EL SIGNIFICADO DE LA RELIGIÓN.

1-Willigis Jäger

 

Por: Willigis Jäger

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El significado cultural y antropológico de la religión ha sufrido un cambio drástico en el proceso de secularización acaecido en nuestra época. La persona religiosa actual ya no busca un sostén dentro de un sistema de creencias y, por ello, no encuentra las respuestas en el pensamiento eclesial tradicional ni en la teología. Lo que hoy mueve a la gente es la pregunta fundamental por el sentido del universo atemporal, junto con la pregunta por el sentido de la existencia humana.

La ciencia promete a la gente de nuestros días una vida cada vez más larga y la victoria en la lucha contra enfermedades que aun siguen siendo amenazantes para la vida. Pero con ello, desde luego, no se ha contestado la pregunta por el sentido de la existencia humana. Queda la pregunta: ¿qué sentido tiene el nacimiento de una persona y los pocos decenios o, quizás en un futuro, siglos que pasa en esta mota de polvo al borde del universo?

Estos días, el telescopio espacial Hubble descubrió que, a la distancia inimaginable de sesenta millones de años luz, dos cúmulos de estrellas anteriormente aislados se están uniendo y que, debido a su gigantesco choque, están surgiendo millones de estrellas nuevas. Durante casi catorce mil millones de años este universo existió sin los seres humanos y algún día existirá otra vez sin ellos. ¿Quién o qué era Dios en esos miles de millones de años anteriores? ¿En qué radicaba el significado de Jesucristo en el pasado, cuando no existían los seres humanos, y en qué consistirá cuando deje de haberlos, mientras el universo permanece? Las religiones tradicionales ya no tienen respuestas convincentes para un número cada vez mayor de personas.

Las religiones han surgido porque el ser humano, al desarrollar la mente, se preguntó por el sentido de su vida y por el sentido del mundo. Brindan la posibilidad de hacer concebible lo inconcebible para la razón humana, y la posibilidad de celebrarlo. La religión supone un adelanto muy importante en la evolución humana, incluso yo diría que absolutamente necesario porque, como creadora de sentido, protege a la especie de la extinción que, seguro, hubiera sufrido la humanidad por no haber encontrado sentido. Pero también las religiones deben transformarse para guiar a sus fieles hacia una espiritualidad acorde con la época. En el siglo XXI, con una cosmovisión completamente nueva, ya no podemos referirnos a Dios como aún era posible hasta principios del siglo XIX.

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LOS TRES CRUCIFICADOS. Se ha planteado que los ladrones crucificados (según dice la tradición) al lado de Jesús, posiblemente fueron seguidores suyos de los que nos e ha conservado el nombre, castigados como él por sedición.

El ámbito cultural mediterráneo se caracteriza por un pensamiento dualista que fue fomentado por Aristóteles y sus seguidores. La teología, la filosofía y, asimismo, nuestra cultura y nuestra cosmovisión están grandemente influenciadas por él y por la neo-escolástica. Aristóteles es el creador de la lógica y del análisis: concepto, juicio, conclusión, definición, causalidad y finalidad son los instrumentos de la razón que ocupan un primer lugar en su doctrina. Sustancia, relación, espacio, tiempo y cualidad son conceptos decisivos para él. El intelecto no puede reducir la dualidad a la unidad, y en esto radica la tragedia del mundo occidental. Porque el intelecto, este don maravilloso de la evolución, es, al mismo tiempo, un obstáculo para una comprensión más amplia. Para captar la realidad tiene que dividir, fraccionar, desmenuzar

Esta separación ha entrado también en la teología. Aristóteles ha concebido a un Dios que reina por encima de todo y hacia el que la persona tiene que elevarse. Es la culminación de la creación, pero no está en ella. Él es la meta hacia la que todo aspira, pero Él no se vierte en la creación. Las cosas no provienen de Dios, se acercan a Él. Su Dios no es la plenitud desbordante que se manifiesta como creación.

Alberto Magno y, sobre todo, Tomás de Aquino y toda la neo-escolástica, están grandemente influenciados por esta concepción aristotélica y ellos, a su vez, han marcado decisivamente la religión cristiana. Esto vale para todos los matices y confesiones de las religiones teístas. Poco antes de morir, Tomás de Aquino tuvo una profunda vivencia mística en la iglesia de Vosa Nova. Le dijo a un amigo, pero rogándole que no se lo contara a nadie: “Todo lo que he escrito parece paja en comparación con lo que he visto y me fue revelado”.

 

LA COSMOVISIÓN DUALISTA

Desde el principio el mundo occidental siempre ha adolecido de dualismo en la filosofía y en la teología: Dios/ser humano, cuerpo/alma, fenómeno/noumenon, transcendencia/inmanencia, sujeto/objeto. Encontramos esta dualidad también en el Primer Testamento, y de allí pasó al cristianismo. Los seres humanos se imaginaban el poder, al que llamaron Dios, como un ser metafísico. Sobre todo en las visiones lo veían como una especie de poder psíquico. En la contemplación visual de estas estructuras psíquicas el ser humano reconoció después a un ser personal que dirige la suerte del mundo. De esta manera surgieron los mitos de la creación y también surgió el “Dios cercano”, al que Moisés vio en la zarza ardiente y al que anunció al pueblo de Israel como “El que es”.

Aunque hoy día la teología ya se refiere a una revelación de la historia, permanece en un segundo plano la imagen mítica y dualista del Dios transcendente, que procede de las visiones y que se proclamó en imágenes y conceptos. Como sabemos hoy día, las visiones no son otra cosa que percepciones interiores, en las que lo divino puede revelarse en imágenes arquetípicas como un poder superior al yo.

Según la concepción teísta, Yahvé creó el mundo de la nada y lo dirige desde el exterior. Interviene cuando los seres humanos fracasan. El mundo, tal como es, se convierte, por culpa de los hombres, en un valle de lágrimas del que hay que huir. De ahí resulta el desprecio de la Tierra, del cuerpo, de la naturaleza, de la mujer, de la sexualidad y de los sentidos. Esta visión dualista del mundo entró también en la interpretación de lo que la teología denomina “pecado original”. Se interpretó como el hecho de haber dado la espalda a Dios, como una ofensa a Dios, lo que creó una imagen antropomórfica de Dios, que actúa frente a la ofensa como juez y parte. Por ello, fue preciso que hubiera un salvador y redentor divino. El surgimiento en el ser humano de la consciencia personal a partir de una preconciencia arcaica se explicó en la teología de la redención como una separación de Dios, cuyas consecuencias pasan a todos los descendientes. Lo que en realidad sucedió es que salimos de la unidad simbiótica del paraíso, propia de una existencia prehomínida, animal, para convertirnos en personas y desarrollar una consciencia personal. Pero este desarrollo de la consciencia humana a partir de una preconciencia arcaica, que se llevó a cabo dentro del marco de la evolución, fue declarado por la teología como un pecado de graves consecuencias.

Para esta “terrible falta” de dar la espalda a Dios sólo podía haber una reparación inconmensurable: la muerte del hijo de Dios, Jesús. De acuerdo con esto, Jesús tuvo que soportar un castigo que en el fondo debía recibir toda la humanidad. La teología del sacrificio, propia del Antiguo Testamento, fue integrada en el cristianismo. La muerte de Jesús se considera el rescate por la liberación del hombre de las manos de Satanás y como restitución de la gloria de Dios. Tal comprensión presupone una comprensión de Dios completamente arcaica. Dios se convierte en rey, juez y ejecutor del cumplimiento de las penas merecidas por el pecado y, con ello, se vuelve finalmente un ser grotesco.

El concepto de un ser que castiga es uno de los más graves errores de las religiones. No podemos ofender a lo que llamamos Dios. Esto corresponde a una idea infantil que no deberíamos integrar en una fe adulta. Un Dios, al que las personas pudieran ofender, sería una figura ridícula.

En las religiones teístas la religión se acerca al individuo desde el exterior. Y en esto consiste el verdadero problema. Se interpreta el mensaje como directamente revelado por Dios y de ahí que asuma autoridad divina. Parece como legitimado por Dios, como una única verdad revelada y, en consecuencia, requiere una obediencia absoluta.

Directamente revelado por Dios es el concepto decisivo. Desde este punto de vista el cristianismo no procede de los seres humanos, sino directamente de la fuente divina. Es un mensaje directamente transmitido por Dios. En esto se basa también su pretensión de ser la verdad absoluta. Lo que Dios ha revelado no puede ser erróneo, aunque las personas no lo entiendan; el mensaje sigue siendo la verdad aunque el individuo no esté de acuerdo con él. Con esta enseñanza el cristianismo defiende su unicidad histórica: pero esta autovaloración, que fácilmente puede convertirse en fundamentalismo, ya no es aceptada por muchas personas, incluso por muchos cristianos. Les parece ingenuo considerar un dogma como una verdad divina caída del cielo y, al mismo tiempo, todos estos conceptos arcaicos de Dios son cada vez menos apropiados para nuestra cosmovisión actual. En los últimos siglos la ciencia ha destronado cada vez más a Dios, y la teología ha tenido que aceptar cada vez más correcciones en su sistema de pensar. El mundo ha sufrido un desencantamiento, y Dios se ha convertido cada vez más en una hipótesis.

En el transcurso de su evolución, las ciencias han desarrollado una visión del mundo totalmente diferente de aquella en la que se basa la enseñanza de la Iglesia. Y ésta sigue teniendo muchas dificultades para integrar los conocimientos de la ciencia en sus enseñanzas. Cuando Nicolás Copérnico, Juan Kepler y Galileo Galilei desplazaron la Tierra del centro del mundo, esto supuso una ruptura no sólo para la ciencia, sino también un vuelco en los conceptos religiosos. Según la nueva visión del mundo, el ser humano era solamente un habitante accidental e insignificante en la periferia del inmenso cosmos.

Galileo fue obligado por la Iglesia a retractarse de su visión heliocéntrica del sistema solar y tuvo que pasar el resto de su vida bajo arresto domiciliario. Giordano Bruno murió en la hoguera por haber declarado la infinitud del universo.

Después, en el siglo XIX, Darwin presentó su teoría del origen de las especies mediante la evolución. Nos quitó nuestra unicidad, porque mostró que también la especie humana se desarrolló a partir de las formas primarias, como todos los demás seres. Los creacionistas no han logrado digerir este agravio hasta hoy y se defienden contra todo conocimiento científico, sobre todo contra los conocimientos de la biología de la evolución que no se ajustan a su visión del mundo.

Freud, Adler y Jung, así como otros psicoanalistas y psicólogos del siglo XX, revolucionaron la comprensión de la psique. El ser humano tuvo que aceptar la amarga verdad de que no es dueño de su propia casa sino que, más bien, está esencialmente influenciado por potencias inconscientes, de carácter arquetípico. Las teorías de la personalidad, tal como las entendían las religiones, comenzaron a tambalearse, especialmente debido al descubrimiento del inconsciente.

Los psicólogos han archivado asimismo la idea de la personalidad como naturaleza innata del yo. No es el genoma el único que escribe el guión de nuestra vida. Los investigadores suponen que los factores hereditarios sólo influyen parcialmente, con un peso comprendido entre el 30 y el 60 por ciento, sobre la personalidad.

Incluso los gemelos, a pesar de su identidad genética, pueden desarrollar diferentes caracteres en el transcurso de su vida. Ahora ya sabemos que la personalidad no permanece inmutable a partir de los primeros años. Los conocimientos actuales sobre la plasticidad del cerebro demuestran más bien que las células del cerebro son capaces de reorganizarse durante casi toda la vida, lo que afecta al carácter del individuo. Presumiblemente, personalidad se estabiliza definitivamente sólo a partir de la mitad de la vida. Esto significa, a su vez, que no tiene mucho sentido que el individuo desee encontrar o realizar su supuestamente innato yo-mismo. No se trata de la búsqueda de la vocación sino, más bien, de que el ser humano decida libremente qué camino debe tomar.

Asimismo, el papel del yo, que siempre se nos figuró como el núcleo de nuestra condición de seres humanos, se ha puesto en entredicho. La neurobiología nos confirma hoy día lo que la mística y las religiones orientales saben desde hace mucho tiempo: no existe ningún yo permanente e independiente. Nuestro yo es únicamente un instrumento musical que es tocado por una consciencia mucho más amplia. Esta consciencia, sin embargo, no es nuestra consciencia del yo. Descubrimos que nuestra consciencia del yo es tan sólo una apariencia, bajo la cual no encontramos ningún yo.

Percibimos el mundo únicamente a través de los modelos que nuestro cerebro crea. Estos modelos son producidos por patrones neurológicos a partir de las conexiones entre neuronas. Las células nerviosas son capaces de reorganizarse durante la vida entera y, con ello, deparar siempre nuevos conceptos del yo. Pero, si las conexiones neuronales fracasan en su tarea, también desaparece el yo y el mundo conocido por nosotros.

Las ciencias modernas nos obligan a reconocer que el mundo no es lo que somos capaces de ver, oír o comprender intelectualmente. Nuestro yo se parece a unas gafas que nos hacen ver algo que no es real. Nos hace ver un mundo que no existe. El mundo, tal como nos parece que es, es una construcción especial, edificada por unos órganos muy específicos: la estructura accidental de nuestros cinco sentidos y de nuestro intelecto. Como observadores no somos separables de lo que observamos y, de esta forma, creamos un determinado mundo, a partir de nuestra razón y nuestros sentidos. Nuestra visión del mundo tiene rasgos humanos, pero no podemos decir lo que es verdaderamente el mundo. Otros seres, que elaboran de diferente forma las frecuencias que perciben, tienen una visión del mundo distinta. La de los pájaros se diferencia de la de los seres humanos; los leones ven el mundo de forma diferente a como lo ven los murciélagos. Los ángeles, en el caso de existir, sin duda tendrán una visión del mundo diferente que nosotros, y lo mismo vale para seres de otras galaxias. No podemos suponer que sus órganos sensoriales sean como los nuestros ni que funcione como la nuestra su corteza cerebral.

Otro desafío a nuestra creencia de pertenecer a la especie homo sapiens, “hombre sabio”, se basa en nuestra incapacidad de crear condiciones sociales y ecológicas en la Tierra que aseguren la supervivencia de nuestra especie. No se pueden ignorar los presagios de una catástrofe que amenaza a la humanidad. Según el informe más reciente del Comisario especial de las Naciones Unidas, Jean Ziegler, el 75 por ciento de la humanidad vive en condiciones infrahumanas; el número de personas que pasa hambre en el mundo se cifra ya en 852 millones; y cada cinco segundos muere un niño por desnutrición o debido a las enfermedades que ésta conlleva.

Phillip Harter, de la universidad de Stanford, ha hecho un cálculo impresionante. Si nos imagináramos que los habitantes de la Tierra forman un pueblo de cien habitantes, obtendríamos la siguiente imagen: habría en él cincuenta y siete asiáticos, veintiún europeos, catorce americanos del norte y sur, y ocho africanos. Treinta serían blancos y setenta personas de color. Seis individuos acapararían el 59% de la riqueza y todos ellos serían americanos de Estados Unidos. Ochenta individuos vivirían en casuchas, setenta no sabrían leer, cincuenta sufrirían de malnutrición, un individuo tendría formación académica y sólo uno poseería un ordenador.

En el último siglo se han matado mutuamente cien millones de personas. Desde 1945 las guerras producen a diario más de 1.200 muertos. Las injusticias se multiplican y la ignorancia religiosa sigue siendo muy viva e, incluso, sigue aumentando ¿Somos una especie degenerada?

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José de Arimatea bajando a Jesús de la cruz.

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE DIOS

En 1880, en su obra Así hablaba Zaratustra, Nietzsche hace proclamar al “hombre loco” la muerte de Dios: “¿Adónde fue Dios? ¡Os lo diré! Le hemos matado, vosotros y yo. Somos sus asesinos”.

Al principio la gente se rió. Pero esa risa poco a poco les hizo comprender que estaban realmente matando a Dios. De repente, se dieron cuenta de las alarmantes proporciones que estaba adquiriendo este proceso. Cayeron en la cuenta de que ya no sabían adónde pertenecían. Entonces comprendieron hasta qué punto la ética y el orden mundial obligatorio estaban ligados al concepto de Dios.

Nietzsche supo que había presentado a su “hombre loco” demasiado pronto. En una ocasión dijo: “Se me podrá leer hacia el año 2000”. La “muerte de Dios” podría depararnos hoy una comprensión completamente nueva de la religión. Nietzsche buscó una realidad que tuviera un carácter místico. Buscó lo que denominó la “sabiduría dionisíaca”, lo “Uno Originario”, el “sonido total del mundo”. Nietzsche era un buscador de Dios y le interesaba una percepción que transcendiera el conocimiento racional. Su búsqueda de pistas le condujo a lo que está detrás de todo nombre, aquella realidad a partir de la que vivimos todos nosotros, el origen del que nos hace conscientes, la mística. “La persona cuyo pensamiento haya atravesado alguna vez el puente a la mística, llevará para siempre su huella en todos sus pensamientos”, anotó en su diario.

Su Zaratustra temía que llegara una época en la que el “último ser humano” ya no tuviera una luz que le aclarara el sentido de su existencia. Esta época ha llegado. Muchas personas están en búsqueda del fondo verdadero, del que todo brota. La creencia sola ya no sostiene. Las personas buscan la experiencia de aquello que se les obliga a creer.

Durante mucho tiempo se creyó que se podría explicar el mundo, con el darwinismo y el neodarwinismo, como un desarrollo mecánico debido a la mutación y a la selección. Pero cada vez resultaba más insuficiente esta explicación positivista del mundo. La fe en la omnipotencia de la física y la astrofísica se tambaleó debido a los nuevos conocimientos y resultados de la investigación científica. Sabemos más sobre el cosmos que en ninguna época anterior, pero también sabemos que en el fondo no sabemos nada.

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Las ciencias que han destronado al Dios arcaico han vuelto a encontrar las huellas de la instancia íntima. El comienzo ocurrió en la psicología. Sobre todo, C.G. Jung se dio cuenta de que en la profundidad de la psique hay estructuras que elaboran como informaciones comprensibles racionalmente las informaciones provenientes de la profundidad del yo-mismo, que carece de estructuras. Esta instancia profunda se plasma en imágenes arquetípicas, en claves mediante las que intenta hacerse consciente lo inconsciente. Revelan al individuo el “Deus tremendum et fascinosum”, que a menudo se encuentra en el arte. Estas imágenes interiores guían al ser humano y, en general, le conducen a una personalidad más madura. A menudo, esta instancia íntima se encuentra en desacuerdo con la consciencia del yo, pero al final se impone a la resistencia de éste.

Las tradicionales ideas arcaicas sobre Dios ya no encajan con nuestra visión del mundo. Los conocimientos de la física cuántica, de la astrofísica y de la teoría de la relatividad han destronado la vieja imagen de Dios. Este “Dios” no se ha adaptado a las exigencias del desarrollo general de la consciencia. Muchos científicos han llegado hoy al límite del saber racional y de lo comprensible y hablan de esa otra instancia, que no se presta a ser comprendida mentalmente, que únicamente puede experimentarse. Están convencidos de que esa instancia está dotada de facultades diferentes de las de nuestra consciencia del yo, y de que esas facultades son las que hacen progresar la evolución con la ayuda de nuestra consciencia del yo.

La situación de la civilización en la que vivimos, con su tecnología, sus posibilidades de información, su pluralismo político y social, nos permite ocuparnos de forma más intensa del nivel de esta instancia interior o Realidad Originaria. Pero tardará algún tiempo hasta que gran parte de la humanidad esté dispuesta a realizar un cambio de perspectivas y a esforzarse en lograr la verdadera solución de los problemas desde su interior. Cada vez hay más personas que se preguntan hoy por el sentido de su existencia, y las religiones tradicionales apenas son capaces de darles respuestas creíbles. La teología se ha quedado mayormente estancada en sus conceptos arcaicos. Se ha ido marginando cada vez más de las demás disciplinas, cerrándose así también a un desarrollo interdisciplinario. A esto se suma la dificultad de expresar nuevos hechos mediante los conceptos teológicos tradicionales.

La creencia “en Dios” retrocede hoy, dejando paso al anhelo de alcanzar la experiencia espiritual de esta “Realidad Última”. No se trata del desarrollo de nuevos conceptos intelectuales y de nuevas ideas, sino de una comprensión más amplia de lo que denominamos Dios, esa Realidad Última. En este caso, la persona de hoy día puede participar del gran tesoro de las experiencias de la mística occidental y oriental, que, al fin y al cabo, conduce más allá de toda religión y depara el conocimiento de que Dios constituye lo más íntimo del proceso evolutivo.

 

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