RÉMORA

 

Rémora

Una rémora es un pez marino que se adhiere con fuerza a los objetos flotantes, ya sean embarcaciones, peces de mayor tamaño o mamíferos marinos, buscando protección y aprovechándose de la caza de estos otros animales. Se la conoce también con el nombre de gaicano, pegador o pegatimones. Tiene unos 40 centímetros de largo y alrededor de ocho o nueve de diámetro, su color es ceniciento o negruzco y su aleta dorsal es una ventosa. Su tradición como ser fantástico viene de lejos. Plinio la nombra en su Historia natural y asegura que tiene N el poder de detener los barcos a los que se adhiere, o al menos de disminuir su marcha, no tanto por la fuerza que posee como por cierto poder mágico del que goza, lo que hizo que en otro tiempo fuese muy buscada por los hombres. Al parecer, la presencia de una rémora en un juicio puede provocar que la causa se paralice para siempre, por lo que el delito podría prescribir y el delincuente quedar en libertad. Como remedio ginecológico, también fue muy utilizado para la prevención de abortos en mujeres embarazadas, pues retenía a las criaturas en el vientre hasta el parto.

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Rémora pez marino que se adhiere a los barcos y los protege.

En su Libro de los seres imaginarios, Borges nos revela que, según había leído él en Plinio, una rémora jugó un papel destacado en los destinos del Imperio Romano. Ocurrió durante la Batalla del Accio, combate naval acaecido el dos de septiembre del año 31 a. C. entre la flota romana de Octavio, quien después sería el emperador Augusto, y una flota combinada romano-egipcia dirigida por Marco Antonio y Cleopatra. Según nos refiere Plinio, una rémora detuvo la galera en la que Marco Antonio pasaba revista a su escuadra, lo que lo puso en desventaja frente a las naves de Octavio, que eran más ligeras y, por tanto, tenían mayor capacidad de maniobra. El combate se saldó con la derrota de la armada combinada y la absoluta supremacía de Augusto en el Imperio Romano.

Pero ésta es la versión de Plinio. Quién sabe si esa rémora no fue la propia Cleopatra, quien, aparentemente asustada por la estrategia del enemigo, ordenó la retirada de su contingente de 60 barcos, lo que obligó a Marco Antonio a ir tras ella, abandonando a su suerte al resto de la flota.

 

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