LA CÁBALA Y EL AURA

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Lo que se conoce como el aura es la emanación de energía que se desprende del cuerpo humano y lo rodea en todas direcciones. El ser humano (al igual que el universo físico todo) está básicamente formado por energía, es un sistema de energías. El cuerpo va tomando energías que luego transmuta para utilizarlas con diversos propósitos.

Esas emanaciones desde el interior del ser humano pueden ser vistas por algunas personas con capacidades sensitivas superiores, sean éstas naturales o desarrolladas mediante ejercitación. Esa emanación energética visible del cuerpo humano que llamamos aura es tridimensional y está constituida por varios niveles de intensidad y densidad, conocidos como campos del aura o campos áuricos.

Esto no es desconocido para la Cábala. Por el contrario, es un concepto familiar a la tradición cabalística, y en hebreo se denomina al aura con la palabra tzelem.

El aura sufre:

El campo energético conocido como aura o tzelem no es algo permanente, impermeable ni mucho menos invulnerable. Por el contrario, es algo que está expuesto permanentemente y mucho más que cualquier otra área del ser.

El sólo contactarse una persona con otra ya implica un contacto áurico, un intercambio de energías. Y esas energías pueden ser de la más diversa índole: positivas, negativas, oscuras, purificadoras, contaminantes, vampíricas, etcétera, etcétera.

Por eso es muy importante que la persona esté atenta a las necesidades de intensificación permanente de su campo energético. Debe ser purificado, fortalecido y limpiado de negatividad más a menudo de lo que se cree. Cuando uno está en medio de una situación que le parece confusa y la gente que lo rodea le produce irritación o molestias, uno está gastando energía de su propio campo que debe restaurar cuanto antes.

Claro que también sucede a veces lo contrario: no se trata de que malgastemos nuestro campo de energía, sino que no lo utilizamos en todo su potencial, lo cual es una manera quizá peor de desperdiciarlo. Las situaciones conflictivas de nuestra vida muchas veces están apoyadas en la idea de que “no podemos con este problema”, cuando lo que en realidad sucede es que no estamos aprovechando toda nuestra energía para enfrentado.

De la misma forma, puede suceder que por haber dejado agotarse nuestra energía en vano nos sintamos alguna vez agobiados y sin salida. Lo que habitualmente se describe como una persona que “se quebró” humanamente. Esta sensación proviene de la carencia de energía tanto como del sentimiento de vacío por haberla dejado perderse (aunque la persona no tenga una idea, consciente acerca de esto).

Todos estos trastornos energéticos se reflejan en el aura, que es a la vez el espejo y el escudo de nuestro sistema energético. De ahí la importancia de aprender a estar al tanto del estado áurico, de la situación en que se encuentra nuestro tzelem.

Recargando:

Es esencial saber cuándo y cómo necesitamos una “recarga” de nuestro sistema energético. De no poder ver esto a tiempo, sin lugar a dudas el cuerpo reaccionará provocando diversos trastornos e incluso desarrollando enfermedades.

Para no llegar a esto, es menester partir de una idea que debe fijarse en lo más profundo de la mente: en realidad, nuestra energía nunca puede acabarse. La energía, en forma latente, se encuentra en cantidades ilimitadas en nuestro interior, porque nuestro sistema de energías no es más que un reflejo del sistema energético universal que nos sostiene.

Pero esto debe ser entendido en su justo sentido: no se trata de que seamos un “depósito” universal de energía. Lo que sucede es que la energía que tenemos en nuestro interior tiene la capacidad de generarse a sí misma en forma constante, así como sucede con el universo. Cuanto más energía sepamos producir, más energía surgirá. En ese sentido es que resulta inagotable. Pero si no se activa periódicamente la reproducción energética, entonces sí la fuente tiende a secarse, a apagarse. Es imprescindible mantener en funcionamiento la fábrica, y reparar lo lastimado.

La Cábala como protectora del aura:

No reconocer los hechos, las actitudes o relaciones que nos perjudican y apagan nuestra aura conduce a la repetición de errores, a caer una y otra vez en esos mismos hechos, actitudes o situaciones que nos resultan dañinos. Y esa repetición va minando la silueta áurica, que empieza a lucir, mal.

También hay situaciones sociales y culturales que atacan el aura y le provocan grietas y heridas: las drogas, el alcohol, el tabaco, el estrés, todos los frutos amargos de la civilización moderna.

El problema se hace preocupante cuando recordamos que, si queremos seguir un camino cualquiera de mejoramiento y trascendencia como seres humanos, debemos aspirar a una unidad de salud tanto en mente como en cuerpo y en espíritu, porque de eso se trata el equilibrio.

La Cábala trabaja sobre todos los niveles en que se mueve la conciencia humana en este mundo, como ya hemos visto en capítulos anteriores. Su objetivo en el nivel terrenal es que el ser humano recupere la responsabilidad sobre sí mismo para encarar el proceso de crecimiento e incremento de las capacidades de su conciencia. Y parte importante de esa responsabilidad es el cuidado completo del ser físico.

La Cábala puede ser un instrumento de ayuda más que útil para detectar y de alguna manera diagnosticar esos desequilibrios del aura que la mayoría de las veces, por desconocimiento, no se perciben hasta que se manifiestan de una manera grave y sin retorno.

Las herramientas cabalísticas son variadas, y van desde las diferentes técnicas de meditación o visualización hasta elementos de carácter esotérico como la Cruz Cabalística o lo que se conoce como el Pilar Medio. De todos estos aspectos prácticos el lector encontrará desarrollos extensos a lo largo de todo este libro.

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