2.3- Las Cartas Portulanos de redes de rumbos

 Cuando se reanudó, a partir del siglo XIII, el comercio a distancia, la necesidad de la cartografía se hizo inmediatamente sentir, con la aparición de unas cartas náuticas que se basaban en la aplicación de la brújula a la técnica de la navegación, con unas redes o líneas de derrota, como la denominada Compasso Navigare, que reproduce un texto de mediados del s. mil, quizá redactado en Pisa.

Las cartas náuticas que con esa técnica comienzan a dibujarse, y que impropiamente se llaman portulanos, nombre que más bien pertenece a las guías escritas, tienen todas un mismo carácter: la red o redes de líneas de rumbos, a partir de núcleos, donde empezará a situarse una rosa de vientos, y las escalas gráficas, a veces en filacterias o en cartuchos troncales, pero careciendo siempre de la graduación en longitud y latitud. Ello significa que eran cartas dispuestas, no para una navegación astronómica, sino para la navegación de estima, partiendo de la determinación de la ruta por la línea de rumbo, que proporciona la aguja, pues la distancia se apreciaba por oficio, la estimación.

La falta de conocimientos de la declinación magnética originó que estas cartas tuvieran deformaciones en longitud, en el desarrollo de los países, máxime cuando es de suponer que al nacer los portulanos en el ámbito mediterráneo resultaron ser consecuencia de agregaciones parciales, al empalmarse distintos trozos de costa. El hecho es que en el S. XIII, estas cartas náuticas de líneas de rumbos se utilizaban tanto en Génova, en Mallorca, en Pisa, etc., para navegar en el Mediterráneo, como por los árabes para navegar por el Índico. Por ello, cuando se extendió el ámbito de representación, las deformaciones fueron en aumento, sin más corrección, porque predominaba la preocupación del rumbodistancia. De aquí que resulte la escala, por ejemplo, mucho mayor en Escocia que en el ámbito balear.

Dada la preocupación fundamental por los puertos y accidentes costeros, ya que eran cartas de navegar, el interior de los continentes se ofrece apenas en sus líneas generales, con el señalamiento de ríos —normalmente erróneo— y alguna indicación complementaria, pues el resto se llena con fantásticas representaciones de castillos o de animales o se deja semivacío. Las banderas, los escudos y elementos decorativos, como la virgen con el niño o las rosas de vientos, de profusión de colores, son lo normal.

Estas cartas utilitarias comenzaron a recoger leyendas o supuestos fabulosos en el Atlántico. Un ejemplo lo tenemos en la Carta de los hermanos Pizzigani; o islas que también son eco de supuestos fabulosos, como la de San Barandán. También empiezan a señalarse otras islas con motivaciones no conocidas, como una gran tierra llamada Antillia, la isla Brasil, la de San Zorzi, la Corbomarino, etc., que constituían una cadena que prolongaba hacia el Norte las islas de Madera y Porto Santo, con otras hacia el Oeste. Nos brinda otro ejemplo la importante carta catalana, de 1375, donde encontramos muchas de esas islas —antes que en la de Pizzigani—, como también se incluye el Extremo Oriente, con Chansay (Quinsay) y Zaiton, como fin de la India. El ejemplo se repite en el mapamundi de Andrea Bianco, que recoge noticias de principios del siglo XV. Lo mismo podemos decir del famoso mapa de Valseca, de 1439.

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