EL GOBIERNO DE ANTONIO COSTA Y EL LLAMADO “MILAGRO PORTUGUÉS”. (2019)

 REEQUILIBRIO ECONÓMICO Y CAMBIO DE MAYORÍAS DE GOBIERNO:

3-Hipólito de la Torre Gómez

 

Por: Hipólito de la Torre Gómez.

Catedrático emérito de la UNED

 

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Los resultados electorales situaron al partido socialista portugués ante la compleja disyuntiva de verse obligado a mantener pasivamente a la coalición conservadora ganadora de las elecciones, o encabezar una alianza alternativa que mirara por primera vez hacia su izquierda. Evidentemente, la opción de fondo era la preferencia por una alternativa de naturaleza más ideológica, lo que le empujaba a explorar la posibilidad de una inédita colaboración con el partido comunista y el Bloque, o situar al partido en la lógica del pragmatismo obligado. El propio António Costa lo explicaba aludiendo a la tensión entre la posibilidad de constituir una mayoría por el cambio que le podría empujar a encabezar un gobierno con el Bloque y el partido comunista y sus socios ecologistas, o negarse a aceptar la lógica de mayoría negativa, es decir de mera coincidencia en su común oposición a los conservadores, al ser plenamente consciente de la distancia que separaba a su partido, europeísta y moderado, de los planteamientos del Bloque o de la coalición encabeza por los comunistas.

Sin embargo, las dudas iniciales que el Partido Socialista pudiera haber albergado se disiparon muy pronto, cuando el presidente de la República decidió encargar a Passos Coelho la formación de un gobierno en minoría parlamentaria frente a la mayoría de izquierdas. En apenas doce días, el nuevo Primer Ministro y el propio Cavaco tuvieron que reconocer la evidencia de su triunfo minoritario y la imposibilidad de asegurar una mínima estabilidad de gobierno. El 26 de noviembre de 2015 el socialista António Costa presentaba su nuevo gobierno.

En realidad, la apuesta del socialismo luso por una solución de contenido ideológico parecía clara, ya que uno de los efectos básicos del gobierno del líder socialdemócrata había sido radicalizar al electorado de izquierdas, algo ya visible en los medios de comunicación, en los que los principales líderes de opinión del país ideológicamente situados en la izquierda, llevaban largo tiempo reprochando al socialismo adoptar una posición demasiado pragmática y desideologizada. El problema real para quien se postulaba a primer ministro era conseguir equilibrar un gobierno del Partido Socialista, que partía de la necesidad de cumplir las obligaciones impuestas por la troika y el FMI, con el apoyo de unos aliados que se habían mostrado intransigentes en su rechazo a las medidas de austeridad impuestas desde el exterior, lo que les llevó a colorear sus respectivos programas de un anti europeísmo notable.

Colorful Portugal map with regions and main cities

Mapa Político de Portugal.

El líder socialista introdujo una dinámica de negociación acertada, al desechar un acuerdo conjunto y apostar por acuerdos directos y bilaterales con cada una de las fuerzas en presencia, lo que le permitió mantener en todo momento la posición de hegemonía que indudablemente las urnas le habían otorgado. Por tanto, más que de un único pacto de gobernabilidad, hay que hablar de tres acuerdos separados y diferenciados: uno con el Partido Comunista; otro con el Bloque de Izquierda; y un tercero con Los Verdes. Estos pactos se resumen en un conjunto de setenta medidas políticas y económicas que, aunque introducen algunas matizaciones al programa electoral del Partido Socialista, eran perfectamente compatibles con el m Además, esta técnica de acuerdos específicos fue bien aceptada las demás partes, porque permitía a cada fuerza política p su propia personalidad, evitando diluirse dentro de una dinámica gubernamental de naturaleza centrípeta.

La solución finalmente adoptada es históricamente relevante en cuanto hasta hoy el socialismo portugués siempre había optado por desvincularse de su extrema izquierda, con el fin de empujar si Partido Comunista a posiciones políticamente marginales. Esto había permitido a los socialistas ocupar de forma hegemónica el espacio de poder de la izquierda, aunque ello le supusiera asumir una naturaleza más burocratizada y desideologizada, moderada y pragmática. La experiencia ha resultado relativamente exitosa puesto que, tras cuatro años de vigencia, su cohesión parece mantenerse incluso atravesando algunas crisis relevantes. Es más, ha sido el propio funcionamiento práctico de la misma el que la ha ido alimentando esa base con» sensual, por lo menos hasta los meses finales de la legislatura, en los que se ha abierto una grieta imposible que ha llevado al primer ministro Costa a amenazar con su dimisión y con la convocatoria de elecciones anticipadas.

Los apoyos gubernamentales habían experimentado una primera quiebra durante la sesión de aprobación de las primeras medidas económicas planteadas por el nuevo gobierno. En especial, cuando se abordó la reducción progresiva, alcanzando en 2016 la mitad, de la llamada Contribución Extraordinaria de Solidaridad (CES) que afectaba a las pensiones más altas a partir de 4.611 euros mensuales. La medida contó con la oposición del Bloque de Izquierdas y de los comunistas y verdes, partidarios de su eliminación completa, y solo consiguió salir adelante gracias al apoyo de los conservadores, porque la incluían también en su programa. Pero la verdadera prueba de fuego de la coalición de soporte parlamentario del gobierno vino apenas un mes después de la toma de posesión de Costa, con ocasión de la obligada rectificación del presupuesto de 2015 y la necesidad de afrontar una inyección de casi 3.000 millones de euros para salvar de la quiebra al Banco Nacional de Funchal (BANIF), de los cuales 2.255 debían imputarse al déficit del ejercicio presupuestario de 2015.

La venta decidida por el gobierno de los activos buenos al español Banco de Santander por 150 millones despertó la oposición de los socios del Partido Socialista, al defender su nacionalización o su incorporación a la Caixa Geral de Depósitos. El Partido Socialista solamente pudo sacar adelante la medida gracias al Partido Socialdemócrata del anterior primer ministro Passos Coelho, que decidió no oponerse a la medida alegando la defensa del interés nacional de Portugal. Mucho más combativo, el anterior socio de Passos Coelho, el CDS decidió votar en contra, al querer poner de manifiesto la debilidad que en su opinión presentaban los soportes parlamentarios del gobierno Costa.

Siguiendo lo que parece una consolidada política de equilibrio, las elecciones a la presidencia de la República de 2016 situaron al conservador Marcelo Rebelo de Sousa en la más alta institución del Estado, lo que indudablemente tuvo un inmediato efecto moderador en la coalición de apoyo al gobierno del Partido Socialista. Rebelo de Sousa se ha llegado a convertir en el político más conocido y mejor valorado del país gracias, en buena medida, a su inusitada tendencia a aparecer en todos los medios, participar en todos los actos que le aproximan a los ciudadanos, a los que nunca niega una fotografía o un apretón de manos. Este estilo afable, aunque criticado por lo que tiene de desmitificación de la más alta magistratura del Estado, ha contribuido a algo tan esencial como es generar confianza y cercanía, factores esenciales para que la crispación social que existía en los años anteriores cambiara de forma significativa. Rebelo de Sousa no ha dejado, sin embargo, de hacer presente su papel institucional incluso cuando ello ha supuesto una crítica implícita al gobierno de la nación. Su contundente discurso tras los incendios que asolaron el país en 2017 fue lo suficientemente directo como para obligar a la entonces ministra de Administración Interna, Constança Urbano de Sousa, a presentar su dimisión. Sin embargo, ha limitado notablemente su prerrogativa de veto a las propuestas legislativas del gobierno, prefiriendo una posición crítica que diera a éste ocasión de revisar las normas propuestas. Y también ha jugado un papel diplomático intenso, tanto a la hora de atender y expandir la imagen exterior del país como en su proyección por otras áreas y países de interés preferencial para Portugal como es el caso, especialmente de las relaciones con España.

El rescate público de BANIF originó un fuerte incremento del déficit público, en más de un punto sobre el comprometido con la Unión Europea del 3%. Sin embargo, este inesperado escollo no limitó el programa gubernamental de revisión de las medidas de austeridad tomadas en los años anteriores. De forma progresiva el gobierno luso consiguió aprobar una actualización de las pensiones que incluía la vuelta a su indexación sobre el índice de precio al consumo; la subida del salario mínimo hasta los 700 euros al final de la legislatura y la reducción total para las familias de bajos ingresos y parcial para quienes ganaran menos de 80.000 euros de la tasa extra del 3,5% en la declaración de la renta que soportaban los contribuyentes lusos hasta esos momentos. A estas medidas hay que sumar las relativas a la paralización de las privatizaciones, que atienden a una lógica más ideológica que estrictamente económica o social.

Desde una perspectiva global, la acción del gobierno constituía por un lado, una firme declaración ideológica de identificación de “izquierdas” de la coalición de apoyo del gobierno y de este mismo y de su partido; y, por otro, un intento para dar cumplimiento a esa difícil ecuación prometida por Costa de acabar con la austeridad respetando los compromisos internacionales adquiridos por el país. Lo llamativo de esta política expansiva, que se ha visto completada con otras medidas como la mejora de las ayudas a personas en el umbral de la pobreza, es que ha sido posible gracias al saneamiento llevado a cabo por el conservador Passos Coelho. En otras palabras, la sucesión derecha-izquierda acaecida en Portugal desde zoos no ha tenido una naturaleza simétrica y neutra. El Partido Socialista dejó el país en una situación económica extremadamente difícil y sometida a la rígida imposición del condicionamiento derivado de la ayuda financiera recibida. La coalición conservadora dejó al país con un déficit público del 3,6% en el tercer trimestre de 2015, solamente seis décimas por encima del objetivo comprometido con las autoridades internacionales para todo el año, lo que representa un desfase entre ingresos y gastos de apenas 4.843,7 millones de euros. En ion, el déficit con el que este gobierno tuvo que iniciar su mandato alcanzó el 11%. Con esta nueva situación financiera, el gobierno socialista ha podido adoptar medidas de reversión de la austeridad. Es decir, unas medidas de naturaleza muy diferente de las que pudo afrontar su predecesor, aunque también se haya visto obligado a tomar algunas medidas de contención de los gastos de las administraciones públicas. Pero, en definitiva, ha podido desarrollar una política no radicalmente condicionada por una situación de penuria económica y financiera como la que tuvo que afrontar el primer ministro conservador.

Sin embargo, ello no puede impedir calificar la gestión del gobierno Costa en sus primeros cuatro años de mandato como claramente exitosa. La economía portuguesa vive una coyuntura ininterrumpidamente alcista. No solo crece, sino que lo hace revirtiendo algunos de los recortes adoptados con anterioridad. Al mismo tiempo, ha reducido su déficit incluso más de lo recomendado por Bruselas, y sus cifras de paro han abandonado ya los dos dígitos.

Esta evolución tan positiva ha acuñado la expresión “milagro portugués”, atribuyendo al gobierno socialista de António Costa la virtud de haber transformado la anterior situación de penuria en una nueva de prosperidad al renunciar a un principio rígido de austeridad. En este sentido, el gobierno luso puede presentarse como una impugnación general a la respuesta que debía darse a la crisis global, en el sentido de que más que recurrir a un criterio estricto de austeridad, lo que debería haberse impuesto debían haber sido medidas que alentaran la demanda interna para impulsar el crecimiento. Expresado en otras palabras, la política del gobierno Costa podría presentarse como un ejemplo de que todavía las políticas de corte keynesiano tendrían vigencia a la hora de afrontar una situación de crisis, mejorando las grandes variables macroeconómicas e insuflando una perspectiva optimista a un pueblo que vivía en una situación de permanente abatimiento.

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António Costa

El gobierno Costa ha generado también un cierto carácter modélico, en cuanto combinación eficiente del pragmatismo y la capacidad de gobierno del socialismo clásico con el espíritu más reivindicativo de la nueva izquierda que representarían, por un lado, el Bloque de Izquierdas, y por otro, un Partido Comunista que sin perder sus viejos anclajes dogmáticos, es capaz de adoptar una cierta flexibilidad. Un este sentido, es indudable que el gobierno Costa sí ha sido capaz de cambiar una opinión pública fuertemente castigada por los años de crisis, que ha visto en Costa un líder político capaz de transmitir confianza. En política no son valores menores. Es más, la realidad no es tal si no es percibida así por una parte mayoritaria de la sociedad, y para eso es necesario tener un discurso político bien articulado, y Costa lo tiene; desarrollar una alta capacidad de convencimiento, que la posee; y dotar a su liderazgo de una credibilidad basada en un mensaje positivo y movilizador. Costa es el artífice de lo que se puede denominar un milagro político, pues su verdadero logro ha sido transformar un estado de ánimo colectivo por medio de la inesperada soldadura de una alianza parlamentaria impensable años atrás.

Las elecciones parlamentarias de octubre de 2015 dieron como vencedor a la coalición conservadora liderada por Passos Coelho, que se quedó a seis escaños de la mayoría absoluta. Por tanto, el gobierno Costa nació como una coalición difusa articulada más por su común rechazo a una nueva legislatura conservadora que por una verdadera coincidencia programática. El cansancio generado por cuatro años de duras políticas de ajuste y, sobre todo, la común oposición a un discurso agrio y negativo, que insistía en demasía en culpar de la crisis a un pueblo que supuestamente había vivido muy por encima de sus posibilidades, acabó propiciando un acuerdo que parecía imposible. Tanto el Bloque de Izquierdas, liderado por una nueva generación compuesta esencialmente por mujeres jóvenes con las que muchos portugueses podían identificarse; como el Partido Comunista, estaban dispuestos ahora a sostener un gobierno en minoría de un Partido Socialista al que Costa también había cambiado esa cara desacreditada de su anterior líder, José Sócrates. Costa ha dado ejemplo de ser un buen negociador y el momento político le fue especialmente favorable.

Pero su milagro político no solo ha sido alcanzar un acuerdo para la gobernabilidad del país, sino hacer que tanto el Bloque de Izquierdas como el PCP asumieran unas posiciones más moderadas, que permitieran la acción efectiva de gobierno. Porque, en cierta medida, su gobierno se ha caracterizado por una continuidad estructural respecto del de Passos Coelho en algunos puntos tan esenciales como el del rescate de un sistema financiero enormemente débil. El gobierno Costa ha procedido a una política de rescate público semejante a la realizada por Passos Coelho, siguiendo una dinámica de continuidad de rescate del sistema financiero, que ha costado a los portugueses más de 17.000 millones desde 2.008.

Otra continuidad estructural es la política de austeridad. Desde zoo8 solo ha habido dos años, el propio 2008 y 2012, en los que el gasto público ha sido más bajo que el efectuado en 2016. Este año disminuyó un 3,92%, lo que supone un gasto público sobre el PIB de poco más del 45%, el menor desde 2002. Además, el gasto per cápita es también menor que el de 2014 y 2015, por lo que la drástica disminución del déficit hay que achacársela esencialmente a una casi paralización de la inversión pública. The Economist llamaba economía vudú a esa apuesta de Costa de revertir la austeridad y cumplir los objetivos fiscales exigidos por Bruselas. Se le olvidaba considera que el gasto no es rígido, sino que puede reestructurarse de acuerdo a las preferencias políticas de los gobiernos.

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Gasto Público portugués.

Los datos demuestran que, en 2016, el gobierno luso ha gastado menos, ha bajado el gasto per cápita y ha limitado el peso del sector público. En 2017 el gasto público si experimentó una subida muy significativa en términos de gasto público total, aunque el gasto per cápita disminuyó, si bien de forma muy limitada. De igual modo, el porcentaje del gasto público sobre el PIB demuestra una tendencia evidente a la contención, disminuyendo de forma progresiva salvo en 2017, cuando ese gasto fue superior en 0,5 puntos al registrado el año anterior. Sin embargo, la comparación entre 2014 y 2018 es muy clara: si en el primer año el gasto público sobrepasaba el 50% del PIB, en 2018 se había reducido al 44%. Lógicamente esta evolución ha tenido un impacto enorme sobre el déficit público, que repuntó coyunturalmente en 2017 al 3% por el rescate de la Caixa Geral de Depósitos, pero que en 2018 se situó en un espectacular 0,6%.

Las cifras macroeconómicas son fruto de una eficiente reasignación de las partidas de gasto. Una eficiencia que debe medirse principalmente en términos políticos, es decir, de satisfacción de las expectativas de un amplísimo espectro de ciudadanos. Esta hábil reestructuración del gasto se ha dirigido a restablecer a niveles de 2.010 los salarios de los trabajadores públicos y las pensiones, manteniendo los 65 años como edad legal de jubilación, y a elevar el salario mínimo, incrementándolo un 5% en 2016 y otro tanto en 2017. Según la metodología comunitaria de 12 meses, el SMI ha pasado de 589,2 en 2015 a 618,3 en 2016 y 649,8 en 2017, 676,7 en 2018, hasta alcanzar los 700 euros en 2019. Una tendencia ascendente que continuaba la senda abierta por el gobierno conservador que en 2014 había aprobado un 4% de aumento para el año siguiente, desde los 565,8 hasta los 589,2.

Los presupuestos dejan ver esta reorganización del gasto público, al aumentar las partidas en campos como la sanidad, aunque la inversión en esta área se redujo en un punto entre 2009 y 2016, al pasar del 6,9 al 5,9, la educación, cultura, ciencia y tecnología y Exteriores, y reducirse en otras partidas como Medio Ambiente o en Infraestructuras y Planeamiento. Además, el gobierno ha adoptado otras medidas sociales como el incremento de las ayudas a familias desempleadas y con hijos a su cargo, el aumento del mínimo vital exento para personas con minusvalía, la aplicación de una tarifa social de energía para familias desfavorecidas, o la exención de costes judiciales a víctimas de violencia de género, delitos de tráfico de personas, esclavitud o violación. Aunque la de mayor impacto económico ha sido la reducción del IVA en la restauración del 23% general al 13%, que permitió la creación de unos 28.000 empleos directos en el sector.

Esta dinámica de gasto ha sido compensada mediante la aprobación de nuevos gravámenes como una tasa de 6 céntimos por litro a la gasolina y el gasóleo; el aumento de la tasa de financiación de la televisión pública vigente desde 2003, nuevas tasas las bebidas azucaradas y al alcohol, a los pisos turísticos, o a la munición para caza. Además, se han mantenido otras anteriores como el impuesto de circulación, el eléctrico o el impuesto que grava los pasivos de cada entidad bancaria con sede o sucursal en Portugal. Por otra parte, se ha incrementado la tributación directa con un recargo a patrimonios superiores a 600.000 euros, que también se aplica a las empresas, salvo algunas excepciones como las del sector turístico, compensadas en parte con la desaparición definitiva de la más impopular de las sobretasas introducidas por Passos Coelho, la que se aplica al IRPF.

El gobierno no ha tenido inconveniente en introducir medidas extraordinarias de clara significación liberal, tendentes a incrementar los ingresos como el “perdón fiscal” aprobado en octubre de 2016, que permitía que empresas y familias que tuvieran deudas con Hacienda o con la Seguridad Social pudieran afrontarlas sin pagar multas si abonaban la totalidad de la deuda, o con amplias reducciones de intereses si afrontaban sus pagos de forma fraccionada. Es decir, una medida muy parecida a la aprobada por Passos Coelho en 2013 que, a pesar de las críticas recibidas, permitió recuperar más de 1.200 millones en deudas pendientes. Otro ejemplo significativo es la amplísima política de beneficios fiscales para favorecer la entrada de capital privado. Mención especial merece la continuidad del Programa para residentes no habituales introducido en 2009, que ha convertido a Portugal en uno de los Estados fiscalmente más atractivos para las grandes fortunas internacionales, ya que estos residentes no habituales se benefician de una tributación a tasas muy reducidas y pueden acogerse a exenciones fiscales durante un periodo de 10 años desde su inscripción como residentes en el país. Por no mencionar otra de las medidas más significativas a este respecto como es la posibilidad de otorgar el permiso de residencia a los inversores extracomunitarios que realicen transferencias de capitales por un importe mínimo de un millón de euros, creen al menos 10 empleos o adquieran bienes inmuebles con un valor mínimo de medio millón de euros. Una medida muy criticada porque ha coadyuvado, junto a la verdadera explosión del turismo que experimenta el país desde 2015, al drástico encarecimiento de los precios de la vivienda, pero que ha aportado unos 2.500 millones de euros a la economía lusa.

Esta política se ha visto acompañada de otras decisiones de indudable dimensión política como la vuelta a la jornada laboral de 35 horas en la función pública, la paralización de la privatización de los transportes de Lisboa y Oporto, o la recuperación para el sector público del 50% de la aerolínea TAP. Costa ha sabido también alimentar a su electorado, y al de sus socios parlamentarios, con medidas como la reducción de los colegios concertados allí dónde había colegios públicos, la aprobación de la adopción para parejas homosexuales, la desaparición de las trabas introducidas por los conservadores al aborto, la aprobación de leyes de gestación subrogada o el debate para la aprobación de una ley de despenalización de la muerte asistida.

El otro aspecto esencial del desempeño económico del gobierno socialista ha sido reducir el déficit público al tiempo que crecen la economía y el empleo. En efecto, la economía lusa ya creció un 1,4 en 2016, y en 2017 y 2018 ha rebasado la barrera del 2% de incremento anual, mientras que la tasa de desempleo de los años 2017 y 2018 presenta cifras muy positivas del 6,6% en este último año. Pero en este ámbito también es evidente una correlación negativa entre los aspectos cuantitativos y cualitativos del empleo creado, pues más del 6o% es trabajo parcial o temporal, y de muy baja remuneración ya que la mayor parte de ellos apenas superan el salario mínimo interprofesional

Por su parte, el déficit público presenta ya una práctica situación de equilibrio, pues el déficit de 2018 ha sido de apenas el 0,6%. Las cifras son muy buenas, e indican la consolidación de la recuperación económica. Pero solo se consolida lo que antes ha mejorado. Y la economía lusa llevaba creciendo de forma ininterrumpida desde 2014, haciéndolo más en 2015, año que debe atribuirse a la gestión del anterior gobierno, que en 2016.

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PIB portugués.

En todo caso, los buenos datos económicos y el ambiente generalizado de mejora parecen garantizar un nuevo triunfo al Partido Socialista, aunque con dificultades para alcanzar una mayoría absoluta, por lo que tendría que reeditar la fórmula iniciada en 2055. Una perspectiva de continuidad que parece todavía más clara dada la situación de crisis que desde la salida de Passos Coelho vive el hasta ahora principal partido conservador, el Partido Socialdemócrata. Incapaz de llevar a cabo una oposición creíble, dada la evolución macroeconómica del país, el centro derecha portugués ha quedado en una posición de enorme debilidad, lo que ha sido aprovechado por sus tradicionales socios del CDS-PP para capitalizar la oposición, hasta el punto de presentar una simbólica —e ineficaz— moción de censura con el objetivo de dinamizar y dar visibilidad a su labor de oposición.

Esta adormilada oposición de centroderecha está intentando capitalizar las reivindicaciones de los profesores, que llevan meses presionando al gobierno para conseguir que se les compense por los casi diez años que han visto sus sueldos y sus complementos por antigüedad congelados. La satisfacción total de esta reivindicación supondría un gasto de unos 800 millones de euros, que podría ser mucho más alto en el futuro, ya que sería difícil negar un trato igual a todos los demás trabajadores públicos. Por eso, el gobierno se ha negado sistemáticamente a considerarlas, alegando que un gasto de tal magnitud pondría en riesgo los objetivos de reducción del déficit, aunque aceptaba una contabilización parcial limitada a algo más de dos años. Todos los partidos de la oposición, incluyendo los soportes del gobierno, consiguieron aprobar en la Comisión Parlamentaria de Educación y Ciencia la contabilización total de las demandas planteadas, lo que ha llevado a Costa a amenazar con dimitir si el Pleno del Parlamento aprueba finalmente esta medida. A escasos cinco meses de la celebración de las elecciones legislativas, esta polémica ha introducido una cuña importante entre la coalición de apoyo al gobierno y el propio gobierno socialista, que no parece dispuesto a poner en riesgo la estabilidad financiera del país. Aunque también está creando una cierta incomodidad en la oposición de centroderecha, con un PSI) que parecía en principio dispuesto a mantener su posición a favor de las reivindicaciones de los profesores, aunque ello contradijera su tradicional discurso en favor del control de las cuentas públicas, y el CDS-PP que considera necesario introducir algunos límites para evitar un impacto negativo en el déficit público. Al final, la crisis parece resuelta con el apoyo de los partidos liberal-conservadores a la posición del gobierno Costa, conscientes de la grieta que una posición contraria podía causar a su discurso político.

En conclusión, es indudable que el gobierno Costa ha mejorado la confianza de los portugueses, factor de enorme peso en una sociedad tan herida por la crisis. De hecho, aparte de lo acertado de esa revisión de prioridades de gasto realizadas por el gobierno socialista, es evidente que Costa cuenta con un alto capital de confianza y con una oposición muy diferente a la que tuvo que afrontar Passos Coelho. Costa ha serenado la creciente polarización que estaba experimentando la sociedad lusa, y lo ha hecho, entre otros factores, porque los agentes de radicalización más activos, es decir, la mayor parte de esos grupos sociales que partían o se arremolinaban en torno al Bloque y al PCE, han cesado en sus protestas, dejando de transmitir tensión a una sociedad ya muy tensionada por el efecto devastador de muchos años de crisis.

El cambio de la oposición en la calle a una alianza parlamentaria donde el Bloque y el PCP son actores protagonistas ha incidido en una mejoría notable de las expectativas ciudadanas. Prueba de ello es que prácticamente dos tercios de la sociedad lusa se muestra optimista ante el futuro, valorando como buena o muy buena la gestión del gobierno. Esta percepción se explica por la popularización de una narrativa positiva, que ha hecho calar la idea de que el gobierno se preocupa por el bienestar de las personas, no como el anterior, que parecía exclusivamente preocupado por las grandes cifras macroeconómicas. El efectivo relato de un país sojuzgado por el “neoliberalismo salvaje y sin alma” representado por la Troika, ha dejado paso al relato de un país renacionalizado, es decir, de un pueblo que ha vuelto a recuperar su verdadera soberanía económica.

Sin embargo, los datos demuestran que la economía lusa sigue presentando fuertes debilidades estructurales. El sistema bancario sigue teniendo enormes problemas de capitalización y es extremadamente sensible al alto volumen de préstamos dudosos que soporta, lo que impide un flujo suficiente de crédito que alimente la inversión. Y, sobre todo, existe un grave problema de deuda, que hace al país enormemente vulnerable frente a la financiación exterior. Por supuesto que es enormemente meritorio el esfuerzo realizado por un país, y un gobierno que ha asumido como guía de acción una compleja y exitosa mezcla de elementos ideológicos con indudables factores de moderación y pragmatismo. Pero, en términos comparados, el éxito portugués queda bastante lejos del alcanzado por otros países también rescatados como Irlanda y que representan otro modelo de salida de la crisis. Irlanda fue igual que Portugal rescatada con unos 85.000 millones de euros, lo que hizo que su PIB se desplomara y que el paro rebasara el 14% en 2012. En 2015, la economía irlandesa ya creció un 7,8%, su tasa de desempleo se había reducido hasta el 8,9% y su déficit había bajado al 2%. En 2018, la economía irlandesa seguía en fase expansiva al crecer un 6,7%, el desempleo también continuó su tendencia descendente hasta el 6,2 y la deuda pública se había también limitado al 64,8% en relación al PIB. Y no puede olvidarse que este milagro portugués ha asumido políticas de clara continuidad respecto de las llevadas a cabo por el gobierno conservador: desde una práctica paralización de la inversión pública a un estricto control del gasto; desde una política de beneficios fiscales para las grandes fortunas, especialmente, extranjeras, hasta enormes facilidades para la inversión exterior.

 

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