1-LA DICTADURA DE DIOS

El desprestigio de la Dictadura es relativamente reciente. Comenzó en Europa con la Revolución Francesa de 1789, tras las doctrinas de los Enciclopedistas. Comenzó, en realidad, con la expansión de las doctrinas del humanismo y la osadía de algunos científicos ilustres. Los terribles, condenables y condenados heterodoxos. Galileo, o Keppler, o Miguel Ángel. O Copérnico. Más tarde, Einstein, Freud. Hasta estos profetas, la constitución y el ideario general del mundo era bastante sencillo. Estos lunáticos —sonámbulos, les ha llamado Arthur Koestler— empezaron a socavarlo. La idea general era la de que la tierra era el centro del universo, y el hombre el rey de la tierra, y por lo tanto el dueño del universo. Dios era un hombre más allá de los hombres. Demasiado elevado para gobernar pequeños asuntos, delegaba su poder en otro hombre. A lo largo de la historia de las civilizaciones, aun de aquellas que parece que se han desarrollado aisladamente y sin tener contacto con otras, la idea de que «todo poder viene de Dios» aparece como permanente. Parece que el último defensor en occidente de esta tesis fue el Cardenal Primado Pla y Deniel, hace una cuarentena de años, en opúsculo que se hizo famoso. Y aún circulan monedas en algunos países donde la imagen del dictador o soberano, hombre fundamental, aparece rodeada de la leyenda «por la gracia de Dios». La colusión entre religión y poder es permanente, salvo algunas breves y perseguidas escuelas contemporáneas. Una gran parte de ciudadanos del mundo actual, los musulmanes de los países con monarcas absolutos, viven en la unidad de poder en la que su soberano es, al mismo tiempo, Imán de los creyentes. Es decir, el poder temporal y el religioso se funden en una sola persona, lo cual simplifica notablemente los asuntos de gobierno. Países que por una cierta confusión entre el progreso de la Ciencia y el de la mente humana se consideran como más avanzados o más «modernos» mantienen una estructura semejante: en Gran Bretaña, el Soberano o jefe de estado es simultáneamente la primera persona de la iglesia anglicana, desde el «Acta de Supremacía» y el «Acta de Uniformidad» proclamadas en el siglo XVII durante el reinado de Isabel, la supuesta Reina Virgen. Cierto que Corona e Iglesia son en Gran Bretaña elementos más decorativos que gobernantes, pero cierto también que millones de personas las respetan y las veneran. La apropiación de Dios es continua por el poder.

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Quema de libros por los nazis.

Con esta simple idea, la cuestión de gobierno era muy sencilla. Un problema concéntrico, o piramidal. En la cúspide, Dios: inmediatamente, el Soberano, como su delegado. Reinando en un país que a poco que tuviera fuerza y riqueza se consideraba como el centro de la tierra, a su vez centro del universo creado. Pero cuando algunos malignos espíritus comenzaron a ver y a querer demostrar que todo era bastante diferente, la idea cómoda comenzó a temblar. Resultaba que la tierra era un planeta lateral, marginal, dentro de una creación mucho mayor de lo que se suponía: y el hombre, una criatura solitaria y desamparada en un orbe infinito y vacío. Era lógico que la conjunción de los poderes temporales y religiosos se apresurasen a quemar a quienes sostenían estas ideas disolventes. Quemar, o cualquiera de las otras formas de asesinato propias de los poderes, a ser posible precedidas de torturas cuidadosamente estudiadas para llegar al máximo del dolor con la mayor economía de medios ha sido siempre una asignatura bien sabida por los poderes. Con una intención sin duda bondadosa y científica: la de demostrar al díscolo donde reside la verdadera naturaleza del poder. Algunos, tercos, han continuado sosteniendo sus tesis a pesar del cosquilleo de las primeras llamas en las plantas de los pies. Gracias a estos obstinados una gran parte del progreso mental ha podido ser continuado.

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Quema de libros por los representantes de la Inquisición. (Tabla de Pedro Berruguete.).

La ideología humanística llegó a cuajar en la revolución francesa, como primera manifestación europea contra la creencia habitual del poder absoluto y del descenso de la Providencia hacia una testa insigne que llegó a tener éxito. En realidad, la lucha contra la dictadura es tan eterna y permanente como la dictadura misma, y Espartaco y sus legiones de esclavos son un ejemplo suficientemente antiguo. Pero aún en esas luchas se mantenía continuamente la idea del hombre único, del superhombre, como grande y esencial valor. Espartaco era un dictador entre sus seguidores. La Revolución Francesa, por primera vez, puesto que la democracia griega había sido también un régimen piramidal, buscaba el gobierno de todos —la asamblea— en lugar del gobierno de un autócrata. Pensar que de esa Revolución y de la República implantada como consecuencia saldría uno de los mayores dictadores de la historia de la humanidad, Napoleón, induce a tristes reflexiones. Parece que siempre es, o ha sido, así. Carlos I, en Inglaterra, había tenido el desafío del parlamento que deseaba un poder relativamente más repartido, durante años y años había tratado de luchar contra la desconcentración del poder que amenazaba sus derechos divinos, hasta que fue ajusticiado y creada la república: de ahí salió un hombre nuevo, Cromwell, que puede ser considerado por sus características como el primer fascista moderno. Del antizarismo ruso salió Stalin, de la tremenda y larga batalla contra el poder milenario y cruel de las dinastías chinas, Mao Tsetung.

La historia de la humanidad es la historia de las dictaduras y, consolémonos, de la lucha contra las dictaduras; desolémonos de nuevo, de cada lucha contra la dictadura sale, tarde o temprano, un nuevo Dictador.

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Fotograma de El gran dictador de Chaplin.

Sus nombres son múltiples. Faraón, Shah, Negus, Führer, Sultán, Caudillo, Rey, Conducator, Inca, Mikado, César, Duce, Emperador. O Presidente de la República. El hombre de los mil nombres y del millón de adjetivos —Padre de la Patria, Benefactor, Salvador…— es, siempre un hombre fundamental. Para trazar su imagen ideal no hay que acudir necesariamente a los libros sagrados, a la leyenda antigua, a la mística, la religión o la magia. Está descrito por pensadores que forman alguna de las bases más sólidas de la cultura moderna y, podríamos decir, contemporánea. Ni siquiera hay que buscarlos entre los anteriores a la Revolución Francesa, que comenzó a socavar su mito. Son, diríamos, de ahora mismo. Respetados y admirados. Veamos esta lista: Nietzsche, Schopenhauer, Stirner, Weininger, Marx, Schiller, Klopstock, von Platen, Heine, Goethe, Hegel. No está hecha al azar. Es la lista que formaba la base esencial de la biblioteca de Mussolini, según uno de sus biógrafos (Giorgio Pini), y se reduce sólo a los pensadores alemanes que leía, estudiaba y traducía el gran Dictador de la época contemporánea. Entre los franceses estaban Sorel, Blanqui, Le Bon. Entre los italianos, Foscolo, Pareto. Estos y otros autores enseñaban a Mussolini la gran idea de que «pronto o tarde, se alzará un hombre que será a la vez el soberano de este país y el más justo de sus ciudadanos». La frase no es de ninguno de los citados, sino de Fichte (1762-1814), discípulo de Kant y maestro de muchos. Esta idea maestra de que «aparecerá un hombre», que el mundo viene soportando desde los anuncios judíos del Mesías, se repite continuamente en toda esa época con escasas variantes y con mejor o peor gusto literario. Está en la proclamación del héroe que había en Carlyle: «Héroe es aquél que vive en la esfera interior de las cosas, en lo Verdadero, lo Divino, lo Eterno, que existen siempre ocultos a la mirada de la mayoría, bajo lo Temporal y Trivial. En ello está ser; declara que ello está en todo, en actos o en palabras, declarando que él mismo está en todo. Su vida, como hemos dicho, es un fragmento del corazón inmortal de la misma Naturaleza; lo es toda vida de hombre, pero la multitud de los débiles no es consciente de este hecho y le es infiel; el pequeño número de los fuertes es fuerte, heroico, vivaz, porque este hecho no puede serle oculto». Existiendo este Héroe, forzoso es rendirle culto: «El culto al Héroe se convierte en un hecho indeciblemente precioso; el hecho más consolador que pueda verse en el mundo actual. Hay en él una esperanza eterna para la conducción del mundo. Cuando veamos hundirse todas las tradiciones, todos los arreglos, todos los credos, todas las sociedades posibles constituidas por los hombres, quedará esto. La certidumbre de que nos son enviados Héroes; nuestra facultad y la necesidad en que nos encontramos de reverenciar a los Héroes cuando nos son enviados es algo que brilla como una estrella polar a través de las nubes de humo y de polvo, a través de toda especie de precipitación y de conflagración». Toda esta resonancia la encontraremos después en Nietzsche, cuyo Superhombre ha de venir para salvar a la Humanidad entera (Hitler se creyó que era él: cientos o quizá miles de personas se creyeron que eran ellas: algunas fueron a parar a los asilos de alienados, otras fueron más o menos toleradas por sus familias, algunas alcanzaron el poder y excelentes niveles de catástrofe). Se puede encontrar en nuestro casi contemporáneo Georges Bernard Shaw, socialista fabiano, escéptico, burlón y acusado de cínico. Pero no pudo evitar, a veces, exaltaciones como las que le llevaron a escribir su «Man and Superman», y en el epílogo de aquella obra de teatro, esta frase: «La necesidad del Superhombre, bajo su forma más imperiosa, es una necesidad política. Lo que nos conduce a la Democracia Proletaria es el fracaso de todos los otros sistemas posibles: porque esos otros sistemas dependían de la existencia de Superhombres actuando como déspotas o como oligarcas» (pero al no aparecer, la humanidad se consolaba con las democracias proletarias). « ¿Quién es el hombre que, teniendo hoy experiencia, por escasa que sea, de la Democracia Proletaria le otorga confianza para resolver los grandes problemas políticos o incluso para resolver los asuntos de trámite al nivel de parroquia, con inteligencia y economía? Solamente bajo los déspotas y los oligarcas la fe en el «sufragio universal» ha tomado el aspecto de una panacea política. Pero se deshace cada vez que se la expone a la prueba de la práctica». Obra y epílogo están fechados en 1930. El año en que algunas naciones habían encontrado ya su Superhombre: Stalin, Hitler, Mussolini.

 

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