¿DESTRUYE LA MUNDIALIZACIÓN PUESTOS DE TRABAJO?

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Conflictos sociales.

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PIERRE-ANTOINE DELHOMMAIS

PIERRE-ANTOINE DELHOMMAIS

Periodista de Le Monde

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Para algunos, la mundialización es una plaga destructora de puestos de trabajo. Para otros, todo el mundo se beneficia de ella. ¿Y si ciertas categorías de trabajadores fueran las únicas que sufren los efectos?

La cuestión se replantea incansablemente, provocando la división de los economistas a golpe de estudios contradictorios. Genera fuertes polémicas entre políticos y jefes de empresa y divide a la opinión pública occidental en dos bandos, el primero persuadido del sí, y el segundo convencido de lo contrario. ¿Destruye la mundialización puestos de trabajo? En el pensamiento de la mayoría de los franceses, tal y como confirman regularmente los sondeos, la respuesta no deja lugar a dudas. La industria agoniza y el paro aumenta debido a esta maldita mundialización y a la competencia de los países emergentes donde el coste de la mano de obra es entre 15 y 25 veces más bajo.

Un sentimiento alimentado por el anuncio casi diario, en los periódicos, de deslocalizaciones de fábricas al extranjero. La industria textil francesa ya está moribunda, las camisetas made in France son productos casi imposibles de encontrar, y ahora es el turno del automóvil. Por consiguiente, mundialización es igual a desindustrialización, que es igual a deslocalización, que es igual a paro. Lo que es peor, ni siquiera los servicios se salvan de las deslocalizaciones, bien se trate de la informática de los bancos o bien de los centros de llamadas telefónicas. La convicción popular de que la mundialización destruye nuestros empleos puede basarse en el posicionamiento de algunos economistas de renombre, a la cabeza de los cuales figura un francés, Premio Nobel de Economía. Maurice Allais fue uno de los pioneros, y uno de los más virulentos, en denunciar desde los arios 1980, justo cuando Occidente comenzaba a abrirse a los productos de los países emergentes los efectos destructores, según él, de la mundialización sobre el empleo. “La principal causa del paro que constatamos hoy en día escribía es la liberalización mundial de los intercambios en un mundo caracterizado por considerables disparidades de salarios reales.

Para neutralizar los efectos sobre el paro del librecambio mundialista y de los factores que se le asocian, habría que consentir una disminución considerable de las remuneraciones globales de los asalariados menos cualificados”. En pocas palabras, para conservar sus puestos de trabajo, los asalariados franceses deberían homogeneizar su remuneración con la de sus homólogos chinos, lo cual es imposible. Y, según Allais, el único medio para combatir el paro sería erigir barreras proteccionistas. Conclusión del Premio Nobel: “Una mundialización frenética y anárquica se convierte en una plaga destructora”.

 

UN JUEGO EN EL QUE TODOS GANAN

Han pasado los años, pero las diatribas contra la mundialización continúan empleando los mismos argumentos que los alegados por Maurice Allais. Y siempre obtienen las mismas respuestas por parte de los partidarios del librecambio, para quienes la mundialización es un juego en el que todos salen ganando. El desarrollo de los intercambios es un factor de crecimiento en todas partes, y por tanto crea empleos también en todas partes. Según esta teoría de la que el senador demócrata estadounidense Tom Daschle dijo: “Es Alicia en el país de las maravillas”, tampoco debe temerse a las deslocalizaciones: la producción de aquello que pueda importarse a menor coste no tiene razón para mantenerse en el país. Todo el mundo sale ganando porque de este modo la economía mundial funciona de manera óptima.

Entre estas dos teorías extremas se encuentra la realidad. Con más matices. “Si bien la incidencia de la mundialización sobre la supresión de puestos de trabajo suele exagerarse, existe realmente, y los poderes públicos deben por tanto tratar de reforzar la capacidad del mercado para adaptarse”, observan los expertos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Los datos procedentes de Norteamérica y Europa indican que los intercambios y las inversiones internacionales causan entre el 4% y el 17% de las deslocalizaciones de puestos de trabajo o de los despidos. Según la OCDE, existen también otros culpables: “la obsolescencia de las tecnologías, de los equipamientos o de las competencias, o sencillamente una mala gestión”.

En Francia, las deslocalizaciones por sí solas no tendrían más que un papel muy marginal en la destrucción de empleo. Según un estudio del Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos francés, ocasionarían una pérdida anual del 0,35% de los puestos de trabajo industriales. Por último, a menudo tendemos a olvidar que la mundialización funciona en los dos sentidos. “Medir el impacto neto de las deslocalizaciones sobre el empleo es un ejercicio que requiere no solamente tomar en cuenta la destrucción de empleo ligada a la transferencia de la totalidad o parte de las actividades productivas de una empresa en el extranjero, sino asimismo la creación de empleo vinculada a la inversión extranjera directa”, subrayan los economistas del CEPII (Centro de Estudios Prospectivos e Informaciones Internacionales de París). La mayoría de los estudios concluyen que en el caso de Francia el saldo es positivo.

 

UN PROBLEMA DE JUSTICIA SOCIAL

Pero todos estos resultados no impiden que las opiniones públicas occidentales estén convencidas de lo contrario, es decir, que si la mundialización crea empleos en los países emergentes, los destruye en nuestros países. En resumen, que los chinos nos quitan nuestros trabajos. La economista estadounidense Suzanne Berger aduce varias pistas para explicar esta discordancia y la “percepción” de inseguridad económica vinculada a la mundialización. Advierte en primer lugar que aunque los intercambios de bienes y de servicios producen globalmente efectos positivos, éstos implican los llamados costes “de ajuste”. Cuando se pierden empleos en una región concreta, no se crean inmediatamente otros nuevos para compensarlos, por no hablar de los problemas de reconversión.

Diversos estudios en Estados Unidos muestran que los obreros cuyo empleo desaparece debido a una deslocalización, en general consiguen encontrar otro rápidamente, pero en la mayor parte de los casos con un salario menor y con una cobertura social reducida. “Por consiguiente, el problema político es claramente un problema de redistribución y de justicia social —concluye Berger— porque, si bien hay beneficios para la sociedad en su conjunto, sigue manteniendo ciertos costes concentrados en algunas categorías de trabajadores”. La mundialización, amiga de los asalariados cualificados, es por el contrario enemiga —en Europa y Estados Unidos— de los trabajos poco cualificados. Por ello, desestabiliza las sociedades al intensificar sus divisiones.

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