LAS RELACIONES ENTRE ESTADOS UNIDOS E ISRAEL EN LA ÉPOCA TRUMP.

Construir sobre arenas movedizas las relaciones Estado-Unidense-Israelíes en la época de Trump

Colette Avital

 

Colette Avital

DIPLOMÁTICA Y ANTIGUA EMBAJADORA DE ISRAEL.

cenefa1

Vivimos días de incertidumbre para Estados Unidos e Israel. En Israel, los resultados de una segunda ronda electoral no han sido concluyentes y no está claro quién logrará formar nuevo Gobierno ni cuándo. Al otro lado del océano, Donald Trump se enfrenta a desafíos reales, malestar interno, perspectivas crecientes de un proceso de destitución, crisis en sus relaciones con Turquía e Irán, y no está claro de que vaya a prestar la atención adecuada a las relaciones de Estados Unidos con Israel.

A FINALES DE OCTUBRE, SEGUÍA sin publicarse el acuerdo del Siglo de Donald Trump concebido para resolver el conflicto palestino-israelí y que había prometido publicar tras las elecciones israelíes de septiembre. El secretario de Estado Mike Pompeo había declarado que se daría a conocer “en unas semanas”. Tras dimitir a principios de septiembre como enviado del presidente Trump a Oriente Medio, Jason Greenblatt expresó su esperanza de queda visión creada por su equipo resultara lo bastante atractiva para que israelíes y palestinos se adentraran en unas difíciles negociaciones. Con la excepción del capítulo económico, seguimos sin conocer detalles de la nueva política exterior de EE.UU. /… ¿Es la solución de los dos estados? ¿La de un único Estado? Como era de esperar, se han disparado las especulaciones, los rumores y falsas revelaciones y seguimos sin saber si el plan será considerado por ambas partes como una base para reanudar las negociaciones o si ambas lo rechazarán.

El primer ministro Beniamin Netanyahu se jacta a menudo de que las relaciones entre EE.UU. e Israel nunca han sido tan estrechas, afables e intensas como durante el mandato del presidente Trump. Si hubiera que juzgar la proximidad entre países por la cercanía entre los dirigentes, sería cierto que las relaciones entre EE.UU. e Israel nunca han sido mejores. Parece haber una simbiosis entre esos dos hombres que comparten una visión del mundo similar. Tras años de tensiones contenidas entre Netanyahu y el Gobierno de Obama, la llegada al poder de Trump (apoyado abiertamente por Netanyahu) fue considerada como una auténtica salvación.

Su aparición en escena anunció un cambio radical. Al fin y al cabo, los eslóganes que pregonaban “Hacer EE.UU. grande de nuevo” y “EE.UU. primero” coincidían con la ideología de Netanyahu de un “Israel fuerte” con él al mando del país. Ambos hombres comparten concepciones nacionalistas de derecha, desprecian y vilipendian a la izquierda y a los medios de comunicación hostiles; ambos dirigen frecuentes ataques contra la diplomacia. Las reservas de Trump al principio con respecto a la participación estadounidense en la OTAN, sus afirmaciones de que los europeos debían pagar más por su defensa, sus disputas con otros dirigentes europeos, su abandono de los acuerdos firmados, coincidían con las ideas de Netanyahu. En particular, Netanyahu consideró que la decisión de Trump de retirarse del acuerdo nuclear firmado con Irán por el presidente Obama y los países del P5+1 en julio del 2015 en Viena constituía una importante vindicación de su propia estrategia para proteger a Israel de la influencia de Teherán en la región. De hecho, ya antes de la presidencia de Trump, Netanyahu se había opuesto abiertamente al acuerdo del presidente Obama con Irán y había llegado a denostarlo públicamente en una reunión conjunta de la Cámara de Representantes y el Senado en el Capitolio.

La aparición en escena de Trump fue recibida por Netanyahu con un profundo suspiro de alivio y grandes esperanzas de una renovada asociación con EE.UU.; todo ello tras ocho años de vacas flacas y de abierta hostilidad con Obama y su Gobierno. Durante su visita a Washington en febrero del 2017, Netanyahu declaró que “no hay mayor partidario del pueblo judío y del Estado judío que el presidente Trump”. De modo más reciente, el primer ministro israelí ha convertido esa relación y los regalos de Trump a Israel en un punto central de sus campañas electorales. Por todo el país aparecieron carteles con fotos de Trump y Netanyahu estrechándose calurosamente la mano. Al fin y al cabo, bajo Trump, con el reconocimiento de la soberanía israelí sobre los altos del Golán y el traslado la embajada de EE.UU. a Jerusalén, se han revocado políticas americanas sostenidas durante mucho tiempo. Por su parte, Netanyahu ha correspondido.

Bajo su mandato. Israel se ha convertido en ferviente animador de las políticas de Trump, apoyando todas y cada una de sus decisiones y poniendo aun más en peligro las relaciones de Israel con el Partido Demócrata. El presidente Trump nunca ha afirmado un deseo de mantener el statu quo ni la estabilidad en la zona. Al contrario, a lo largo de todo este tiempo, su principal propósito ha sido provocar el cambio, el cambio de todas las decisiones o políticas de su predecesor, ya fueran nacionales o extranjeras. Al parecer, su yerno y estrecho asesor Jared Kushner ha afirmado: “Nuestro objetivo no puede ser el mantenimiento de la situación tal como estaba hasta ahora. Hay que arriesgarse y romper cosas para conseguir lo que uno quiere”.

1-Trump metirtaonlinejpg

Donald Trump.

Para la Autoridad Palestina, las ideas de cambio de Trump no constituyeron un buen presagio. El traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén se sintió como una bofetada en la cara, un modo de vaciar de contenido cualquier negociación futura. Luego siguieron la decisión de eliminar su aportación de 360 millones de dólares a la Agenda de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA), además del recorte de otros 25 millones de dólares de los hospitales de Jerusalén Este y la cancelación de los programas de diálogo entre jóvenes israelíes y palestinos. ¿Creyeron realmente Trump y su equipo que castigar a los palestinos los llevaría de vuelta a la mesa de negociaciones? Para muchos, el comportamiento impredecible, caprichoso e inestable de Donald Trump, los frecuentes cambios de opinión, hacen que sea difícil adivinar su comportamiento. Después de todo, Trump ha expresado últimamente su voluntad de reunirse con el líder supremo iraní Ali Jamenei, una actitud que dista mucho de su anterior postura beligerante. Y la ilusión de que en la Casa Blanca “tenemos el mejor amigo de Israel que hemos tenido nunca” puede ser efímera.

Desde 1962, Israel ha disfrutado de una relación especial con EE.UU. Esta expresión, y lo que implica, es algo raro en las relaciones internacionales, y es ciertamente inusual cuando se trata de definir las relaciones entre un pequeño país como Israel y una superpotencia como EE.UU. En realidad, dicha relación se desarrolló gradualmente. Aunque el presidente Truman reconoció a Israel como país independiente poco después de su nacimiento, las relaciones entre ambos países fueron frías y distantes durante la primera década de existencia del nuevo Estado. Para entender las relaciones de EE.UU. con Israel, hay que tener en cuenta dos elementos constantes y a veces en conflicto dialéctico: por un lado, los intereses de EE.UU. en el contexto regional; y, por otro, el conjunto de valores profundamente compartidos entre los dos países. Es decir, por un lado, los intereses estratégicos de EE.UU. en Oriente Medio y, por otro, la Biblia, la identificación y la solidaridad con el pueblo judío, los primeros colonizadores de Tierra Santa, y la imagen de Israel como la única democracia de la zona. Además, a lo largo de los años ha habido un tercer elemento importante en esa ecuación: el papel de la prestigiosa comunidad judía estadounidense.

En los primeros años de existencia, la guerra fría y el peso de los estados árabes en Oriente Medio minimizaron la importancia de Israel a ojos de los políticos estadounidenses. Figuras destacadas de la política exterior estadounidense, los secretarios de Estado Dean Acheson y George Marshall, así como altos cuadros de la Oficina para Oriente Medio del Departamento de Estado albergaron durante años sentimientos antisionistas y habían advertido contra la creación del Estado de Israel. Creían en la armonía con el mundo árabe; y, una vez convertido en realidad, Israel se consideró como “una carga estratégica y política”. Por ello, EE.UU. le impuso un embargo de armas durante los días críticos de su guerra de independencia (1948-1949).

2-Benjamin Netanyahumetirtaonlinejpg

Benjamin Netanyahu.

Durante esos años en que Israel luchó literalmente por su supervivencia, la ayuda económica fue bastante escasa. Además, en 1953, EE.UU. le impuso sanciones económicas cuando desvió el curso del río Jordán para construir el acueducto Nacional de Israel; yen 1957, tras la campaña de Suez, dirigida por Israel con Francia y Gran Bretaña, amenazó con imponer un bloqueo naval y expulsar a Israel de las Naciones Unidas en caso de que no se retirara del recién conquistado desierto del Sinaí. El primero en utilizar la expresión relación especial fue el presidente Kennedy en una reunión con la ministra de Asuntos Exteriores de Israel, Golda Meir, en 1962. En ese momento la Unión Soviética ya había proporcionado grandes cantidades de armamento a los países árabes, principalmente a Egipto, con lo que ponía en peligro la seguridad de Israel. EE.UU. aceptó empezar a proporcionar armas a Israel en cantidades limitadas; y, a cambio, Israel se comprometió a llevar a cabo una política nuclear restrictiva. La actitud de EE.UU. hacia Israel comenzó a cambiar tras la aplastante victoria israelí en la guerra de los Seis Días en 1967 y el drástico cambio en su posición geoestratégica.

La importancia estratégica de Israel para los intereses estadounidenses en la zona quedó clara en 1970, como consecuencia del creciente control ruso sobre Egipto. Sin embargo, el verdadero cambio se produjo en septiembre de 1970 cuando Israel, a petición de EE.UU., acudió al rescate de Jordania ante la amenaza de invasión siria. La rápida respuesta de Israel disuadió a Siria.

Las relaciones se estrecharon con el tiempo, y los gobiernos estadounidenses aumentaron la ayuda económica, militar y política a Israel. Si bien los sucesivos presidentes encontraron diferentes maneras de expresar su apoyo, los principios básicos de la política exterior estadounidense en el conflicto entre Israel y sus vecinos árabes se mantuvieron firmes a lo largo de los años. El famoso Plan Rogers, formulado por el secretario de Estado William Rogers en 1969, siguió siendo válido para todos los gobiernos posteriores.

Dicho plan contemplaba el derecho de Israel a existir dentro de fronteras reconocidas y seguras, la devolución de los territorios ocupados durante la guerra de 1967 con correcciones fronterizas menores, según lo estipulado en la resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y la ilegalidad de los asentamientos. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que durante esos primeros años, el problema general que determinó la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses, ya fueran republicanos o demócratas, ante los conflictos regionales fue la guerra fría.

El temor de que dichos conflictos permitieran a la Unión Soviética pescar en aguas agitadas y obtener influencia en esa zona impulsó la “política de contención”. En ocasiones, dio lugar a una participación más activa, e incluso agresiva, de EE.UU. y a diversos intentos de ejercer presiones. Por ejemplo, en 1955 a través del Plan Alfa, un plan que proponía la renuncia israelí de partes de los territorios ganados en la guerra de 1948 a cambio del fin del boicot económico de los países árabes que perjudicaba enormemente la frágil economía del joven Estado; y, más tarde, en 1969, a través del Plan Rogers.

La participación soviética en la planificación de la guerra de Yom Kipur de 1973 y el suministro masivo de armamento a Egipto y Siria contribuyeron en gran medida a que los estadounidenses acudieran al rescate de Israel. Los acuerdos de retirada entre Israel y Egipto e Israel y Siria fueron negociados por el secretario de Estado Henry Kissinger por medio de su famosa diplomacia itinerante, y Kissinger no dudó en ejercer presión sobre Israel durante el llamado período de reevaluación. Ahora bien, con el presidente Jimmy Carter EE.UU. se convirtió en un socio activo y pleno en la construcción de la paz.

Es cierto que fueron la iniciativa israelí y la espectacular visita del presidente Anuar el Sadat a Israel en 1977 lo que allanó el camino hacia la paz y dio lugar a un mayor acercamiento entre EE.UU. e Israel. Sin embargo, fue el presidente Carter quien insistió, medió y resolvió las dificultades finales. El tratado de paz entre Israel y Egipto, firmado en Washington en marzo de 1979 por Israel, EE.UU. y Egipto, convirtió a EE.UU. en socio de pleno derecho en el acuerdo. En un memorando de entendimiento concluido el mismo día, EE.UU. explicitaba sus compromisos con Israel en caso de violación del tratado.

Una fuerza de mantenimiento de la paz dirigida por EE.UU. se desplegó en el desierto del Sinaí. Además, el tratado sólo podría ser rescindido si los tres socios así lo acordaban. A principios de la década de 1990, el colapso de la Unión Soviética puso fin a la guerra fría y al mundo bipolar. Al desaparecer la amenaza de su antiguo enemigo y convertirse en única superpotencia, EE.UU. pudo comportarse de manera más relajada y paciente en los conflictos regionales, presentando en ocasiones sugerencias, tratando de mediar, pero sin amenazar ni imponer soluciones.

3-Israel 1947-1992-metirta.online

Israel 1947-1992.

Los ocho años de presidencia de Bill Clinton ofrecen un claro ejemplo de ese cambio de actitud. Así, aunque el presidente Clinton era un ferviente partidario de la paz y se convirtió en un agente activo en el proceso de paz entre Israel y los palestinos, su participación sólo se produjo tras la petición de Israel. De hecho, los famosos acuerdos de Oslo entre Israel y los palestinos fue firmado el 13 de septiembre de 1993 en el jardín de la Casa Blanca; pero, aunque Bill Clinton añadió a él su firma, el presidente sólo fue informado unos días antes del histórico compromiso alcanzado.

Tanto el acuerdo de paz con Jordania firmado en 1994 como el acuerdo de Oslo II firmado en 1995 fueron alcanzados por Israel sin ayuda estadounidense. Hacia el final de su mandato, en el 2000, cuando fue anfitrión de la cumbre de Camp David y más tarde, hacia el final de su mandato, cuando presentó sus famosos “parámetros”, el presidente Clinton intentó mediar y ofreció ideas, pero ya no existía la noción de amenazas ni sanciones. El presidente George W. Bush no tenía la intención en un principio de llevar a cabo una política exterior activa, pero todo cambió después del 11S.

De ser un agente de estabilidad, EE.UU. adoptó una política de agente de cambio. Bush lanzó su famosa “hoja de ruta” para un acuerdo gradual entre israelíes y palestinos, y dirigió importantes proyectos regionales como la Iniciativa de Asociación EE.UU. Oriente Medio (MEPI) y la Iniciativa para el Amplio Oriente Medio y el Norte de África (BMENA). La lucha contra el terrorismo se convirtió a partir de ese momento en una de las prioridades de la política exterior estadounidense.

No cabria imaginar a dos individuos más diferentes en su visión del mundo Israel ha sido el mayor receptor de ayuda exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta la fecha, son 142.300 millones de dólares en ayuda bilateral y financiación para la defensa antimisiles que Barak Obama y Beniamin Netanyahu. El primer viaje presidencial de Obama a nuestra región visitando únicamente Egipto y haciendo caso omiso de Israel, su mensaje conciliador hacia el mundo árabe, sus declaraciones sobre los derechos de los palestinos… todo ello aumentó la animadversión y los recelos iniciales de Netanyahu.

Y, sin embargo, Obama nombró en su primer día en el cargo a un enviado especial para Oriente Medio, el senador George Mitchell. Nacido en los EE.UU., de ascendencia libanesa, Mitchell, antiguo jefe de la mayoría demócrata en el Senado, aportó experiencia y un conocimiento de la zona. Con frecuencia, sus esfuerzos por resolver el conflicto de Oriente Medio no fueron respaldados por el Gobierno de Jerusalén, donde se percibió que eran indebidamente benévolos con los palestinos.

En marcado contraste, Donald Trump, a pesar de todas sus declaraciones de apoyo a Israel, comenzó a tomar medidas prácticas apenas un año y medio después de llegar a la presidencia. A lo largo de los años, Israel ha gozado de un apoyo político sin precedentes por parte de EE.UU., principalmente en sus tormentosas relaciones con las Naciones Unidas. En relación con la política estadounidense se ha enorgullecido del apoyo bipartidista: tanto los demócratas como los republicanos han apoyado en ambas cámaras del Congreso los intereses vitales, la seguridad y el bienestar de Israel.

Los gobiernos israelíes, los principales políticos de todas las tendencias y los diplomáticos han comprendido la importancia de mantener ese equilibrio. La política y práctica del poderosísimo lobby proisraelí en Washington (el Comité de Asuntos Públicos EE.UU. Israel, AIPAC) ha consistido en asegurar a lo largo de los años el apoyo de los miembros de ambos partidos a Israel y a la necesaria legislación propuesta.

Y, de hecho, Israel ha sido el mayor receptor de ayuda exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta la fecha, EE.UU. le ha proporcionado unos 142.300 millones de dólares en ayuda bilateral y financiación para la defensa antimisiles. Casi toda la ayuda bilateral de EE.UU. a Israel es militar (hasta hace poco un 73% debía gastarse en EE.UU.), aunque entre 1971 y el 2007 Israel también recibió una importante ayuda económica. En el 2016, durante el mandato del presidente Obama, Israel y EE.UU. firmaron un memorando de entendimiento sobre ayuda militar que abarca un período de diez años, desde el 2019 hasta el 2028. Se trata del acuerdo más importante jamás firmado. Según sus términos, EE.UU. se compromete a proporcionar 38.000 millones de dólares en ayuda militar (33.000 millones de dólares en financiación militar extranjera y 5.000 millones de dólares en créditos de defensa contra misiles).

Ese memorando de entendimiento reemplazó un acuerdo anterior firmado en época de Qinton por un monto de 30.000 millones de dólares y un período de diez años que concluyó en el 2018. Israel es probablemente el primer operador internacional del caza F35, la quinta generación de aviones de baja detectabilidad. Hasta ahora Israel ha adquirido cincuenta aviones de ese tipo. No es necesario subrayar que esos acuerdos y los habituales diálogos estratégicos entre altos funcionarios israelíes y estadounidenses han sido fomentados por presidentes demócratas.

De todos modos, debe subrayarse también que la política de todos los gobiernos israelíes ha sido siempre que Israel pueda defenderse por sí mismo sin la presencia ni la intervención de las tropas estadounidenses. Históricamente, el Partido Demócrata ha sido un firme partidario de Israel. Lo hizo en los primeros tiempos, apoyando la creación del Estado. Al principio, el sionismo fue percibido como una lucha contra el colonialismo, e Israel como una isla de democracia, igualdad y justicia social en medio de un océano turbulento.

Aunque a lo largo de los años algunos demócratas han criticado las políticas de ocupación israelíes, la simpatía por su difícil situación y sus complejas realidades ha prevalecido como consecuencia de los ataques terroristas contra Israel. Por desgracia, Netanyahu ha socavado de modo significativo ese apoyo. Es el único primer ministro israelí que se ha identificado abiertamente con un lado del espectro político. Las críticas del Partido Demócrata a las políticas del Gobierno israelí de derecha, las ampliaciones de los asentamientos y las leyes antidemocráticas propuestas eran críticas esperables; pero el comportamiento de Netanyahu ha convertido esa lenta tendencia en una caída libre. Nombrar un asentamiento en los altos del Golán con el nombre de Trump (altos de Trump) hizo que muchos demócratas se sorprendieran. El inequívoco apoyo de Netanyahu a algunas de las decisiones más controvertidas de Trump ha avergonzado a muchos integrantes de la comunidad judía estadounidense y facilitado que algunos políticos lo consideren como un colaborador de Trump.

Recientemente se produjo una auténtica disputa con el Partido Demócrata cuando el primer ministro negó, a petición de Trump, la entrada en Israel a dos congresistas musulmanas, Rashida Tlaib y filian Omar, alegando que apoyaban el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones. Según las encuestas de opinión publicadas hace poco por el Centro de Investigaciones Pew, los demócratas son más críticos con las políticas de la derecha israelí que con las de la Autoridad Palestina. El empeoramiento de las relaciones de Israel con el Partido Demócrata ha dado lugar a una verdadera crisis en sus relaciones con la importante comunidad judía estadounidense.

Esa comunidad goza de un éxito y una influencia sin precedentes. La mayoría de los judíos estadounidenses (un 70%) apoyan tradicionalmente al Partido Demócrata y son algunos de sus mayores contribuyentes. Se identifican con los valores progresistas del Partido Demócrata, con su lucha por los derechos humanos y la igualdad en materia de raza y género. Aplaudieron la elección, por primera vez en la historia de EE.UU., de un presidente afroamericano.

Las abiertas críticas de Israel al Gobierno de Obama alimentaron las diferencias ya existentes sobre la cuestión del pluralismo religioso. Los judíos estadounidenses tienen una orientación más liberal, mientras que en Israel la ley funciona con una interpretación rabínica estricta del judaísmo. Sin embargo, otro paso más en la desafección tuvo lugar cuando Netanyahu guardó silencio ante las acusaciones del presidente Trump de que los judíos que apoyan al Partido Demócrata son desleales con su país y con Israel.

En las últimas semanas, sopla un viento helado sobre las expectativas de Israel en relación con Washington. Tras el revés de Netanyahu en la primera ronda de elecciones, el tono se ha enfriado. La esperanza de Netanyahu de recibir otro regalo antes de la segunda ronda electoral (un tratado de defensa) quedó sin respuesta.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en el pasado todos los gobiernos israelíes han mostrado reservas ante un acuerdo de ese tipo, porque por su propia naturaleza limitaría la libertad de decisión de Israel. Además, la decisión de Trump de reducir por completo la presencia estadounidense en Oriente Medio y retirar sus tropas de Siria inclina en ese país la balanza en favor de la Rusia de Putin, al tiempo que permite incrementar la influencia de Irán.

Las crecientes amenazas de Trump y su enfrentamiento casi abierto con Irán han demostrado ser gestos vacíos. Así, el ataque supuestamente iraní a los campos petrolíferos saudíes ha quedado sin respuesta. Aunque las sanciones de Trump quizá produzcan cierto efecto sobre el presupuesto de Irán, lo cierto es que no han tenido un impacto político real.

4-Israel1993-2019-metirta.online

Israel 1993-2019.

Para disgusto del primer ministro Netanyahu, Trump ha accedido a reunirse con el dirigente supremo iraní; si bien éste ha humillado tanto a Macron como a Trump con su condición previa de eliminar las sanciones estadounidenses antes de dicha reunión. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos se sienten preocupados y con razón. Israel también tiene motivos para preocuparse: el ataque de Irán en Arabia Saudí ha demostrado una capacidad militar de gran precisión y sofisticación la retirada estadounidense de sus compromisos, la luz verde dada a Turquía para atacar el norte de Siria, abandonando así a su suerte a sus antiguos aliados, los kurdos, debería ser una llamada de atención. Al fin y al cabo, la destrucción de Estado Islámico y la desaparición del califato han sido la principal prioridad de EE.UU.; y esa tarea había sido confiada en gran medida a los kurdos, quienes pagaron un precio muy alto por su éxito.

Al permitir un ataque contra los kurdos, Trump no sólo ha contravenido uno de los principios fundamentales de la política exterior estadounidense (permanecer junto a los aliados), sino que ha puesto en peligro los logros alcanzados por los kurdos y provocado la liberación de más de 10.000 combatientes de Estado Islámico que tenían prisioneros. Para muchos creadores de opinión en Oriente Medio, el comportamiento reciente de Trump plantea un serio interrogante sobre su compromiso con Israel en caso de que surja una necesidad de ayuda. La tarea del próximo Gobierno israelí, ya sea de centroizquierda o de centroderecha, tendrá que ser reevaluar su despliegue estratégico y seguir dependiendo, como en el pasado, sólo de sí mismo.

 

←HISTORIA DEL MUNDO