LEYENDAS DE GUADALAJARA-EL ARROYO DE LAS LÁGRIMAS

El arroyo de las Lágrimas

El señor de Anguix acababa de llegar al castillo, donde dio orden de organizar grandes cacerías. Quería aturdirse y olvidar la última temporada pasada con su esposa, tan llena de disgustos y sinsabores; había decidido no volverla a ver y establecer su vida definitivamente en su mansión de Anguix, para ocuparse en los asuntos de su extenso patrimonio. En una de sus monterías, fatigado y sediento, pidió que le llevasen a una fuente, y a pocos pasos, en unas praderas cubiertas de verdor, encontraron un cristalino manantial de agua fresca, donde pudo aplacar su sed y sentarse a descansar sobre el césped. A poco llegó una zagala, que conduciendo unas cabras se acercó a la fuente, dio de beber a su rebaño y se internó por el monte, gritando a sus cabras con su voz de plata.

El señor de Anguix preguntó a uno de sus monteros: « ¿Quién es esta pastora?».

Le contestaron: «Es Margarita, la hija de un guarda del bosque».

Desde muy pequeña venía todas las tardes a esta fuente a dar de beber a su rebaño, sin saber que el verano la agostaba; en los primeros días del estío veía con gran pena disminuir el agua, hasta que una tarde que la encontró seca, la pastorcilla lloró con desconsuelo; mas siguió viniendo a su lugar favorito, hasta que con las lluvias de otoño volvió a aparecer el agua, y con ella la alegría de Margarita.

Desde entonces le llaman el arroyo de las Lágrimas. Desde aquel día a luan Carrillo le apetecía ir solo por el monte y llegar a la fuente, donde podía ver a la pastora; saboreaba el encuentro y volvía a su casa con la luz de una mirada. Logró ganarse la amistad de la zagala, y así fueron aficionándose poco a poco, sin advertir que los dos se buscaban y que se querían. Durante largos ratos conversaban junto a la fuente, y estos diálogos con la pastora eran para él lo mejor de la jornada. Se convenció de que estaba enamorado y, comprendiendo que ella también le amaba, se sintió avergonzado de aquel amor imposible y romántico; decidió, por fin, huir de ella, no volver al arroyo donde pudiera encontrarla.

Resolvió dedicarse otra vez a sus monterías, y se llenó de nuevo el bosque de gritos de caza y ladridos de la jauría. Supo un día que Margarita la pastora moría de mal desconocido. La veían a diario correr jadeante por los senderos del monte y subir peñas en busca de algo que no encontraba nunca; miraba desde las cumbres con ansiedad el valle, para volver a descender, invadida de una inmensa tristeza, y refugiarse a llorar, inconsolable, junto al arroyo de las Lágrimas. Así, día tras día, iba perdiendo el color, y, como el manantial, disminuyendo su vida, hasta quedar los dos exhaustos.

Alocado corrió el caballero hasta la casa del guarda, llegó al cuarto de la enferma, que, pálida y con la mirada perdida en el vacío, apenas le quedaba vida. « ¡Margarita!», dijo el caballero.

El rostro de la doncella se iluminó por un instante; sobre su frente sintió el último beso.

Al día siguiente, después de darle piadosa sepultura, el señor de Anguix marchó del castillo sin rumbo fijo; visitó ciudades, viajó durante algún tiempo, derrochando su fortuna con la pretensión de olvidarla; pero no consiguió más que empobrecerse, hasta no quedarle otra propiedad que su caballo. En él marchó como enajenado por caminos y aldeas, hasta llegar a un monasterio de monjes de San Bernardo, y allí consagró su vida a severas penitencias, asistiendo a los peregrinos con amor hasta el fin de su vida.

 

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