en edad de contraer matrimonio. En respuesta, Tito Tacio, rey de los sabinos, reunió a su ejército e invadió el territorio romano. Tras diversos enfrentamientos, en el transcurso de los cuales los sabinos penetraron las defensas romanas de la colina Capitolina, las sabinas, ya esposas romanas, decidieron intervenir y rogaron a sus padres y maridos que cesaran las hostilidades. Se hizo la paz y los dos pueblos se unieron. Tito Tacio reinó conjuntamente con Rómulo hasta su muerte, acaecida pocó después de la guerra. A continuación, Rómulo quedó al frente de toda la comunidad y reinó treinta y tres años más, en calidad de primer rey de Roma.

 

MITOS DE LA HISTORIA DE ROMA

Resulta difícil definir con precisión los límites entre la historia temprana y la mitología romanas. Al igual que ocurre con los relatos británicos sobre el rey Arturo o el rey Alfredo, los elementos reales se entretejen con los legendarios. Muchos relatos que los escritores romanos trataron como «historia» se considerarían en la actualidad como «mitos», y contienen muchos de los temas que se encuentran en las mitologías del mundo entero. En estos relatos destaca el papel de las mujeres, su castidad o sus traiciones.

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LA LOBA Y LOS GEMELOS Roma emplearía la imagen de Rómulo y Remo amamantados por la loba como símbolo de su creciente poder. A principios del siglo II a.C., cuando la influencia militar romana se extendió hacia oriente, se erigió un monumento que representaba a los gemelos en un lugar tan alejado de Roma como la isla griega de Quíos. En la propia ciudad, el emperador Augusto desplegaba con frecuencia la imagen de la loba y Rómulo y Remo junto a la de Eneas, y algunos romanos sugirieron que Augusto adoptase el nombre de Rómulo como título oficial, pero el destino quiso que fuera el último emperador, Rómulo Augústulo, quien lo hiciera. Este mosaico, de la Britania romana, ilustra el poder simbólico de la imagen de la loba.

En el transcurso del conflicto entre romanos y sabinos que siguió al rapto de las sabinas (véase p. anterior), una romana de nombre Tarpeya, hija del comandante romano al cargo del Capitolio, intentó traicionar a la ciudad. Al ver a Tito Tacio en el campamento enemigo se enamoró de él y accedió a dejarle entrar en la ciudad a cambio de que se casara con ella. Según otra versión, la motivó la codicia: deseaba los brazaletes de oro de las sabinas y pidió «lo que llevan las sabinas en el brazo izquierdo». Tito Tacio traspasó las defensas de Roma con su ayuda, pero se negó a recompensarla por su traición y Tarpeya murió aplastada por los sabinos, que, efectivamente, le arrojaron «lo que llevaban en el brazo izquierdo»: escudos, no brazaletes. Se dio su nombre a una roca de la colina Capitolina, la «Roca Tarpeya», desde la que se arrojaba a los traidores y asesinos condenados a muerte. El último rey de Roma, Tarquino el Soberbio, fue depuesto por la virtud de una romana, Lucrecia. El hijo del rey quería acostarse con ella, a pesar de que estaba casada y de que era sobradamente conocida su inquebrantable fidelidad. Fue a su casa mientras el marido luchaba en la guerra y la mujer lo recibió hospitalariamente; pero después él la sujetó, espada en mano, y le rogó que hicieran el amor. Lucrecia lo rechazó y el joven ideó una forma irresistible de chantaje: la amenazó con matarla, pero no sólo a ella, sino a uno de sus esclavos y dejar sus cuerpos juntos, para que pareciera que una dama de la nobleza había sido sorprendida en pleno adulterio con un sirviente. Ante el inminente escándalo, Lucrecia cedió, pero una vez que el violador se hubo marchado, llamó a su padre y a su marido y les contó lo ocurrido. A pesar de los ruegos de los dos hombres, quienes le aseguraron que era inocente, Lucrecia se suicidó. En venganza, sus familiares se rebelaron contra el rey, que huyó a la cercana ciudad de Caere. La monarquía fue derrocada y el marido de Lucrecia fue uno de los primeros magistrados (los cónsules) del gobierno «republicano libre» que se estableció en su lugar. La violación de Lucrecia sirvió como mito de fundación de la nueva república, y a partir de entonces se adoptó una actitud hostil en Roma hacia el título de «rey».

Más adelante, el rey de Clusio, en una tentativa de restaurar a Tarquino en el trono, sitió la ciudad de Roma, pero, según la leyenda, fue derrotado por el heroísmo de Horacio Cocles, quien con otros dos hombres rechazó al enemigo cuando se aproximaba al puente del Tíber.

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