POPULISMO Y MOVILIZACIÓN

1-Cas Mudde politólogo

 

Por: Cas Mudde

 

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Populismo y movilización

Liderazgo personalista

Ejemplo: Alberto Fujimori en Perú

Movimiento social

Ejemplo: el Tea Party en Estados Unidos

Partido político

Ejemplo: el Frente Nacional en Francia

Un modelo dinámico

Conclusión

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Populismo y movilización

Si ponemos de relieve la existencia de distintos tipos de movilización populista, podremos entender mejor por qué ciertas experiencias populistas tienen más éxito electoral y duran más que otras. Conviene señalar que el populismo se asocia generalmente con un líder fuerte (masculino), cuyo atractivo personal, y no su programa de gobierno, es la base de su apoyo. Aunque los líderes (masculinos) carismáticos son importantes para el populismo, la movilización populista no siempre se vincula con un líder carismático. Nuestro breve repaso de los ejemplos pasados y contemporáneos de las fuerzas populistas en el mundo muestra que el populismo se asocia con diferentes formas de movilización.

Por «movilización» entendemos el compromiso contraído por una amplia pluralidad de individuos para sensibilizar sobre un problema en concreto, lo que les lleva a actuar colectivamente para apoyar su causa. En conjunto, es posible identificar tres tipos de movilización populista: liderazgo personalista, movimiento social y partido político. Mientras que muchos actores populistas pueden catalogarse claramente en una sola de estas tres categorías, algunos tienen aspectos de dos o tres de ellas, bien simultáneamente, bien a lo largo del tiempo. Como muestran estos tres tipos, la movilización populista puede ser de arriba abajo o descendente (liderazgo personalista), de abajo arriba o ascendente (movimiento social) o ambas (partido político). El tipo de movilización depende en parte del sistema político en el que opere, mientras que la durabilidad de su éxito depende con creces del tipo de movilización.

 

Liderazgo personalista

La forma de movilización populista por antonomasia es la del individuo que, si bien depende mucho de la organización de un partido existente, hace campaña y reúne apoyos sobre la base de su atractivo personal. Pensemos en Rafael Correa en Ecuador, Pim Fortuyn en los Países Bajos, Alberto Fujimori en Perú, Beppe Grillo en Italia, Ross Perot en Estados Unidos o Thaksin Shinawatra en Tailandia. En todos estos casos, la mayoría de los simpatizantes sintieron una conexión personal (izada) con el líder, cuya movilización fue puramente descendente. Los líderes conectan directamente con los simpatizantes, sin que intermedie ninguna organización política o social fuerte. Aunque la movilización descendente no es exclusiva de los líderes populistas, estos definitivamente son más propensos a ello.

¿De dónde proviene esta afinidad empírica entre populismo y liderazgo personalista? La respuesta a esta pregunta radica en parte en la naturaleza de la serie de ideas populistas, que considera grupos homogéneos tanto al «pueblo puro» como a la «elite corrupta». Así, el líder populista puede erigirse en la personificación del pueblo (como ciertamente podría hacer cualquier miembro del «pueblo»). En algunos casos, el líder populista no solo es el núcleo del movimiento político, sino también su identidad política; pensemos, por ejemplo, en el chavismo en Venezuela, el fortuynismo en los Países Bajos y el peronismo en Argentina.

En buena parte de los casos, empero, los líderes populistas sí que construyen cierto tipo de organización política en torno a ellos, con frecuencia juzgada como un mal necesario para poder competir electoralmente con éxito. Técnicamente hablando, esta organización es un partido político, es decir, una agrupación política que presenta un candidato o más a cargos públicos en unas elecciones. Sin embargo, en muchos casos la organización no es más que una fachada, pues el número de militantes, comités o estructuras internas es escaso. Por esta razón preferimos etiquetar este tipo de pseudo-organización como un «vehículo electoral personalista», es decir, una estructura política más o menos ad hoc y carente de poder que ha sido construida, y es plenamente controlada, por un líder fuerte con el propósito específico de presentarse a unas elecciones.

Gracias a que ha creado un vehículo electoral personalista, el líder populista puede retratarse como un actor limpio, capaz de erigirse en la voz del «hombre de la calle», puesto que no hay intermediarios entre él y «el pueblo». Por ejemplo, Correa ganó las elecciones presidenciales ecuatorianas de 2006 rechazando el establishment y creando un partido político que no presentó candidatos al Congreso. Correa adujo que los partidos políticos son organizaciones fraudulentas. Prometió redactar una, nueva Constitución tras convocar una Asamblea constituyente cuya tarea sería construir un marco institucional que supuestamente respetara la soberanía nacional. Encontramos un patrón similar de movilización personalista en el caso de Geert Wilders, en los Países Bajos, que armó un partido político que en realidad solo era un vehículo electoral personalista. Como único miembro del Partido por la Libertad (PVV), Wilders decide quién tiene permiso para representar al partido en varías legislaturas y cómo se ha de actuar y votar.

Aunque es posible encontrar liderazgos personalistas en todo el mundo, estos se hallan más presentes en ciertas regiones, como América Latina. En las tres olas de populismo latinoamericano, el referente de movilización ha sido el liderazgo personalista, desde Perón en la primera ola, pasando por Fujimori en la segunda, hasta Correa en la tercera. Lo mismo vale para gran parte de países no occidentales, donde los populistas han logrado exitosas movilizaciones, caso de Corea del Sur y Taiwán. Lo que estos países tienen en común es que son democracias en desarrollo con un sistema presidencial y unos partidos políticos institucionalizados que relativamente son débiles.

 

Ejemplo: Alberto Fujimori en Perú

A finales de los años 1980, Perú no solo enfrentó una severa crisis económica, sino también el auge del movimiento guerrillero maoísta Sendero Luminoso. En estas circunstancias, una figura completamente desconocida, Alberto Fujimori, llegó al poder gracias a una campaña populista que criticaba al establishment por la dramática crisis que amenazaba el país y que le presentaba como una persona «pura» deseosa de deshacerse de la dite corrupta. Al exaltar su origen japonés, Fujimori se presentó como un outsider sin vínculos con la elite blanca y, por lo tanto, como alguien que había sufrido discriminación racial, como la mayoría del pueblo. No es fortuito que uno de los eslóganes de su campaña fuera «Un presidente como tú». Este eslogan constituyó un sutil ataque contra su principal contrincante, el famoso escritor Mario Vargas Llosa, conocido miembro del establishment cultural y político, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010.

Fujimori fue elegido presidente en 1990, pero sin un partido político que lo respaldase, no tenía forma de controlar el Congreso. Creó un vehículo electoral personalista llamado Cambio 90, que se constituyó con la ayuda de dos organizaciones menores con poco en común: una asociación de pequeños empresarios y una red de protestantes evangélicos. El personal que trabajaba para Cambio 90 era tan insignificante e inexperimentado que Fujimori no incluyó ni a un solo miembro del partido en su primer Consejo de Ministros. Prefirió gobernar con independientes, cargos militares activos o retirados y algunas personas de otros partidos.

Para celebrar las elecciones nacionales de 1995, Fujimori creó un nuevo partido llamado Nueva Mayoría, que logró la mayoría en el Congreso, aunque casi todos los parlamentarios eran novatos políticos elegidos a dedo por Fujimori y sus personas de confianza. Tras los pobres resultados en las elecciones municipales de 1998, Fujimori decidió formar otro nuevo partido político para las elecciones nacionales de 2000, esta vez llamado Perú 2000. En un proceso muy turbio, Fujimori pudo ganar la presidencia, pero sin asegurarse una mayoría en el Congreso. Como consecuencia, empezó a sobornar sistemáticamente a parlamentarios de la oposición para que apoyaran su gobierno, lo cual terminaría siendo su ruina. Mientras se le investigaba por soborno, Fujimori envió por fax su renuncia como presidente durante una visita a Japón, donde permaneció varios años para evitar la cárcel en Perú.

En definitiva, Fujimori rivalizó en las elecciones con organizaciones políticas que eran extremadamente débiles y estaban bajo su control absoluto. Así las cosas, cuando su hija Keiko decidió entrar en política varios años más tarde, se vio en la necesidad de fundar un nuevo partido político prácticamente desde cero, aunque incluyó a algunos dirigentes que habían apoyado al gobierno fujimorista. Con su nuevo partido, Fuerza Popular, Keiko Fujimori ha podido construir una identidad común uniendo elites locales y organizaciones de base que apoyaron al gobierno de su padre.

 

Movimiento social

Las manifestaciones, las marchas y las concentraciones son fenómenos políticos habituales en las sociedades contemporáneas; son ejemplos de movilización política que reúnen a individuos para ejercer presión sobre quienes están en el poder. Cuando las protestas no son casos esporádicos, sino que perduran en el tiempo, estamos ante un movimiento social. Los movimientos sociales suelen describirse como redes informales (o «redes de redes») que se caracterizan por un compromiso continuo de individuos y grupos políticos que tienen un claro adversario y buscan promover la acción colectiva en la persecución de un objetivo común. Algunos ejemplos icónicos de (nuevos) movimientos sociales son el movimiento estadounidense por los derechos civiles de los años 1960 y los movimientos ecologistas europeos occidentales de los años 1970.

La preferencia de los movimientos sociales por una acción colectiva no institucionalizada —y no del más usual comportamiento electoral— se debe con frecuencia a la falta de acceso al proceso de adopción de decisiones. Por lo tanto, los movimientos sociales son diferentes de los partidos políticos y también de los grupos de interés, que suelen tener una organización formal y participan regularmente en el proceso de adopción de decisiones.

A la hora de definir una identidad común y un enemigo común, los movimientos sociales tienen que crear un marco que les sirva para identificar las reivindicaciones sociales más importantes que afectan a la sociedad. En el proceso de construcción de este marco, los movimientos sociales suelen recurrir a diferentes estructuras ideológicas; así, por ejemplo, el movimiento obrero empleaba a menudo ideas marxistas para construir un marco que retratara a la comunidad empresarial como el enemigo común y describía a los trabajadores como la población agraviada.

Aunque nada impide a los movimientos sociales usar el populismo para construir un marco, sin embargo, no es lo más habitual. Lo que la mayoría de dichos movimientos quiere es desarrollar una identidad común para un grupo específico de individuos, como estudiantes, mujeres, trabajadores, etcétera. Por el contrario, el populismo habla del «pueblo» como una categoría homogénea, y asume una serie de ideas que un amplio grupo de individuos —aunque no el conjunto de la sociedad— debería poner en marcha para recuperar la soberanía que una «elite corrupta» les ha robado. Por lo tanto, el populismo no resulta muy útil para construir marcos que afectan a electorados específicos (es decir, subgrupos del «pueblo»).

Un aspecto interesante de los movimientos sociales populistas es que son ejemplos de movilización ascendente. De hecho, los movimientos sociales populistas adolecen normalmente de un liderazgo centralizado, o de un líder dominante, lo cual no quiere decir necesariamente que no tengan líderes. Ciertas figuras pueden desempeñar un papel importante de cuando en cuando, pero la fortaleza esencial de un movimiento social populista reside en su capacidad de interpretar un sentimiento de rabia generalizado contra el establishment para proponer de forma convincente que la solución está en el pueblo soberano. Como consecuencia, los escándalos de corrupción sonoros que implican a personalidades de diferentes grupos del establishment o las serias violaciones del principio de soberanía popular son el tipo de sucesos propicios para la emergencia de movimientos sociales populistas. En contraste, los contextos políticos en que grupos específicos se sienten discriminados (como los jóvenes, por ejemplo) o aspiran a reformar un tipo de política concreta (como la ecología), no son muy adecuados para el auge de movimientos sociales populistas.

Si miramos el mundo contemporáneo, la Gran Recesión ha facilitado el ascenso de una amplia variedad de movimientos sociales populistas en todo el planeta. Occupy Wall Street en Estados Unidos y los llamados Indignados en España dan buena fe de ello. Mientras que el primero creó el eslogan «Somos el 99%», el lema del segundo fue: « ¡Democracia real ya! No somos mercancías en manos de políticos y banqueros». Ambos movimientos tenían un claro tono populista, retratando a la «casta política» y a la comunidad empresarial como la «elite corrupta», a la vez que definían al pueblo homogéneo («el 99%») como la única fuente de legitimidad política. Y mientras los dos movimientos intentaban crear una definición del «pueblo» que fuera inclusiva con las minorías más marginadas —incluidas las étnicas, las religiosas y las sexuales—, la exclusión moral que hacían de «la elite», en términos de intereses y valores, fue tan esencial como la de los movimientos populistas más excluyentes de la derecha política.

 

Ejemplo: el Tea Party en Estados Unidos

Aunque el mar de fondo del movimiento se remonta a mucho antes, numerosas versiones sitúan los orígenes del movimiento Tea Party en la diatriba que el comentarista de la cadena CNBC Rick Santelli lanzó en directo desde el Chicago Mercantile Exchange (la Bolsa de Chicago) en febrero de 2009. Santelli, que protestaba contra las políticas de rescate del presidente demócrata Barack Obama —aunque habían sido iniciativa de su predecesor republicano, el presidente George W. Bush—, se volvió hacia los corredores bursátiles gritando: «Ha llegado la hora de otro Tea Party». Se refería a la protesta contra los impuestos del gobierno británico que hubo en Boston en 1773 (conocida como Tea Party) y que sirvió de preludio a la Revolución americana. Aunque este suceso mediático estimuló sin duda el incipiente movimiento, el Tea Party, en muchos sentidos, no es más que la forma más novedosa de indignación populista conservadora en Estados Unidos.

El movimiento se construyó sobre una multitud de militantes populistas de derechas con una vaga organización de base, como la bloguera Keli Carender (que firma como «Liberty Belle» en su blog) y grupos como Tea Party Patriots, además de agrupaciones nacionales conservadoras organizadas profesionalmente, como Americans for Prosperity y FreedomWorks. La coalición de los llamados «grupos de base» y Astroturf fue problemática desde el principio, porque para muchos simpatizantes de base los profesionales de Astroturf formaban parte de la elite corrupta. Es más, a medida que el Tea Party se fue vinculando más estrechamente con el Partido Republicano, en buena medida debido a los grupos Astroturf, las facciones más populistas del movimiento se alejaron de las campañas comunes nacionales y centraron su interés en contiendas locales y regionales, en particular en el Medio Oeste y el Sur de Estados Unidos. Además, incluso las bases del Tea Party engloban gran diversidad de causas y grupos, entre los que se incluyen desde los más libertarios hasta social-conservadores, fundamentalistas religiosos y supremacistas blancos.

También han surgido varios aspirantes a líderes, que abarcan desde el comentarista televisivo conservador Glenn Beck hasta la congresista Michelle Bachman, aunque, como todos están conectados con subgrupos específicos, han encontrado como mínimo tanta oposición como apoyo dentro de este amorfo movimiento. Incluso la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin —que se había convertido en una celebridad nacional e internacional después de que John McCain (19362018) la seleccionara como su segunda en las elecciones presidenciales 2008—se vio atrapada en la pelea entre determinados grupos del Tea Party, recibiendo duras críticas por cobrar elevados honorarios como ponente en reuniones de grupos (con fines de lucro) del propio Tea Party.

Al igual que otros movimientos de base antes que él, el Tea Party perdió rápidamente su ímpetu en el país, en buena parte por su falta de liderazgo y organización nacionales, aunque ciertos grupos sigan influyendo a escala estatal o local.

No obstante, algunos líderes del Partido Republicano cercanos al Tea Party pudieron competir en las primarias presidenciales de 2016 (Ted Cruz, Rand Paul y Marco Rubio, por ejemplo), a pesar de que buena parte de las bases apoyaron al outsider republicano Donald Trump. En la actualidad, queda abierta la pregunta de cuál será la repercusión del Tea Party en el liderazgo del Partido Republicano y en sus bases en un futuro cercano, después de que Trump supiera emplear hábilmente algunos elementos de la retórica populista más extremista del Tea Party para movilizar a sus simpatizantes y vencer en las elecciones presidenciales de 2016.

 

Partido político

Como es bien sabido, el politólogo estadounidense E. E. Schattschneider afirmó que la democracia no puede darse sin partidos políticos. Exageraciones aparte, la democracia es, sin lugar a dudas, una forma de gobierno que depende de los partidos políticos, los cuales desempeñan como mínimo tres funciones esenciales en el sistema democrático: en primer lugar, los partidos políticos son organizaciones que buscan sumar los intereses de diferentes sectores de la sociedad; en segundo lugar, los partidos políticos elaboran programas políticos que funcionan como promesas para los votantes, que pueden evaluar estos programas para decidir a quién votar en unas elecciones; y en tercer lugar, los partidos políticos invierten tiempo y recursos en formar un personal competente que es crucial tanto para gestionar los procesos electorales como para aplicar las reformas propuestas a través de cargos públicos.

Estas tres funciones esenciales de los partidos políticos guardan estrecha relación con el proceso mismo de representación política. Las democracias modernas son un tipo particular de régimen político cuyos votantes pueden elegir libremente cargos públicos que los representan tomando decisiones en su nombre. Estos representantes suelen ser individuos que trabajan en partidos políticos, es decir, organizaciones políticas que presentan candidatos a la función pública en unas elecciones. Como los partidos políticos compiten por votos, tienen que detectar qué cuestiones son importantes para el electorado y crear un programa político ajustado a ello. En este proceso de detección de las cuestiones y elaboración de un programa, los militantes del partido, los afiliados y los líderes interactúan estrechamente. En consecuencia, el partido es más que solo un líder. Tanto la institución como la ideología pueden vincularse a un líder fuerte, pero no dependen plenamente de él. Así, con frecuencia los partidos tienen la capacidad de sobrevivir a un líder específico.

Puesto que el populismo suele utilizarse como arma para atacar al establishment, expertos e investigadores propenden a afirmar que el populismo está reñido con la representación política. Al fin y al cabo, los actores y los electorados populistas normalmente claman que los partidos políticos existentes son organizaciones corruptas.

Esto no quiere decir, empero, que el populismo sea intrínsecamente contrario a la representación política. Lo que los populistas quieren es tener a sus representantes en el poder; es decir, a los representantes del «pueblo». Por consiguiente, los partidos políticos populistas utilizan el populismo para desafiar al establishment y dar voz a grupos que no se sienten representados.

En efecto, el auge de los partidos populistas y su fuerza electoral se vinculan directamente con su capacidad de politizar ciertas cuestiones que, intencionadamente o no, los partidos políticos existentes no están atendiendo como es debido. En cuanto los partidos populistas cobran importancia y son capaces de «ser dueños» de determinada cuestión, ganan espacio en el paisaje político, forzando a otros partidos a reaccionar y a tomar en cuenta sus inquietudes. Un movimiento social también puede hacer esto, pero la capacidad añadida de ganar votos (y escaños) suele hacer que los partidos populistas sean más efectivos.

A pesar de las tensiones ideológicas entre populismo y partidos políticos, estos son el tipo paradigmático de movilización populista en gran parte de Europa. En la actualidad, en la mayoría de los países europeos existe como mínimo un partido populista exitoso, y en casi un tercio de estos países, de los tres partidos más importantes uno es populista. Aun cuando algunos partidos populistas hacen honor al estereotipo del «partido flash», muchos se ajustan mejor a la categoría de vehículos electorales ad hoc construidos por líderes personalistas que a la de partidos políticos reales. Lo vemos tanto en el ejemplo prototípico del partido poujadista como en casos más recientes, caso del Movimiento Popular de Letonia (TKL). Además, muchos de estos partidos incluyen oficialmente el nombre de su líder —como el austriaco Team Stronach o el neerlandés Lista Pim Fortuyn (LPF) —, o bien son conocidos por su líder: el TKL era mucho más conocido como el «Partido Siegerist», en honor al líder del partido, Werner Joachim Siegerist.

Muchos de los partidos europeos occidentales populistas de derechas más relevantes son organizaciones relativamente bien establecidas que existen desde hace dos o más décadas. En particular, el Partido de la Libertad de Austria (FP()) y el Partido Popular Suizo (SVP) se fundaron en 1956 y 1971, respectivamente, y si bien ambos partidos han cambiado ideológicamente, han mantenido la continuidad de la organización. También los «nuevos» partidos populistas de derechas como el FN francés y el Partido del Progreso de Noruega (FrP) existen desde los años 1970, mientras que el belga Interés Flamenco (VB) y la italiana Liga Norte (LN) se fundaron a comienzos y a finales de los años 1980, respectivamente. Todos estos partidos han construido e institucionalizado, lenta pero firmemente, una organización de partido sólida, con varias organizaciones auxiliares, como las ramas juveniles. Incluso en Europa del Este, donde pocos partidos son anteriores a la caída del comunismo en 1989 y la mayoría son volátiles y débiles, algunos partidos populistas son estables y están bien organizados, por ejemplo el populista de izquierdas Dirección-Social-democracia (Smer) en Eslovaquia y el populista de derechas Ley y Justicia (PiS) en Polonia.

 

Ejemplo: el Frente Nacional en Francia

El Frente Nacional (FN) se fundó como una coalición de multitud de grupúsculos de extrema derecha, que abarcaba desde el neofascista Nuevo Orden hasta los católicos ultra ortodoxos de la secta Lefebvre, unidos entre sí exclusivamente por el aplastante liderazgo de Jean-Marie Le Pen. Después de un lento comienzo —durante el cual el partido apenas era la suma de sus partes, contando con unos 14.000 afiliados a mediados de los años ochenta—, el FN se dispuso a desarrollar su propia organización bajo la competente dirección de Bruno Mégret.

La separación en dos bandos, el de Le Pen y el de Mégret, en 1999 hizo mucho daño a la organización, que perdió a la mayoría de sus organizadores más competentes y en torno a dos tercios de sus cuadros. Tras el renacimiento experimentado con Marine Le Pen, el Frente Nacional ha cuadriplicado casi el número de afiliados, pasando de unos 22.000 a unos 83.000 desde que sucediera a su padre en la dirección del partido en 2011. A pesar de los estatutos nominalmente democráticos del partido, la estructura de poder del Frente Nacional es extremadamente centralizada. El congreso del partido elige al líder del partido, que puede enfrentarse y se enfrenta a serios rivales, pero es extremadamente poderoso una vez elegido. Marine Le Pen ejerce una influencia desproporcionada a través de un sinfín de organizaciones encabezadas por personas que ella misma ha elegido y solo son responsables ante ella. De hecho, cuando tomó las riendas del partido, su padre fue nombrado «presidente vitalicio», una función honorífica que no pudo impedir su expulsión del partido más tarde, tras una creciente enemistad pública entre padre e hija. Aunque el congreso del partido debía aprobar su expulsión, y él tenía amparo jurídico dentro del partido, lo único que salvó a Jean-Marie Le Pen fue un tribunal civil que se pronunció a su favor y obligó al Frente Nacional a readmitirlo.

Actualmente, la organización del Frente Nacional se extiende por todo el territorio francés, incluidos los territorios de ultramar, y cuenta con una organización juvenil fuerte y muy activa, el Frente Nacional de la Juventud (FNJ), que presume de tener unos 25.000 miembros. El Frente Nacional cuenta incluso con una organización para los «franceses en el extranjero», organizada en once ramas ordenadas geográficamente, que afirma tener afiliados en ocho países del mundo. Para conectar mejor con los obreros, su electorado más fuerte, el partido ha creado varios sindicatos, en particular en sectores que son tradicionalmente afines a los ideales del Frente Nacional (agentes de policía y guardias de prisiones, por ejemplo). Como los sindicatos tradicionales, ferozmente contrarios al Frente Nacional, han invalidado las modestas victorias que el FN ha obtenido en las elecciones sindicales, el Frente Nacional se ha embarcado en una estrategia cada vez más exitosa de «entrismo», en virtud de la cual sus miembros «se infiltran» en los sindicatos tradicionales y en su dirección.

 

Un modelo dinámico

Si bien la mayoría de los ejemplos de movilización populista encaja claramente en uno de estos tres tipos, al menos en un punto (o período) específico de tiempo, en muchos casos la movilización populista es un proceso que atraviesa distintas etapas. Prácticamente toda movilización populista comienza sin una fuerte estructura de organización, salvo, quizás, cuando un líder populista toma el control de un partido político ya existente bien organizado y lo transforma en un partido populista cuando no lo era. Curiosamente, este es el recorrido cada vez más común en Europa.

Muchos de los partidos populistas que han triunfado en Europa, tanto de izquierdas como de derechas, empezaron como partidos que no eran populistas. Por ejemplo, en Alemania, el populista La Izquierda (Die Linke) es el sucesor del partido gobernante de la República Democrática Alemana, el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), que fue una organización elitista marxista-leninista. Dos de los partidos populistas de extrema derecha más exitosos en Europa occidental —el FPCI en Austria y el SVP en Suiza— comenzaron siendo partidos no populistas, si bien con importantes facciones que sí lo eran. Tras ser elegidos líderes de sus partidos, Jörg Haider y Christopher Blocher, respectivamente, transformaron el partido no populista ya existente en un partido populista de extrema derecha.

Lo mismo parece haber ocurrido en Estados Unidos, donde Donald Trump se hizo con el Partido Republicano gracias a una campaña populista derechista, y empuja al partido cada vez más hacia esta deriva. Lo peculiar de Trump es que no es un político, sino un multimillonario con buenos contactos en el establishment político. A pesar de estos contactos, Trump no escatimó en ataques contra la elite política por su presunta incapacidad para comprender los problemas reales del pueblo americano. Así, en uno de sus mítines públicos, Trump declaró que «el establishment político que está intentando frenamos es el mismo grupo responsable de nuestros desastrosos acuerdos comerciales, la inmigración ilegal masiva y las políticas económicas y exteriores que han desangrado a este país».

Encontramos, no obstante, casos excepcionales en los que un líder veterano ha podido transformar un partido que no es populista en otro que sí lo es, como es el caso de Viktor Orbán y la Fidesz en Hungría.

Si bien estos ejemplos muestran que los lideres pueden ser muy poderosos dentro de los partidos populistas, esto no significa que dichas organizaciones sean vehículos electoralistas personales de sus líderes. Incluso después de asumir el poder y transformar a su partido —lo cual redundó en importantes victorias electorales—, Haider y Blocher sufrieron una significativa oposición dentro de su propio partido, procedente tanto de populistas como de no populistas. En el FPÓ, la oposición fue tan feroz que Haider finalmente prefirió abandonar «su» partido para fundar otro, la Unión por el Futuro de Austria (BZO). Curiosamente, a excepción de su feudo regional de Carintia, la mayoría de los votantes siguieron siendo fieles al antiguo partido (FP()) y no siguieron al antiguo líder al BZÖ.

Sin embargo, en la mayoría de los casos la movilización populista es independiente de una organización política ya existente. El modelo común es un líder personalista que construye un vehículo electoral ad hoc, es decir, una movilización descendente en torno a un líder populista carismático. En muchos casos, esta movilización o bien fracasa o bien se desmorona al poco tiempo de obtener una victoria electoral. Los líderes populistas con capacidad para movilizar al electorado con mayor o menor éxito durante unas cuantas elecciones suelen fundar un partido político, aunque sin entusiasmo y a regañadientes, para consolidar su poder y aumentar su eficacia.

A pesar de su preponderancia, muchos partidos políticos sí que sobreviven al líder fundador, aunque con frecuencia pasan por un período de declive electoral y liderazgo débil. Algunos incluso pasan de un líder fuerte a otro, como fue el caso del Frente Nacional (de Jean-Marie Le Pen a Marine Le Pen) y del FPC1 (de Haider a Heinz-Christian Strache). En otros casos, la muerte del líder fundador contribuye a unir diferentes facciones con el objetivo de construir un partido político que busque mantener vivo el conjunto de ideas populistas. Podemos encontrar ejemplos de esto en América Latina, donde la muerte de Perón favoreció la consolidación del Partido Justicialista argentino, mientras que la muerte de Chávez parece haber contribuido al fortalecimiento del Partido Socialista Unido de Venezuela. Los movimientos sociales son un tipo de movilización populista poco frecuente, aunque en Estados Unidos son la modalidad preferida, desde el movimiento agrario populista de finales del siglo )(Di hasta los movimientos populistas de derechas e izquierdas de principios del siglo XXI. Al igual que otros movimientos sociales, los movimientos sociales populistas suelen ser episódicos y locales a falta de un líder o una organización nacional fuerte. El movimiento Occupy Wall Street es un ejemplo perfecto de populismo que nunca sobrevivió a su corta fase de movimiento social. Son pocos los movimientos sociales populistas capaces de durar más de unos cuantos años. Los que sobreviven suelen tener conexiones con grupos más organizados, como el Tea Party, y con las diversas redes locales y nacionales de grupos de derecha, incluido el Partido Republicano.

En cuanto un movimiento social populista encuentra a un líder fuerte se producen tensiones entre el líder y el movimiento. El movimiento perderá rápidamente su «momento», sobre todo si el líder es capaz de construir un partido político y atraer a una parte significativa de activistas destacados y el interés mediático. Esto es lo que ocurrió recientemente en India, donde el movimiento India contra la Corrupción (IAC) —un movimiento social populista que emergió en 2011 a raíz de una ola de corrupción sin precedentes en las altas esferas— prácticamente desapareció cuando Arvind Kejriwal, uno de los cinco líderes de lo que se conocía como «Team Anna», fundó el Partido del Hombre Común (AAP) y empezó a concurrir a elecciones con varios niveles de éxito. De igual modo, el movimiento español de los Indignados, que surgió como protesta contra la creciente desigualdad y corrupción en 2011, fue eclipsado por Podemos, que presentó un manifiesto firmado por una treintena de intelectuales y personalidades y que, a pesar de su resistencia ideológica, se centra fuertemente en el fundador y líder del partido, el profesor de ciencia política Pablo Iglesias Turrión.

Por último, podemos encontrar un caso excepcional en la Bolivia contemporánea, donde los tres tipos de movilización populista tienen lugar simultáneamente. Evo Morales es un líder personalista populista muy conectado con los movimientos sociales que se opusieron a las políticas neoliberales y pelearon por una mejor representación de los grupos étnicos en la década del 2000. Morales fue elegido presidente del país en 2006 y el partido político que lo respalda, Movimiento al Socialismo (MAS), mantiene estrechas relaciones con estos movimientos sociales. Al mismo tiempo, MAS es una organización política fuerte que, pese a la lealtad que profesa hacia Morales, posee distintas facciones y una estructura institucional por toda Bolivia. No obstante, existen importantes tensiones entre los tres tipos de movilización populista en el país. Así, ha habido momentos en los que los movimientos sociales han obligado a Evo Morales a modificar su postura respecto a ciertas reformas. Y aunque sigue siendo el líder indiscutible del partido, se ha abierto un debate sobre su posible sustituto en un futuro cercano.

 

Conclusión

Los populistas se movilizan de numerosas maneras. Hemos analizado los tres tipos principales de movilización populista: liderazgo personalista, movimiento social y partido político. Dos preguntas siguen sin respuesta, no obstante. La primera es: ¿por qué ciertos tipos de movilización populista son más frecuentes que otros? Y la segunda: ¿qué impacto tienen estos diferentes tipos de movilización populista en el éxito electoral del populismo?

Empecemos por ofrecer una respuesta preliminar a la primera pregunta. Los actores políticos no se desenvuelven en un vacío político. Varios contextos políticos establecen las condiciones y proporcionan los incentivos que son más o menos favorables a los tres tipos de movilización populista. Una vez dicho esto, probablemente el factor más relevante es si el populismo ve la luz en un sistema presidencial o parlamentario. Lo más frecuente es que los sistemas presidenciales refuercen los liderazgos personalistas, mientras que los sistemas parlamentarios incentivan la emergencia de partidos políticos. En consecuencia, los líderes populistas sin apego a un partido político pueden cobrar relevancia e incluso ganar el poder ejecutivo en sistemas presidenciales. De hecho, esto es lo que ha ocurrido varias veces en América Latina (Perón, Fujimori, Correa). En contraste, en los sistemas parlamentarios, la persona que controla el ejecutivo es propuesta por uno o más partidos políticos con representación parlamentaria. No es una coincidencia, pues, que casi todas las fuerzas populistas en Europa sean partidos políticos más o menos organizados.

En cuanto al análisis del auge de los movimientos sociales populistas, la distinción entre el sistema presidencial y el parlamentario no parece ser de crucial importancia. Al contrario, como sucede con otros movimientos sociales, estos se desarrollarán principalmente en democracias que tienen una «estructura de oportunidades políticas» (EOP) restringida. Entre las instituciones EOP más restrictivas encontramos un sistema electoral mayoritario, el sistema bipartidista correspondiente y elevadas trabas financieras para influir en la política mediante elecciones o lobbismo. Visto así, el predominio del tipo de movimiento social de movilización populista en Estados Unidos tiene sentido. Si bien es cierto que los sentimientos populistas abundan en la sociedad estadounidense, solo dos grandes partidos dominan la política —el Republicano y el Demócrata—, ambos muy hábiles en la prevención del ascenso de terceros partidos viables. En Estados Unidos los políticos tradicionales emplean con regularidad una retórica populista, pero la movilización populista solo es realmente factible fuera de la estructura de partido en movimientos sociales como el Tea Party, que suelen estar muy cercanos a uno de los dos partidos.

Esto nos deja la segunda pregunta por abordar: ¿los tipos de movilización populista tienen un impacto diferente en el éxito electoral del populismo? Para responder convenientemente a esta pregunta es importante recordar que el éxito electoral puede definirse de dos maneras: triunfo electoral, que se traduce en ganar suficientes votos para entrar en la palestra política (es decir, el parlamento o la presidencia) y persistencia electoral, que implica ser capaz de devenir una fuerza estable dentro del sistema político.

Sin duda, los populistas pueden lograr el triunfo electoral con un liderazgo personalista. Esto es particularmente cierto cuando el líder populista es una figura carismática, con unas credenciales adecuadas que la retratan como una persona independiente y tiene la habilidad de establecer un vínculo directo con las masas. Sin embargo, por lo general a esta clase de líderes no se les da bien construir instituciones. Aunque son capaces de crear una plataforma electoral personalista, y no tanto un partido político bien organizado con militantes y personal competente, tienen serios problemas en términos de permanencia electoral. Por ejemplo, Alberto Fujimori consiguió ganar tres elecciones presidenciales, pero sil partido desapareció en cuanto él dejó el país en el 2000, lo cual obligó a su hija a reconstruir un partido político de las cenizas del vehículo electoral personalista de su padre.

Como los partidos políticos populistas emplean un lenguaje radical, normalmente deben enfrentarse a las reacciones de los partidos políticos convencionales, así como a las de organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación. Cuanto más duras son estas respuestas, más difícil es para los partidos populistas desarrollar una organización eficiente que reclute personal competente.

En consecuencia, los partidos populistas a menudo logran triunfos electorales, pero no consiguen afianzar una permanencia electoral. Algunos partidos populistas son capaces de sobrevivir a grandes derrotas electorales en el ámbito nacional gracias a feudos locales o regionales particulares, desde los cuales el partido puede intentar un resurgir nacional. Muchos partidos populistas de extrema derecha en Europa tienen estos baluartes locales, como el VB en Amberes y el SVP en Zúrich. El ejemplo más extremo es el del austriaco BZO, cuya representación nacional en el parlamento federal se basó exclusivamente en el extraordinario apoyo del estado natal de Haider, Carintia. Los movimientos sociales populistas tienen un impacto ambivalente en el éxito electoral del populismo.

El auge de un movimiento social populista ciertamente da más visibilidad al conjunto de ideas populistas, pero esto no conduce automáticamente al triunfo electoral de los actores populistas. Por ejemplo, nada indica que el movimiento Occupy Wall Street haya contribuido de manera significativa a la elección de políticos populistas de izquierdas, si bien es posible que reforzara las campañas de demócratas más progresistas como Bernie Sanders y Elizabeth Warren. Sin embargo, la cosa cambia cuando un fuerte movimiento social populista está conectado a un partido político establecido o colabora con él, como es el caso del Tea Party y el Partido Republicano en Estados Unidos. Aunque el Tea Party no ha podido hacerse con el control del partido nacional, sí que ha desempeñado un papel importante en algunas primarias y ha sido instrumental para aumentar la representación populista en las delegaciones republicanas en legislaturas estatales y federales.

La mayor posibilidad de tener permanencia electoral se da cuando un movimiento social populista es capaz de construir un partido político nuevo o transformar uno existente; de hecho, muchos de los partidos políticos más exitosos surgieron de movimientos sociales. Estos movimientos brindan los recursos organizativos que son cruciales para fundar partidos políticos que funcionen bien. Pensemos tan solo en la influencia que el movimiento obrero tuvo en el ascenso de los partidos socialistas y socialdemócratas en Europa y América Latina. Un ejemplo paradigmático de un movimiento social populista que estimula tanto el triunfo electoral como la permanencia de un partido populista es MAS, cuyo líder Evo Morales ha ganado de manera consecutiva las tres últimas elecciones presidenciales y parlamentarias habidas en Bolivia.

 

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