COMERCIO Y DESARROLLO: LA GLOBALIZACIÓN DE LA DESIGUALDAD

1-Trabajo no cualificado.metirtaonline

Trabajo no cualificado.

Nos encontramos, dicen, ante un «nuevo mundo», el mundo globalizado. Esto es el que se llama, pero en realidad lo que denominamos globalización no es más que el resultado de un proceso continuado que viene de hace muchos años. Que las telecomunicaciones unan el planeta y que se abran fronteras a nuevos mercados es tal vez el paso definitivo para que todos los países dependan de los otros. Si hace unos cuantos años las crisis económicas se transmitían, ahora se transmiten todavía mucho más. Si hace unos cuantos años el progreso de unos afectaba al de los otros, ahora  afecta todavía mucho más. Pero esta globalización se caracteriza por sumergir en la pobreza a unos —los países pobres— y para multiplicar las ganancias de los otros —los países ricos—. Así es como funcionan las reglas de un juego perverso que, en lugar de aprovechar su capacidad para que los países en desarrollo salgan adelante, ha trampeado sus reglas para que siempre ganen los mismos. Los países ricos imponen a los pobres unas normas comerciales, pero se aplican a sí mismos las contrarias. Hay un doble trato que oculta la enorme hipocresía de los poderosos. Pero hay también ejemplos, como los países emergentes del este de Asia, que muestran maneras de acompasar los ritmos porque la globalización sea beneficiosa.
El comercio internacional podría ser un motor magnífico para que los pobres salieran de la situación en que se encuentran. Sin embargo, actualmente este motor no funciona y es por muchas razones, y todas tienen relación con el modelo económico vigente. Del fracaso de las economías dirigidas del bloque comunista parecía deducir la vía única del liberalismo económico llevado al extremo de los Estados Unidos. El modelo actual fomenta la desigualdad entre países y las desigualdades en el interior de cada país. Los ricos disminuyen cada vez más en número pero se hacen más ricos, y los pobres aumentan y se empobrecen todavía más. Ni por iniciativa de los países del Norte ni por la propia de los del Sur, la humanidad sabe reducir la pobreza.
Lo primero que hay que preguntarse es si la erradicación de la pobreza es un objetivo compartido por todo el mundo. Es casi seguro que no es el primer objetivo de todos, solo lo es de unos cuántos; pero, cuando menos, sí que podemos asegurar que cualquier persona lo podría incluir entre los buenos deseos del día: no molestará nadie que los pobres dejen de serlo.
¿Cómo se puede conseguir que los mercados funcionen para este objetivo? Con palabras es muy sencillo; es como un juego, solo hace falta que las reglas sean justas y que se permita jugar todo el mundo en igualdad de condiciones. Si todos partieran de la misma salida y tuvieran las mismas oportunidades, el juego sería justo.
Esto no pasa actualmente, aunque desde el Norte no lo queramos ver. Hay un problema a la hora de explicar que los países ricos se están apropiando de los recursos de los pobres. Quizás es por la dificultad de entender que los pobres tengan riquezas para coger. Cuando hablamos de países pobres, la imagen que nos viene en el jefe muchas veces es únicamente la del hambre y los vientres hinchados; no vemos los trabajadores explotados, ni los agricultores trabajando de sol a sol a cambio de casi nada. No vemos las mujeres plurisubempleades en las fábricas, ni los recursos naturales expoliados. Es más fácil creer que los pobres no tienen nada.
Los países ricos, las empresas transnacionales, los organismos que rigen el comercio mundial no tienen en cuenta estas realidades, o no lo bastante, al imponer las normas de los intercambios comerciales. Para hacer crecer los beneficios, para mantener el ritmo de crecimiento de las economías industrializadas, es necesario obviarlas. Pero esto representa empujar millones de personas en todo el mundo hacia la pobreza y la desesperación extremas.
El potencial del comercio para reducir la pobreza es enorme. En los países ricos, entre los cuales hay España, ha habido una importante movilización ciudadana para exigir el cumplimiento del compromiso para dedicar el 0,7 por ciento de su PIB al desarrollo de sus vecinos pobres. Otra campaña busca la necesaria condonación de la deuda externa de los países del Sur. Y sí, todo esto es importante, pero un obstáculo fundamental es el comercio. Porque las relaciones humanas son esencialmente comerciales, y de estas, se podría sacar mucho de provecho.
Cada vez que llamamos por teléfono usamos los microchips. Para que estos existan, en algún lugar del mundo pobre se tiene que extraer el mineral superconductor que los compone, lo cual se hace a cambio de un mal salario, la nula protección social e inexistentes medidas de seguridad laboral. Cada vez que nos tomamos un café al bar de la esquina, los productores que lo han cultivado reparten menos del uno por ciento de lo que le pagamos al camarero y las empresas transnacionales, los intermediarios, los transportistas y los detallistas, se embolsan el resto.
Las cifras hablan por sí suelas. De cada 100 dólares generados por las exportaciones mundiales, 97 van a los países de ingresos altos y medianos, y solo 3 a los países de ingresos bajos. Si África, Asia oriental, Asia del sur y América Latina incrementaran su participación en las exportaciones solo en el uno por ciento se podría hacer salir 128 millones de personas de la pobreza. El incremento del uno por ciento de la participación de África en el comercio 70.000 millones de dólares, cinco veces más del ayuda y alivio de la deuda.
Mientras en el Norte nos hacemos ricos, ellos, en el Sur, no solo continúan siendo pobres sino que se vuelven cada vez más. Es fácil que alguien lo defina como un robo de lo más refinado.

 
Apuntalar la pobreza y la desigualdad

Hay toda una tendencia de análisis del comercio mundial que olvida estudiar las repercusiones de este en los países pobres. Se afirma que la liberalización generalizada en el planeta llevaría a un futuro de prosperidad global, reduciría la pobreza de los pobres y disminuiría las diferencias de estos respecto de los ricos. ¿Pero se ha demostrado esta teoría? Lo que se ha visto, en realidad, es justamente el contrario. Y, aun así, se continúa obligando los países pobres a aceptarlo. De hecho, el Banco Mundial ha llegado a afirmar, muy solemnemente, que «la integración global es ya una poderosa fuerza de lucha contra la pobreza (Banco Mundial, 2001. ª).
La proporción de la población mundial que vive con menos de un dólar en el día se redujo de un 28 por ciento el 1987 a un 23 por ciento el 1998. Aun así, este éxito lo oscurece la cifra absoluta: el número de personas que malvive con estos exiguos ingresos es el mismo, unos 1.100 millones de seres humanos, con cara y ojos (Banco Mundial, 2001d) Si el porcentaje de personas que viven en la miseria es menor es porque hay más habitantes en el planeta.
No se pueden obviar los datos de los países que se han integrado rápidamente, como predica el Banco Mundial, en el mercado mundial. En África, la incidencia de la pobreza creció rápidamente durante la primera mitad de los años noventa y retrocedió en la segunda mitad hasta dejar unos 73 millones de personas más en la extrema indigencia. A mediados de años noventa, la comunidad internacional —es decir, los países ricos— se propuso e imponer reducir los niveles de pobreza hasta la mitad antes del año 2015. Desde entonces, se anda a un paso 10 veces inferior al necesario para conseguir este objetivo. Solo al este de Asia se cumplen los pasos marcados, y más por iniciativa de los gobiernos locales y de las políticas de liberalización relativamente acertadas que siguen que no por iniciativa de los gobiernos occidentales. La África subsahariana tendría que duplicar su tasa de crecimiento anual para empezar a subir al tren de la reducción de la tasa de pobreza (Hammer, 2000).
El 2015 todavía habrá 75 millones de niños y niñas sin escolarizar (Watkins, 2001. ª), lo cual, igual que la vulnerabilidad, la inseguridad en el futuro, la carencia de acceso a la salud y tantas otras situaciones no son fáciles de presentar a las estadísticas económicas. Y, aun así, son causa y consecuencia de la carencia de recursos; es un círculo vicioso que nadie se encarga de romper.
Suponemos que los apóstoles de la globalización confiaban en la redistribución automática de la riqueza asociada en sus cálculos al crecimiento económico que seguiría la apertura de mercados en los países pobres. El caso es que el efecto que se está anotando en los libros de cuentas del planeta es exactamente el contrario. Si hace unos cuantos años el 25 por ciento de los más ricos de la Tierra tenía el 75 por ciento de la riqueza del planeta. la proporción es algo más escandalosa: el 14 por ciento de la, población del mundo acapara el 78 por ciento del PIB global.

2-El PIB mundial

El PIB mundial

Con este reparto de los ingresos generados por el crecimiento económico, en el mejor de los casos puede ser que se produzca un modesto efecto de goteo sobre las economías de los pobres que aumentará progresivamente la brecha que sus cuentas sufren respecto de las cuentas de los ricos. Estos, ante el goteo, reciben una marea de euros y dólares gracias a las reglas manipuladas del comercio.
Si los ingresos medianos de los países en desarrollo se incrementaran un tres por ciento cada año y los de los países desarrollados solo lo hicieran un uno por ciento, tardaríamos aproximadamente 70 años a conseguir que los ingresos absolutos de ambas partes crecieran en igual cantidad. Se parte de situaciones tan diferentes que cuanto más tardamos a aplicar verdaderas medidas de redistribución de la riqueza, más difícil será cerrar la grieta por la cual se escapan los beneficios del comercio global. Los pobres reciben una cuota tan pequeña del crecimiento de la economía mundial que es imposible que la globalización, tal como ha sido concebida por los ricos, consiga reducir la pobreza. Solo lo aumenta.

 Un poco de historia global
1 Más de cinco siglos de globalización

Cuando los economistas escriben las biografías de la liberalización mundial de los mercados, se suelen olvidar de una gran parte de los inicios. Los primeros pasos de la globalización los hicieron, vía marítima, Cristóbal Colon y el resto de los exploradores de los siglos XV y XVI. Fue entonces, ya hace mucho tiempo, que se empezó a integrar los habitantes de los países no desarrollados en un sistema comercial que explotaba las riquezas a cambio de poco o de nada. A cambio de esclavitud y de explotación, o de una colonización cultural y religiosa que hacía desaparecer sus costumbres y formas de vida.
A finales del siglo XIX, el mundo ya era aglobal» en cuanto al comercio. Entre 1884 y 1914 el comercio duplicó su importancia en relación con el PIB mundial (Hirst y Thompson, 1995, jefe. 2). Y más de 36 millones de personas dejaron el campo europeo en estos años para buscar oportunidades en el Nuevo Mundo (Faini et al., 1999). La globalización de estos años tuvo efectos muy beneficiosos para los trabajadores, que veían como el aumento del comercio hacía aumentar sus ingresos. Se intercambiaban productos agrícolas —que requerían mucha mano de obra— por bienes manufacturados. En el último cuarto del siglo XIX, las desigualdades se redujeron en una tercera parte, según datos de O’Rourke y Williamson (2000, 14).
Pero llegaron las guerras mundiales y su efecto fue devastador. Los países de Europa, después de ver su geografía destrozada sus economías hundidas, optaron por el proteccionismo. Y los de los Estados Unidos se posaron al frente, desde su posición dominante, de este movimiento de péndulo. Al frenarse los flujos de capital y de comercio, el crecimiento económico mundial cayó una tercera parte y aumentó la pobreza y la brecha entre pobres y ricos. La enseñanza hoy, podría ser que el interconexionado entre economías es beneficiosa  cuando las cosas van bien, pero en épocas de vacas flacas, si se aplican políticas perjudiciales para los socios comerciales, las fichas de dominó llevan una detrás la otra y en todas direcciones. El sufrimiento se multiplica.

2 Mercados globales hoy

Los últimos veinte años, el valor de las exportaciones en la economía mundial triplicado a la vez que el PIB del planeta se ha duplicado. La importancia del sector exportador ha crecido significativamente. Y las exportaciones que más han crecido son las de productos que nacen en los países pobres. «Magnífico, ya estamos reduciendo la pobreza…» No es tan sencillo, aunque muchos se lo piensen. El resultado real es que ha aumentado la dependencia de las exportaciones como fuente de riqueza en los países en desarrollo mucho más que en los países desarrollados. Y como consecuencia pasa el siguiente:
– Los países pobres son peligrosamente sensibles a los cambios en las reglas del mercado.
– En un mundo cada vez más basado en las altas tecnologías, crecen las exportaciones de productos de este tipo y se estancan las de materias primas.
– La inversión extranjera directa es más importante, y crece más, que los flujos de ayuda en los países en desarrollo. A principios de los años noventa, sus magnitudes eran parecidas y hoy la inversión extranjera es cuatro veces más grande que la ayuda (240.000 millones de dólares en el año por 56.000 millones).
– Hoy se comercia también con el dinero: cada día se compran y venden divisas por un valor 78 veces superior al del la compraventa de bienes y servicios… Donde hay los pobres aquí?

3 Productores globales…

 
Mientras el tráfico de Internet se duplica cada 100 días, la mitad de la población mundial no ha hecho nunca una llamada telefónica. Las nuevas tecnologías y sus entusiastas partidarios han creído que esto de los ordenadores haría dejar de ser pobres cantidades ingentes de habitantes del Tercer Mundo, pero se han pasado de optimistas.
Es verdad que la aparición de las nuevas tecnologías de la información ha creado puestos de trabajo a los países pobres. Las plantas exportadoras de componentes se han multiplicado. Y es también cierto que esto ha hecho caer la vieja teoría de la ventaja comparativa, según la cual los países pobres saldrían del pozo gracias a sus abundantes recursos naturales y a una enorme fuerza de mano de obra. Las exportaciones de los pobres están creciendo fundamentalmente por la producción de bienes que tienen poco o nada que ver con su ventaja comparativa y sí mucho con las grandes empresas transnacionales (ETN) que invierten en las zonas francas de los países pobres para llevar su producción. Antes se globalizaba mediante el intercambio y, ahora, produciendo más allá de las fronteras. Hay dos procesos nuevos.
El primero consiste a trasladar la producción a nuevas factorías en los países pobres. Las nuevas tecnologías y la movilidad de los capitales facilitan esta posibilidad, de forma que las ETN buscan los emplazamientos más ventajosos para ellas. Por ejemplo, hoy la fábrica Thompson ya no es a Boomington, sino en una zona franca cerca de la pequeña localidad del norte de México de Ciudad Juàrez (Abrams y Harney, 2001). El norte de México es hoy el más grande exportador mundial de aparatos de televisión.
El segundo proceso es algo más complejo y se denomina exportaciones” intraproducto»: cada producto final está formado por muchos componentes fabricados en los países más diversos. Así, un bien de los Estados Unidos —como por ejemplo los trajes infantiles de la marca Gap— puede proceder de un proveedor individual —Fashun Wears, a Okhla, en el norte de Delhi, a la india—, que lo ha fabricado con los forras sintéticos y los botones de un proveedor de China, las cremalleras de otro de Corea
del Sur y los cuellos de lino de un fabricante de India. Todo esto con contratos de obligado cumplimiento impuestos por el ETN, que le reportan un beneficioso precio y, al proveedor, pocas ganancias. El ETN gana en precio y los proveedores pierden en libertad e iniciativa. Los ritmos de producción y abastecimiento impuestos por la transnacional llevan a la explotación de las trabajadoras —que son mayoría— y los trabajadores de estas fábricas ubicadas a los países pobres.
Es fácil imaginar las consecuencias para los trabajadores globalizados. Desde la explotación más brutal —horarios de trabajo abusivos, inexistente protección social, derechos laborales negados, etcétera— hasta la vulnerabilidad eligiera absoluta —carencia de independencia y de iniciativa personal, pocos recursos para la formación propia y de los hijos—. La vida se limita, entonces, a una mera subsistencia, resistir como mucho, esperando tiempos mejores que no lleguen nunca.

4… y vendedores globales


México es uno de los más grandes productores de maíz del mundo, pero esto no impide que sus plantaciones y los amos de estas, que ofrecían unos precios interesantes hace unos cuantos años, hayan entrado en una crisis enorme. Un millón de personas que dependen del maíz al cinturón de pobreza del sur del país están amenazadas de caer en la miseria. Qué ha pasado?
El 1994 se liberalizó el comercio en México, como consecuencia Mieles convenios de liberalización de mercados con los Estados Unidos. Wall-Marte, una de las cadenas de minoristas de los EE. UU. más grandes, entró el mercado mexicano. Los precios a los cuales vende esta empresa extranjera ubicada en el país son realmente competitivos, pero el maíz del Trial se provee no procede de México sino de las plantaciones subvencionadas de su vecino del norte. Wall-Marte México ha negociado un contrato global de abastecimiento con la empresa Cono-Agria, de los Estados Unidos, porque lo provea de la materia prima necesaria para fabricar sus las suyas palomitas Act II.
Ahora, si un mexicano alquila una película para verla a casa con los amigos, tiene que comprar las palomitas en la tienda de los «gringos», que las fabrican con «maíz gringo». Le salen más baratas que antes y por eso lo hace, pero a su país ya no existen las características y exuberantes plantaciones de maíz. Las que quedan están desatendidas el resto han sido arrasadas porque ya no son rentables. Y quienes trabajaban andan empobrecidos, sin películas de video y sin un mal peso para alimentar sus hijos. Eso sí, México se ha liberalizado y su PIB ha crecido mucho.
El mismo pasa con el resto de los productos que vende Wall-Marte en México: son todos importados de los EE. UU.. Los consumidores mexicanos se benefician de unos precios bajos, pero la economía de su país se debilita y madriguera en una mayor dependencia de su poderoso vecino, porque todo el que gastan los habitantes de México en estas tiendas va a parar al bolsillo de los amos de los EE. UU. de esta cadena de tiendas. Wall-Marte personifica muchos de los valores del nuevo orden global (Séller et al., 1997).

 La globalización no es igual para todos

La fuerte interrelación entre los mercados puede llevar a un sufrimiento compartido en momentos de crisis. Aunque el sistema capitalista haya superado sus crisis provocadas por motivos diversos, no se puede pensar que no haya habido grandes perdedores. Si no, que lo pregunten en Argentina y en Indonesia, que el 1997 empezaron una carrera bajista en sus economías, de la cual todavía no se han recuperado. Los trabajadores cayeron en la explotación y los pobres en la miseria. Pero los ricos continuaron siendo ricos. Los ciudadanos indonesios y los argentinos podrían decir muchas cosas sobre globalización desde un punto de vista muy diferente del que presentan el FMI y lo BM.
Estas instituciones solo reparten juego en los países que lo necesitan a cambio de establecer unas reglas manipuladas: «Si quieres apoyo financiero, si quieres oportunidades de mercado, abre tus fronteras». Hoy, los beneficios del comercio global pueden parecer obvios para los ganadores del Norte, pero los pobres del Sur, perdedores en esta partida con las cartas marcadas, cuestionan legítimamente la obligatoriedad de cumplir unas normas que no han demostrado que sean beneficiosas para ellos. Se los obliga a pagar costes sociales y económicos muy altos y se los niega el acceso a los mercados del Norte —que no se liberalizan, curiosamente— a cambio de promesas de prosperidad que no se cumplen. La globalización está, efectivamente, cambiando la vida de las personas. A principios de los años noventa, la quinta parte de los trabajadores de América Latina eran mujeres. Hoy, la proporción es de un tercio (Mehra y Gammage, 1995, 536). l el 90 por ciento de estas ofrece sus servicios a las zonas francas, donde los derechos laborales se asemejan poco a los convenios colectivos del Norte, de donde provienen las ETN que los dan trabajo.
Los mercados de capital se globalizan, los mercados laborales no, lo cual provoca la migración de los pobres que, ante la carencia de trabajo a sus países y la exhibición de abundancia de los países ricos, arriesgan incluso sus vidas para optar a una de mejor. Un trabajador mexicano no calificado puede multiplicar por nuevo su sueldo si pasa clandestinamente a los ECIA, incluso si trabaja ilegalmente y explotado. Así, aumentan la marginalidad, la xenofobia, el racismo, la miseria y la exclusión en los países desarrollados. La vulnerabilidad de los más pobres.
Pero hay más expoliaciones. La fuga de cerebros es otro agujero por donde se van las posibilidades de salir de la pobreza. Son diversas las motivaciones, desde la legítima aspiración a la mejora personal hasta la fuga de unas condiciones —o persecuciones— políticas insoportables. Pero también hay responsabilidad del Norte. Se importan trabajadores cualificados, para los cuales sí que hay emigración legal y facilidades. Los países en desarrollo pierden el producto de sus esfuerzos formativos, de su inversión en desarrollo intelectual. Más de una tercera parte de la fuerza laboral del sector tecnológico de Silicon Valley (ECUA) procede del subcontinente indio (Financial Times 2000); y un tercio de las personas que han completado la educación superior a África vive fuera de su país de nacimiento. Solo India pierde con esta fuga de cerebros más de 700 millones de dólares el año de ingresos (Desai, 2000), a pesar de las divisas que los emigrantes envían.

 
Comercio para poner en marcha el motor del desarrollo

El ejemplo del este de Asia

El este de Asia es el ejemplo. Esto no quiere decir que sea el paraíso donde no pobres y donde los trabajadores tienen todos los derechos y protecciones, hay desigualdades ni explotadores ni explotados. Hay todo esto y más, pero la evolución de los llamados «tigres asiáticos» ha estado espectacular en los últimos cuarenta años. El número de personas que viven con menos de un dólar en el día —el límite de la pobreza extrema—ha pasado de 720 a 278 millones (Ahuja et al., 1997: 7; Banco Mundial 2001c: 23).
Esto ha estado posible gracias a un crecimiento rápido, y con una amplia base, de las rentas. Se ha conseguido que cada catorce años se duplique la renta per cápita mediana; una cosa que Gran Bretaña tardó cincuenta años a conseguir después de la primera Revolución Industrial.
Parece el milagro de los panes y los peces. Pero la mayor parte de las economías del este de Asia no empezó a liberalizar sus importaciones hasta tener muy asentado su crecimiento en las exportaciones (Rodrik, 2001.ª). Esto contradice las teorías del FMI y del BM. Cuando menos, las posa en entredicho. Si países como Corea del Sur, Indonesia, Malasia o Tailandia han conseguido que las exportaciones superen el 50 por ciento de su PIB antes de abrir sus mercados a la importación, y esto los ha permitido reducir espectacularmente las tasas de pobreza, hay algo que falla en los postulados liberalizadores de estas instituciones internacionales.
La técnica, para decirlo de alguna manera, que aplicaron las economías del este de Asia fue muy sencilla. Si crecen las exportaciones, crece la demanda de mano de obra, lo cual hace subir los sueldos de los trabajadores. Con una economía cerrada a los productos del exterior, no había competencia en los precios de los productos importados, que sufrían las barreras arancelarias. De forma que no era necesaria la moderación salarial para conservar el mercado interno; había suficiente con cierta contención por no perder competitividad al exterior.
La entrada de divisas permitió la compra de la tecnología y los materiales para sostener este crecimiento continuado; y así, una vez asentado el crecimiento y compartido por los trabajadores, se empezó a liberalizar lentamente el mercado de las importaciones. Este ritmo lento ayudó las empresas locales a aumentar su eficiencia y la calidad de sus productos, lo cual mejoró la competitividad. Es el mismo proceso acompasado y mesurado que aplicaron los países ricos para crecer: primero protegerse y después irse abriendo, despacio y por sectores ya consolidados, en la entrada de productos del exterior.
Probablemente, el este de Asia tuvo la suerte de realizar todos estos movimientos antes de que los postulados liberalizadores fueran el único y más importante mantra repetido y venerado por los países del Norte. Porque, actualmente, las exigencias aperturistas inmediatas que se imponen en los países pobres, en vez de crear bienestar y comercio como el este de Asia, generan menos comercio y más desastre para continentes enteros, como el africano

 
Ventaja comparativa? Teoría y realidad


La teoría de la ventaja comparativa, de David Ricardo (1817), que antes hemos mencionado, tiene también aplicaciones perversas. Según esta teoría, el comercio es capaz de conseguir que las personas consuman más mercancías de las que consumirían si no realizaran este intercambio. Dos países se pueden beneficiar de un crecimiento sostenido intercambiando los bienes en los cuales cada uno de estos es más eficiente. Una cosa que parece sencilla, pero que es demasiado compleja para ser aplicada sin matices.
Además, en realidad, es un modelo falso, estático y que no voz más allá de las evoluciones de los mercados. Si los EE. UU se hubieran limitado a explotar su ventaja comparativa, hoy serían un país eminentemente agrícola, atendida su enorme disponibilidad de tierra cultivable. Un ejemplo hace 35 años, Corea del Sur y Taiwán se protegían de las exportaciones de acero de los EE. UU., pero las políticas aplicadas por sus gobiernos han conseguido que hoy sean los EE. UU los que tengan que posar barreras al acero de estos países. Se ha invertido la ventaja comparativa gracias a unas medidas protectoras de las economías de estos países. Solo después de crecer con una buena base se han abierto al mercado libre.
Pero, curiosamente, el FMI se ha cogido encantado a esta manera de ver las cosas, y mira de aplicarla de la manera más absoluta. defendiendo que el comercio es esencialmente bueno, pose como ejemplo el este asiático porque el resto de países del mundo abren sus mercados. Y se olvida de cómo fue el verdadero proceso de estos países.

 
La curiosa historia del libre comercio

 
Cuando el economista escocés Adam Smith escribió La riqueza de las naciones el 1776, atribuyó la naciente prosperidad americana a la especialización en agricultura: «La principal causa del rápido progreso a nuestras colonias americanas [es] que casi la totalidad de sus capitales ha sido utilizada hasta ahora en la agricultura. No hay manufacturas.» Su sugerencia de acción: no cambiar el que es bueno. Aconsejaba a los americanos quedarse a sus prados y abrir sus fronteras a los bienes manufacturados ingleses.
Después de la independencia, el Gobierno norteamericano vio las cosas de manera muy diferente; entendió que la ventaja comparativa de hoy podría ser la deuda de mañana. Después de obtener la independencia, el año que La riqueza de las naciones fue publicada, los antiguos colonos empezaron a desarrollar una base industrial. El primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, implantó una precoz versión de la teoría de la sustitución de importaciones. El 1791, en su Informe sobre manufacturas rechazó la sugerencia de Smith y argumentó que las empresas manufactureras podrían florecer y competir, pero solo con protección contra las importaciones y »y el patrocinio del Gobierno». Ante el entusiasmo británico por el libre comercio, Abraham Lincoln se mantuvo abiertamente proteccionista. En una concisa respuesta a los argumentos de los economistas británicos que pedían suprimir los aranceles americanos afirmó: »No sé mucho, de aranceles, pero sé que si compro un abrigo en América, yo tengo un abrigo y América tiene el dinero».
Incluso Adam Smith, con toda su fe en el poder del mercado, estaba menos radicalmente inclinado a la liberalización del comercio que algunos economistas actuales. Incitaba a la extrema cautela cuando se vieran implicadas industrias manufactureras que dieran trabajo a »una gran cantidad de manos». Escribió: »La humanidad puede requerir en este caso que la libertad de comercio pueda ser instaurada solo por una lenta gradación, y con gran medida y circunspección.»
Las democracias occidentales, que se presentan ante el mundo como ejemplo de rectitud y de perfección social, que presumen de su superioridad moral, se pican los dedos predicando cada día una cosa diferente. La que más convenga. Y, a veces, como por ejemplo, al inicio del siglo XXI, dos cosas a la vez. Que se liberalicen los pobres y que se protejan los ricos. Un curioso ejemplo para todo el resto de países del mundo.

 
Los problemas de los pobres para sacar provecho del comercio

 
Mirándolo desde un punto de vista general, somos muy cerca de entender que esto de comerciar es bueno, que abrir los mercados al final beneficia porque el país consume de una manera más barata y nos podemos especializar en lo que hacemos bien y a buen precio. Se supone que sí, que es verdad. Pero ya lo dijo Eduardo Galeano, historiador uruguayo: «La división del trabajo entre las naciones consiste que unos se especializan en ganar y otros en perder.» El primero sería verdad si todos los agentes del mercado, Norte y Sur, de posiciones equivalentes y si las reglas que rigen este mercado no estuvieran diseñadas por y para una sola de las partes, la Norte.
No hay que plantar café o tejer trajes para pertenecer a la banda desgraciada de este invento. Incluso países que participan en la nueva economía de las telecomunicaciones y el alta tecnología se ven sumidos en la más absoluta vulnerabilidad y explotación por parte de los vecinos ricos. Y si argumento en las exportaciones de estas manufacturas clave para el crecimiento de las economías de los países desarrollados se basa en la producción intensiva en zonas francas —con nulos derechos y mínimos sueldos, donde las grandes ETN montan productos procedentes otros países sin dejar nada de inversión en la economía local—, es improbable que la integración en los mercados mundiales sirva para erradicar la pobreza. Si los países en desarrollo quieren aprovechar el comercio internacional para reducir la pobreza, tienen que introducirse en los mercados de alto valor añadido y alto crecimiento.
Los datos globales, que sí que hablan de una favorable evolución en la reducción de la pobreza, se oscurecen al mirarlas en detalle:
– Solo Asia del este representa más de tres cuartas partes de las exportaciones del mundo en desarrollo. El resto se reparte las migajas.
– Los países pobres dependen todavía del mercado de las materias primas, inestable y de precios cada vez más bajos.
– Las ETN no reinvierten en las plantas que instalan en los países pobres ni mejoran la calidad de sus exportaciones. Por eso se pierde competitividad y oportunidades de reducir la pobreza.
– Los países que exportan masivamente productos de alta tecnología pagan el precio de verse obligados a atraer las ETN que los producen a cambio de eliminar los impuestos y los derechos laborales.

Sabías que..

Sabías que cada vez que compras una cosa fabricada o cultivada en un país del denominado Tercer Mundo participas en una estafa millonaria? Tal como funciona actualmente, el sistema explota personas que ya son pobres. Juntos podemos cambiarlo.

 

El trabajo en la fábrica es duro. No nos tratan bien. Si nos ponemos enfermos no tenemos protección. Piensa en nuestra situación la gente de vuestro país cuando compra las camisas que fabricamos?»

 
Nawaz Hozari, operaria de máquina de coser en una empresa coreana a Dana, Bongladesh, que confecciona camisas para grandes tiendas de ropa europeas y americanas, las operarías ganan entre 1 y 1,5 dólares por una jornada laboral de 14 horas.

 
«No hay manera que estas islas puedan competir con los EE. UU.. Si esta industria se hunde todavía más, que pasará entonces? Podremos alimentarnos nosotros mismos o tendrán que alimentarnos los otros?»
Arthur Bobb, directivo de programas de la Asociación de Agricultores de las islas de Barlovento (WINFA), Polinesia Francesa.

 
«No sé como los agricultores americanos pueden vender maíz en este país a precios tan bajos. He sentido que su Gobierno les da dinero. Lo único que sé es que nosotros no podemos competir con sus precios. Las importaciones están destruyendo nuestros mercados y nuestras comunidades.»
Héctor Chóvez, pequeño campesino de Chiapas, México

 
El Gobierno de los EE. UU subvenciona a  sus agricultores para que cultiven el maíz que después se exporta a México, con lo cual se amenaza seriamente la seguridad alimentaria de los pequeños agricultores mexicanos.

 

←EN LA ACTUALIDAD: DE LA GLOBALIZACIÓN A LA CONTINENTALIZACIÓN

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