LAVANDERAS

 

Lavanderas

Con el nombre de «lavanderas» se conoce a unos seres macabros y espectrales a quienes muchos consideran hadas malignas, brujas, diablos femeninos e incluso espíritus de la noche que frecuentan los ríos o los arroyos, y cuya principal actividad consiste en lavar ropa en las aguas con ayuda de una pala que les sirve para golpear las prendas. Son descritas como viejas de rostro arrugado y seco, de ojos enrojecidos por la malicia y cuerpo encorvado.

La creencia en estas criaturas está muy extendida por toda la Europa Occidental. Son muy populares en la Bretaña francesa, Normandía, el Rosellón, la Provenza y hasta en Alsacia. En Asturias y Galicia también se conocen pero, tal y como nos revela Jesús Callejo, no abundan las historias sobre ellas, por lo que debemos considerarlas un motivo legendario importado de otras zonas.

Julio Caro Baroja consideraba que su creencia es característicamente céltica y, en efecto, podemos rastrear sus huellas en las zonas de influencia del pueblo celta. En las islas británicas están muy relacionadas con los rituales sangrientos. Existen relatos que aseguran que las lavanderas invitan a los hombres a bailar con ellas y luego los devoran o beben su sangre. En Escocia e Irlanda, sin embargo, son tenidas por criaturas atormentadas, sufridoras eternas de una desgracia que las condenó para siempre. Son los espectros de las mujeres que murieron en el momento del parto, y la ropa que lavan pertenece a las personas que van a morir pronto. Otras leyendas, muy difundidas por toda Francia, donde existe una amplia tradición, cuentan que las lavanderas solicitan la ayuda de quienes pasean por la orilla de los ríos a la luz de la luna, alegando que no tienen suficiente fuerza para retorcer las sábanas o los vestidos que quieren escurrir. Entonces, el viajero se detiene y les echa una mano, lo que ellas aprovechan para romperle los brazos de un tirón, pues su fuerza es sobrehumana.

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Lavanderas hadas malignas de la noche.

En el sureste de Francia, en la Provenza, a las lavanderas se las considera brujas, aunque allí se las llama «máscaras». Lo más normal es que tengan la costumbre de aparecer junto a la orilla de los ríos, por la noche, lavando sus ropas, y en apariencia son jóvenes muy hermosas que invitan a los caminantes a bailar con ellas. No paran de reír y de cantar, y los jóvenes desprevenidos caen muy fácilmente en sus redes, pues realmente creen que son doncellas alegres y juguetonas que quieren disfrutar de su compañía. Luego les piden ayuda para escurrir la ropa y de esta forma les rompen los brazos. Poco a poco van abandonando su apariencia juvenil y se muestran como en realidad son: con el aspecto de las brujas viejas y arrugadas de gesto hosco y afilados dientes. Si los muchachos aún no han muerto a consecuencia de las heridas, las lavanderas los empujan hasta el fondo del agua, donde los devoran hasta que quedan saciadas.

Según otras versiones, prolongan sus bailes hasta que rompe el alba o hasta que los hombres caen desfallecidos por el cansancio, momento que ellas aprovechan para beber su sangre.

 

Y ADEMÁS

En el siglo XIX, el folclorista y demonólogo Collin de Plancy nombré a las lavanderas en su «Diccionario Infernal»: «Se llama lavanderas o cantoras de noche a unas mujeres blancas que lavan la ropa mientras cantan, al claro de luna, en las fuentes apartadas; solicitan la ayuda de los transeúntes para retorcer su ropa y, al que las ayuda de mala gana, les rompen el brazo».

En algunas zonas de Francia, como en la provincia de Berry, se cree que las lavanderas son los espectros de las mujeres que asesinaron por desesperación o locura a sus hijos, y que de este modo lavan su culpa sin descanso. Según muchas leyendas, están condenadas por toda la eternidad a batir y retorcer, en las aguas de un río, lo que parece ropa mojada, pero que resulta ser siempre el cadáver de su hijo recién nacido.

Las lavanderas asturianas son tan malvadas como las del folclore francés. Se sabe que, en alguna ocasión, han contribuido a extinguir un fuego. Son también las protectoras de los a quienes ayudan cuando están en apuros. Eso sí, no quieren ni oír hablar de los jóvenes, pues los culpan del olvido en el que han caído todas las tradiciones.

 

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