2-LA AYUDA DE LA CIENCIA

Algo extraño y misterioso hacía funcionar a los pensadores del siglo XIX y principios del XX en ese sentido de la adoración del hombre fundamental. Quizá un funesto hallazgo científico, que iba a trabajar en un sentido contrario, en principio, al de los «sonámbulos» que construyeron el humanismo: el de Darwin y su idea —genial— de la evolución de las especies. Darwin figuraba en principio entre aquellos que destronaban al hombre de su condición celeste para reducirle al eslabón de una escala zoológica, en «The origin of species» (1859) y «The descent of Man» (1871). Darwin emitió la peligrosísima teoría de que en la vida animal hay una continua lucha por la existencia que conduce a la selección natural de aquellas cualidades que son las más necesarias para continuar la vida de la especie, lo que conduce a la supervivencia del más adecuado. Las ideas de «lucha por la existencia» y “selección natural,» iba a encontrar una monstruosa aplicación política rápidamente. En un examen político de la cuestión podría llegar a suponerse que la actual (referida a su época y a las de sus analistas) situación del reparto de poder del mundo correspondía a una especie de justicia natural. Se podía llegar a la conclusión de que la escala de más ricos a más pobres dependía de esa especie de fatalidad científica de la supervivencia de los más aptos y estaba justificada: podría también justificarse el racismo, el colonialismo, el imperialismo. En una palabra: la fuerza. De ahí pudo salir la teoría de las «élites», o gobierno de los «mejor dotados», de los mejores, de los selectos; a la inversa, iban a aparecer los «sub-hombres» («untermensch»), y nada más lógico si se admite una escala que parte, en la cumbre, del Superhombre: la última capa de la pirámide debe estar compuesta por infraseres, incapaces de toda decisión propia. De este punto de partida se llega al concepto de «masa», uno de los más dramáticos y más terribles de estos últimos tiempos. Contra la masa se han proferido los más considerables insultos. Se les ha llegado a negar la calidad de humanas. «En cuanto a la opresión, consiste en tratar al otro como animal», dice Jean Paul Sartre («Crítica de la razón dialéctica»). Franz Fanon (»Los malditos de la tierra») considera que el colonizador tiene del indígena una idea de bestiario: «Hace alusión a los movimientos repatantes del amarillo, a las emanaciones de la ciudad indígena, a las hordas, al olor, a la pululación, al hervidero, a las gesticulaciones. El colono, cuando quiere describir bien y encontrar la palabra exacta, se refiere continuamente al bestiario».

«Horda», «grey», «manada», «rebaño», son algunos de los nombres animalescos que los aristócratas de las «élites» dan a la masa. «Vivimos bajo el brutal imperio de la masa», escribía Ortega y Gasset («La rebelión de las masas») y añadía: «Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el derecho de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo imponen dondequiera». Otro de los «intelectuales al servicio de la República», Gregorio Marañón, en sus «Ensayos liberales», describía a la masa como una «horda sublevada». Aplica una cierta narrativa al caso, al describir un hombre, ajeno a cualquier movimiento político, que un día ve pasar a la «horda sublevada», y siente el impulso irresistible de incorporarse «acaso contra su propia voluntad» a ella, volviéndose «un ser despeinado y sin camisa» —un desnudo: un animal— que «mata, saquea, incendia, se olvida de los suyos y actúa, en suma, al dictado de todos los instintos primarios que había ido enterrando en el fondo de su conciencia, a través de siglos y siglos, la civilización» porque en realidad sirve «al alma confusa del antropoide, resucitado, que forma la parte de nuestra conciencia colectiva y ancestral». He aquí por donde surge, y a qué servicio, el lejano mono que Darwin había señalado como nuestro antecesor. Sabiamente, los ilustres seguidores —más peligrosos si son «republicanos», más inquietantes si son «hombres de ciencia» o si llevan el equívoco y terrible calificativo de «filósofos»— no lo encuentran en el Dictador, en el tirano generalmente analfabeto, sino en esta inventada abstracción que es «la masa».

Con la aportación de «la masa», seguimos en plena ciencia, que enloquece a los hombres del siglo XIX y del XX. En nuestros pensadores republicanos hemos reconocido las resonancias de otras voces «científicas», la de Gustavo Le Bon («Psychologie des foules»), la de Gabriel Tarde («Etudes de Psychologie sociale», «Lois de l’imitation», «L’Opinion et la foule»). Ilustres científicos, sociólogos, psicólogos. Para ellos y sus estudios la “foule”, la masa, es algo que está siempre tintinando a abandonar esa civilización enterradora del antropoide: lo racional. Las buenas maneras de la condición humana. La masa es, en una palabra, el factor antípoda del Dictador. Porque necesita ser «domesticada». Necesita lo que en el popular lenguaje del fascismo medio-burgués español se ha llamado siempre «mano dura». Los ingobernables necesitan del castigo, del miedo, del palo. De la elegante y fina silueta de la horca recortada en el cielo del amanecer en la plaza pública. El Dictador siempre la ha manejado con soltura y entereza.

De esta forma vamos viendo como de la idea religiosa, mística, del poder piramidal que viene de Dios y desciende sobre el Hombre o el Héroe hemos pasado a una manipulación científica, racionalista, que justifica igualmente la pirámide social, el Hombre Fundamental y la mano dura. En nuestros tiempos tiene otra representación mediante la idea de la «agresividad» de la especie humana, como instinto, como parte de la naturaleza, y también como parte del oscuro antropoide que nos habita y que está siempre dispuesto a emerger. El paradigma de esta escuela es la obra del biólogo Konrad Lorenz, y la viene a demostrar también la necesidad de una dureza gubernamental para contener esa agresividad específica.

Por lo tanto, la masa, con su instinto agresivo, con su alejamiento de lo racional, necesita un jefe. El jefe tiene un «prestigio», dice Gustavo Le Bon en la obra citada: «El prestigio es una especie de fascinación que un individuo, una obra o una idea ejercen sobre nuestro espíritu. Esta fascinación paraliza nuestras facultades críticas y llena nuestra alma de asombro y respeto. Los sentimientos entonces provocados son explicables, como todos los sentimientos, pero probablemente del mismo orden que la sugestión experimentada por un sujeto magnetizador». He aquí que la ciencia —sociológica, psicológica— vuelve a tocar el misterio: fascinación, parálisis, magnetismo… Pero se puede y se debe racionalizar más: se debe buscar de donde procede este prestigio y por qué alguien llega a ser el caudillo de esta masa: de dónde saca su prestigio, la capacidad de fascinar o de paralizar. Un paso más en el tiempo y en la ciencia y nos encontramos nada menos que con el Dr. Freud, gran fetiche —y muy justamente— de nuestro tiempo. «En 1912 adopté la hipótesis de Ch. Darwin, según la cual la forma primitiva de la sociedad humana habría sido la horda sometida al dominio absoluto de un poderoso macho», dice en su «Massenpsychologie»: otra vez Darwin y su honda huella. Freud admite la existencia de dos psicologías: la de «los individuos componentes de la masa y la del padre, jefe o caudillo». No puede haber mayor diferenciación entre uno y otros: dos psicologías diferentes… La observación que Freud hace de la psicología del caudillo es muy valiosa, porque sigue valiendo para los de hoy: «Deduciremos, pues, que su yo no se encontraba muy ligado por lazos libidinosos y que, amándose sobre todo a sí mismo, sólo amaba a los demás en cuanto que le servían para la satisfacción de sus necesidades. Su yo no daba a los objetos más que lo estrictamente preciso». Por lo tanto, «en los albores de la historia humana fue el padre de la horda primitiva el superhombre, cuyo advenimiento esperaba Nietzsche en un lejano futuro. Los individuos componentes de una masa precisan todavía actualmente de la ilusión de que el jefe los ama a todos con un amor justo y equitativo, mientras que el jefe mismo no necesita amar a nadie, puede erigirse en dueño y señor y, aunque absolutamente narcisista se halla seguro de sí mismo y goza de completa independencia. Sabemos ya que el narcisismo limita el amor y, podríamos demostrar que actuando así se ha convertido en un importantísimo factor de civilización». De esta forma la justificación del Dictador aparece ya anclada en lo más profundo de la humanidad, en la supuesta horda primitiva y en el Padre Terrible que la gobernaba, que castigaba a los jóvenes machos y los contenía en sus límites, que fornicaba alegre y poderoso con las jóvenes hembras. Una institución, que se sigue encontrando en los grandes rebaños salvajes. Es decir, «lo natural». Hay que tener siempre mucho cuidado y esgrimir toda clase de desconfianzas ante quienes nos ponen «lo natural» como ejemplo y justificación. La Naturaleza como orden no existe, lo natural es una traslación de ciertas situaciones actuales consideradas como convenientes para quien habla y fácilmente justificables.

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Desfile de las fuerzas nazis frente a Hitler

Esta escuela naturalista de la dictadura justificada por el supuesto «origen del hombre» se había quedado sin duda anticuada por las ideas de Darwin —que, por otra parte, no era un reaccionario, sino un gran sabio que revolucionó en un sentido positivo una serie de creencias disparatadas y les dio una racionalización y una lógica: no puede ser responsable de sus seguidores— e incluso por las de Freud. Hacía falta, en nuestro tiempo, otro impulso «científico», con toda la carga de mística y de presión sobre los creyentes que entraña esta palabra desde el siglo XVIII. Incluso de una nueva ciencia: las nuevas ciencias siempre se reciben con alborozo por unas poblaciones sedientas de algo que finalmente las explique a sí mismas. Es la etología, de la que se considera como padres a Konrad Lorenz y a Niko Timbergen. Han formado una escuela que ha partido de Alemania (Federal) para contaminar otros países y otros científicos, como Robert Ardrey. La etología es la ciencia que estudia el comportamiento de los animales en su ambiente natural, o en una situación lo más parecida posible a tal ambiente natural. Una vez más nos encontramos con la confusión a que incita el concepto de lo natural, pues se parte del principio de un ambiente «ideal», o perfecto, como elegido por los animales para su vida, y no como forzados a él, lo cual muy bien puede suceder. Es la misma confusión que surge con respecto a la ecología, en la que se supone de antemano un cierto equilibrio entre especies y medio, sin tener en cuenta que ese equilibrio puede ser desesperado, puede ser trágico. Y un no-equilibrio.

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Nasser

Por la vía de la etología, se llega a suponer una identidad entre el comportamiento humano profundo y el animal. En los libros de Ardrey o Lorenz «los autores argumentan que el hombre es por instinto una criatura agresiva, y que es esta propensión innata la que explica la agresión individual o de grupo en el hombre» (Ashley Montagu, «Hombre y Agresión», Kairós, Barcelona 1968). Más importante aún es el fenómeno de «territorialidad», básico en la nueva ciencia: las sociedades, los grupos o las familias animales escogen y señalan un territorio que es suyo, que es propio, y que defienden contra todos los demás, de la misma especie o de otras especies. Fácilmente se ve como esta ideología puede transportarse, en el conocimiento del hombre, a la noción de patria. Dentro de su territorio, por el que pueden guerrear, las sociedades animales establecen sus jerarquías. «En el interior de un territorio común, los animales sociales se otorgan un orden por medio de luchas, que generalmente se resuelven con una prueba de fuerza «ritualizada»; tras esa lucha y la exhibición de potencia y vigor físico, el animal vencedor se convierte en dominante y el vencido en sometido (…). En la mayoría de las especies la fijación de la jerarquía es un proceso bastante largo y complejo, con toda una serie de falsas luchas que sin embargo son determinantes; por fin se consigue una estabilización sorprendentemente precisa. El animal que se coloca en la cúspide es llamado «déspota» y ejercita solo, o junto a otros de elevado rango, una specie de «dominio» sobre los inferiores de la escala social, llamados también «subordinados» (Giuseppe di Siena, «Ideologías del biologismo», Anagrama, Barcelona). Tenemos aquí una descripción perfecta de la dictadura tal como se da en las sociedades humanas, y claramente entroncada con lo «natural». La tesis de Ardrey, explicada por Di Siena (obra citada) es la de que «el hombre es una parte del reino animal y conserva casi intactas las costumbres animales en particular el instinto territorial y la tendencia a la jerarquía; además, y ello es lo más significativo, el hombre es el heredero de un mono asesino, ha aparecido en la escena del mundo con una muerte, y el descubrimiento del arma mortal ha sido determinante para su posterior evolución». Así queda estabilizada la doctrina típica de lo que llamamos «la derecha»: la maldad «natural» del hombre, el pecado original que atrae el castigo eterno y permanente. Digamos aquí que una diferenciación primaria entre las actitudes de izquierda y derecha es precisamente ésta: la derecha considera al hombre malo por naturaleza y requiere una sociedad represiva y una autoridad punitiva para contenerle, mientras la izquierda mantiene la tesis del hombre bueno pero maleado por la sociedad y requiere una reforma de la sociedad hacia un modelo permisivo y tolerante, no competitiva, que permita la expansión de la verdadera naturaleza libre del hombre. (Ello no impide que existan dictaduras y represiones bajo el signo de la izquierda.) Ardrey no vacila en descubrir su ataque directo a la izquierda por lo que él llama «el malentendido romántico», que es el de la bondad natural. «Pocos hombres en la época moderna han tenido una inteligencia capaz de rivalizar con las de Karl Marx y Friedrich Engels. Sin embargo, éstos se adhirieron a la ilusión de la Bondad Original con un entusiasmo que corta la respiración y que habría provocado la consternación del mismísimo Rousseau» «El socialismo marxista representa el más sorprendente y apocalíptico triunfo del malentendido romántico sobre el espíritu del hombre racional» «Un genio de la talla de Karl Marx podría ser víctima del malentendido romántico por razones que solamente podemos suponer: su naturaleza teutónica, su vanidad, su insuperable desconocimiento de lo humano». Son todas estas citas de un libro de Ardrey. «El instinto de matar», y por ellas se ve su dirección política que hace que Giuseppe de Siena le califique de «lacayo del imperialismo», sobre todo en cuanto relata la crisis del Caribe de 1962 como una simple reacción de defensa territorial de los Estados Unidos (Ardrey, «The territorial Imperative: a personal inquery into the animal origins of property an nations», Londres).

Un paso más y nos encontramos con Skinner. Skinner se aparta en «su» ciencia del todavía humanismo, del todavía espiritualismo que cabe en la etología, en la psicología o en la sociología, y se define como un «ingeniero del comportamiento». Skinner tiende a destruir la idea de la explotación, de la dictadura o de la jerarquía por el descubrimiento de un sistema: todos ejercemos efectos recíprocos contra todos. «Al observar como controla el amo al esclavo, o el patrón al trabajador, solemos pasar por alto los efectos recíprocos —escribe— y, considerando la acción en un solo sentido, nos vemos inducidos a considerar el control, explotación, o por lo menos la obtención de una ventaja unilateral: pero el control es, en realidad, mutuo. El esclavo controla al amo tan cabalmente como el amo al esclavo, en el sentido de que los procedimientos de castigo empleados por el amo han sido escogidos por el comportamiento del esclavo al someterse a ellos. Esto no significa que la noción de explotación no tenga sentido ni que no podamos con propiedad preguntar cui bono? Más al hacerlo así vamos más allá de la explotación del episodio social en sí, y consideramos ciertos efectos de largo plazo claramente relacionados con la cuestión de los juicios de valor. Una consideración semejante se suscita en el análisis de cualquier comportamiento que altera tina práctica cultural». La idea de que la relación entre amo y esclavo es recíproca, y entre dictador y dictado (un amo es un dictador en un ámbito de circuito cerrado, como más adelante veremos) por lo tanto también, y que el castigo del amo está producido por la voluntad del esclavo al elegir un comportamiento es claramente aberrante, y es otra justificación imprecisita pero «científica» de las relaciones de jerarquía y explotación. Todo se trata de «un episodio social». Está sin embargo describiendo una situación de la «dictadura democrática» —que también ha de aparecer después— como puede encontrarse en una frase de su crítico Erich Fromm: «El caso es que ningún dirigente ni ningún gobierno declara ya explícitamente su intención de someter la voluntad de la gente: tienen tendencia a emplear palabras nuevas que parezcan lo contrario de las antiguas. Ningún dictador dice que es dictador, y todos los sistemas proclaman representar la voluntad del pueblo. En los países del «mundo libre», por otra parte, la «autoridad anónima y la manipulación han reemplazado a la autoridad declarada en la educación, el trabajo y la política» (Erich Fromm, «Anatomía de la destructividad humana», Siglo XXI de España, editores, Madrid 1975).

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Ian Smith

Ocurre, como se va viendo, que la dictadura y la persona del dictador van adquiriendo, a través del tiempo, las modificaciones que el contexto filosófico de moda, los temas dominantes de cada momento, van imponiendo. El dictador y sus exégetas van abrazando la varia fe del pueblo para encarnarla. El dictador es un dios o un hijo de dios cuando el entorno cree en los dioses como habitantes un poco extraordinarios pero habituales de esta tierra; le cree elegido por la providencia o por la gracia de Dios cuando éste se ha alejado un poco más, y ya no hay dioses presentes pero sí lo están sus efluvios, sus emanaciones, sus mandatos, sus gustos, sus elecciones. Un poco más de escepticismo en la idea de los dioses, en la duda de si existirán o no o, en el caso de existir, si se preocuparán de esta jauría humana que habita la tierra, y aparece el dictador-horda, el padre terrible, el jefe del rebaño. Afinando un poco sobre la esencia del darwinismo, y es la masa humana la que aparece como necesariamente sometida. Ya empieza la idea de la Naturaleza como sustituta racional de Dios a hacer terribles estragos: ya estamos en pleno Dictador “natural», descendiente del hombre-mono, regulador los impulsos de agresividad, determinante del imperativo territorial y de su defensa. Pero como comienzan a infiltrarse profundamente las ideas crecidas en la Revolución Francesa de 1789 y en la revolución —o independencia— de los Estados Unidos, las ideas democráticas que seguimos considerando modernas, cuando en realidad todavía no lo son del todo, en vista de que la democracia está todavía en un proceso de elaboración y desarrollo, el Dios dictador está ya asumiendo esa personalidad de dictador demócrata. Ya aparece como un Presidente de República en numerosos países hispanoamericanos, en casi todos los países africanos. Y en Europa y en Estados Unidas se le presiente, se le mima, se le acaricia. Es De GauIle o es Nixon, revestidos de poderes excepcionales… Ya estamos en el Dictador anónimo o semi-anónimo de Skinner, en el Dictador-razón social. Es más complejo, es más astuto, más cauto, más taimado. Se niega a sí mismo. Pero está ahí, encarnando la historia, representando la «grandeur».

 

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