MITOLOGÍA DE ROMA – DIOSES Y DIOSAS.

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Se consideraba a Venus (asociada con la griega Afrodita) hija de Júpiter, esposa de Vulcano y madre de Cupido, así como de Eneas. Mural de Pompeya que representa el nacimiento de Venus.

Un panteón prestado. Dioses domésticos y virtudes cívicas

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No es simple coincidencia que las deidades más importantes del panteón romano tuvieran un carácter semejante al de las griegas. Algunas se importaron directamente del mundo griego: Esculapio, por ejemplo, dios de la medicina, deriva del griego Asclepio, y entró en Roma en el 293 a.C., siguiendo las instrucciones de un oráculo tras una peste devastadora. Otras deidades nativas se sometieron a reinterpretaciones graduales, a medida que fueron aumentando los contactos de Roma con Grecia y se convirtieron en equivalentes de dioses griegos concretos (Júpiter, por ejemplo, es el equivalente de Zeus, y Venus de Afrodita). Palas Atenea se transformó en Minerva, protectora de las artes, entre los etruscos, cuya civilización prerromana floreció al norte del Tíber en el siglo VI a.C., y los romanos tomaron a esta diosa de sus predecesores etruscos. A Diana, diosa de los bosques itálicos, se la identificaría con el tiempo con la griega Artemisa, y Apolo, dios griego de la luz y el intelecto, también llegó a los romanos por mediación de los etruscos, pero no ocupó un lugar destacado hasta la época del emperador Augusto, a comienzos del siglo I de nuestra era. No existían mitos nativos en los que estas deidades derivadas desempeñasen un papel. De vez en cuando se aparecían a los humanos en visiones o tomaban partido por los romanos en la guerra (como la intervención de Cástor y Pólux en la batalla del lago Regillus, en el 496 a.C.), pero la mayoría de los mitos que los romanos tejieron en torno a sus dioses eran préstamos griegos o tímidas invenciones según el modelo griego. Los relatos poéticos de transformación de Ovidio, Las metamorfosis  (43 a.C.- 17 d.C.), constituyen vivos disfraces romanos de mitos helenos, y entre ellos destaca el que cuenta que Júpiter engaña a su esposa Juno (la Hera griega) convirtiendo a su amante, lo, en vaca, o la  transformación de la ninfa Dafne en laurel para escapar a los deseos de Apolo, o la historia del cazador Acteón, castigado por haber visto desnuda a Diana a convertirse en ciervo y a ser descuartizado por sus propios perros.

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Mural que representa a Fauno, antigua deidad itálica cuyos atributos asimilaron los del griego Pan en la época romana.

DIOSES GRIEGOS Y ROMANOS COMPARADOS

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Ya los autores de la antigüedad reconocían una diferencia entre las deidades griegas y las romanas. Según Varrón, escritor romano del siglo I a. C., en los primeros días de la ciudad no se representaban con forma humana a las divinidades romanas, a diferencia de sus equivalentes griegas. Dionisio de Halicarnaso, historiador griego de la misma época, destaca la superioridad moral de los dioses romanos sobre los helenos: Rómulo elevó el perfil moral de las divinidades porque, al fundar la ciudad, rechazó todos los antiguos mitos sobre los hechos deshonrosos de éstas.

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Los Lares eran dioses del hogar vinculados con los Penates, dioses de la despensa y, por consiguiente, de la riqueza familiar. En muchos santuarios caseros había estatuilks de los Lares, con túnica corta y un cuerno y un plato en las manos.

Los dioses romanos carecen de personalidad propia. Tal y como aparece en La Eneida de Virgilio, Júpiter no posee el carácter tiránico ni los instintos libidinosos de Zeus, ni Venus la sensualidad ni la crueldad de Afrodita. A diferencia de su equivalente griego, el dios de la guerra Ares, a Marte se le asocia con la agricultura, un reflejo de la preocupación romana por las virtudes cívicas y las responsabilidades comunes. Presenta además un aspecto patriótico como padre de Rómulo, primer rey de Roma. Y los antiguos dioses del hogar, los Lares, eran especialmente misteriosos. Sus santuarios, muy frecuentes en las casas, solían decorarse con estatuas o pinturas de figuritas vestidas con una túnica corta acampanada y un cuerno y una vasija para las ofrendas en las manos, pero estas deidades no desempeñaban ninguna función en las narraciones míticas: no se les asignaban nombres individuales e integraban un grupo indiferenciado. Tampoco existían mitos relacionados con las deidades que personificaban las cualidades humanas, como Fides («fe»), Honos («honor»), Spes («esperanza») y similares. Se trataba de simples cualidades emblemáticas, a las que debían sus nombres. Además de los dioses del hogar, habla otras deidades menores asociadas con diversas actividades humanas. En su ataque al paganismo, san Agustín las consideraba temas especialmente apropiados para la ridiculización. Confeccionó una lista con la ingente cantidad de deidades triviales que supuestamente vigilaban la noche de bodas de una mujer romana: Domidicus (el dios que «encabeza el hogar»), Subigus (el dios que «somete»), Prema (la diosa que «sujeta»), etcétera. Nunca se las representaba con forma humana y no constituían material para la creación de mitos.

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HOMBRES TRANSFORMADOS EN DIOSES Entre los dioses romanos había algunos que iniciaron su vida como mortales. El fundador de Roma, Rómulo, fue supuestamente deificado tras su muerte y pasó a ser el dios Quirino. Según el mito, desapareció misteriosamente y después se presentó en sueños a un ciudadano y le explicó que lo habían raptado y se había unido a los dioses. En época posterior, el Senado romano divinizó formalmente a muchos personajes al morir, y en algunos casos también a sus esposas e hijos. El emperador Vespasiano dijo bromeando en su lecho de muerte: «Ay, creo que me estoy convirtiendo en dios». Al igual que a los inmortales, se rendía culto a estos emperadores divinos, que tenían templos consagrados a ellos. Este panel tallado, hallado en Roma, representa la deificación del emperador Antonino y de su esposa, Faustina.

LA GRAN MADRE

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Cabeza de piedra (arriba) de la Gran Madre, también denominada Cibeles.

Una de las deidades más exóticas que se introdujeron en Roma fue la Gran Madre (Magna Mater), tomada del Asia Menor (actual Turquía) en 204 a. C. Muchos escritores romanos describieron su llegada a Roma y los increíbles acontecimientos que la rodearon. El siguiente relato procede en gran parte del poeta Ovidio, que vivió en el siglo I a. C.

Con la esperanza de vencer en la guerra contra los cartagineses encabezados por Aníbal, los romanos consultaron a un oráculo local, que dio una extraña respuesta: «La madre está ausente: buscad a la madre. Cuando venga, debe ser recibida por manos castas.» Desconcertados, pidieron una segunda opinión al oráculo de Delfos, que les aconsejó que «recogieran a la Madre de los Dioses, que se encuentra en el monte Ida». Enviaron una embajada al rey Átalo, en cuyo territorio se alzaba el monte Ida, y le preguntaron si podían llevarse la imagen de la Gran Madre a Roma. Átalo les negó el permiso, pero la diosa habló milagrosamente y dijo que era su deseo partir. Atemorizado ante sus palabras, el rey dio su consentimiento y se construyó un barco para que transportase la preciada carga. La larga travesía por el Mediterráneo finalizó en Ostia, el puerto de Roma, en la desembocadura del Tíber, donde se congregaron todos los ciudadanos para recibir a la diosa.

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Plato de plata que representa a Cibeles en un carro tirado por leones, sentada junto a su «consorte», el pastor Atis.

Intentaron empujar la embarcación hasta la orilla, pero estaba encallada en el lodo y no se movía. Los romanos temieron no poder cumplir los términos del oráculo; pero apareció Claudia Quinta, una mujer noble a la que se había acusado injustamente de no ser casta basándose en que vestía con demasiada elegancia y en que tenía la lengua demasiado afilada en las discusiones con los hombres. Sabiéndose inocente, llegó a la desembocadura y alzó las manos, suplicando a la Gran Madre. «¡Si soy inocente de todas las acusaciones, ven a mis castas manos, oh diosa!», exclamó. Liberó el barco sin esfuerzo y la imagen fue escoltada hasta su nuevo templo.

Los romanos siempre tuvieron una actitud ambigua ante la Gran Madre. Por un lado, su culto extático, con sacerdotes que se autocastraban, y la música y las danzas frenéticas se les antojaban demasiado extraños; por otro, debido a que su tierra natal junto a Troya, era el origen en última instancia de la raza romana (según la leyenda de Eneas) la consideraban deidad «nativa».

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