1.-ENRIQUE EL NAVEGANTE

En 1385, en las Cortes de Coimbra, Juan, gran maestre de la Orden de Avís, fue confirmado en el trono de Portugal con el nombre de Juan I. El mismo año, el ejército portugués, mandado por el caballeresco y galante Nuño Álvarez, puso en fuga a los castellanos en la batalla de Aljubarrota, que estableció definitivamente los destinos autónomos de Portugal. Desde 1249, el país estaba completamente liberado de la ocupación musulmana por la conquista del Algarve. El portugués era la única lengua oficial. El poder central emprendió la nueva jerarquización de la nobleza y la organización del artesanado urbano, de manera que al comienzo del siglo XV Portugal estaba listo para hacer su entrada en la escena mundial.

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ENRIQUE EL NAVEGANTE En este fragmento del políptico llamado «de la capilla de San Vicente», en que el pintor Nuño Goncal representó hacia 1458-1462 a la familia real de Portugal tomando parte en una ceremonia religiosa, se destaca aquí el que se presume sea el príncipe Enrique, sobriamente vestido de negro Bajo sus manos juntas, el tocado cónico con franjas de oro es el del rey Alfonso II, su sobrino; el niño de derecha es el futuro rey Juan II, que, volviendo a tomar el timón que su padre había abandonado un poco a los turbulentos nobles después de la muerte de Enrique (1460), condujo a los portugueses hasta el cabo de las Tormentas; en cambio rechazó a Cristóbal Colón, cuyas exorbitantes pretensiones le hicieron sonreír. Hacia el fin de su vida, el Navegante tiene el mentón grueso, la barba dura y la frente surcada de arrugas la boca y la nariz vuelven a encontrarse en su sobrino nieto (Museo de Arte Antiguo, Lisboa

Por suerte, la pareja real compuesta por Juan I y la fea pero virtuosa Felipa encontró en cuatro de sus hijos temperamentos bien dotados y suficientemente diversos para no entrar en litigio. El mayor, Duarte, escribió un tratado muy docto sobre los deberes de la realeza; el segundo, Pedro, juntaba a la pasión de los viajes un profundo gusto por el estudio; el tercero fue Enrique, cuya divisa era “Talento de hacer bien». El último, Fernando, moriría en Marruecos, cautivo de los berberiscos. Los tres mayores eran inquietos, y la paz de que gozaba Portugal les pesaba; por otra parte, el rey juzgaba necesario probar sobre el campo de batalla las virtudes de sus eventuales sucesores.

El objetivo escogido fue Ceuta, puerta del Mediterráneo; su conquista privaría de una base a los piratas musulmanes y, por otra parte, se anticipaban sobre la tierra de África las conquistas que los español» estorbados todavía por la ocupación musulmana, no dejarían de comenzar en seguida, como hacía prever la reciente ocupación de las Canarias.

Así, el móvil de la caballería cristiana se unía al del interés mercantil y se preparaba la síntesis imperialista que debía alentar en el curso de los dos siglos siguientes el descubrimiento.

La expedición dejó Lisboa el 13 de junio de 1415 sin conocer su Portugal pone pie objetivo. Ceuta, sorprendida, fue conquistada en agosto, y se consiguió, en África (1415) además de las proezas militares, un enorme botín. Esto no era más que un comienzo, pero debía orientar para siempre el destino personal del infante don Enrique, entrado en la leyenda con el nombre de Enrique el Navegante, y fijar el de Portugal.

En 1418 fue amenazada Ceuta por los moros de Granada y los de Fez. Enrique, con su joven hermano Juan, marchó en la expedición de socorro, de la que fue excluido Pedro, que estaba destinado al trono; los infantes llegaron demasiado tarde, pues el valiente Meneses, comandante de la plaza, ya había rechazado el asalto. Otro inconveniente: Enrique esperaba resarcirse tomando Gibraltar, pero su padre se opuso, pues hubiera sido romper con el rey de Castilla. El infante se sometió. Mientras que su hermano mayor, Pedro, partía a completar su formación para el oficio de rey con un viaje por Europa, Enrique se retiraba al cabo de San Vicente.

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EL SUDOESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, CUNA DE LOS EXPLORADORES

La meseta calcárea del Algarve, prolongación de la áspera Extremadura, se inclina lentamente al Sudoeste, hacia el Atlántico, donde se de don Enrique adentra para concluir en una desnuda península de abruptos acantilados. Enrique se retiró allí, a una casa de Raposeira, cerca de Sagres, no lejos del puerto de Lagos, y buscó cómo podría conciliar con la razón dinástica el gusto por la aventura, que él sentía tan profundamente. Se presiente, por otra parte, en este retiro, pronto legendario y siempre enigmático, la repercusión de un conflicto privado, pues si el príncipe fue toda su vida soltero, se le conoce por lo menos una hija natural. Disponiendo en su calidad de gran maestre portugués de la Orden de Cristo, heredera de los Templarios, de importantes sumas, las invierte en investigaciones y pronto en expediciones lejanas. Asumía así, separado del trono donde se despachaban los asuntos corrientes, la preparación del porvenir, realizando por primera vez lo que más tarde sería ley: la toma de posesión de la exploración por cuenta de la realeza.

Su sueño le conducía lejos, por las costas de África. Las caravanas saharianas le traían oro, y en algún lugar existía un monarca cristiano, cuyos representantes, monjes vestidos de negro, aparecían regularmente en Jerusalén alrededor del Santo Sepulcro. ¿Cómo establecer contacto con este príncipe misterioso cuya alianza habría permitido atacar al musulmán por la espalda? Estabilizada mucho tiempo en el Oriente Próximo, la marea mahometana, contenida por el Oeste, había iniciado una nueva acometida hacia el Este bajo el impulso de los turcos osmanlíes. La Medialuna dominaba firmemente todos los caminos por donde venían en otro tiempo las especias y las pieles. Pero existía un camino marítimo. Decididamente, la política, la religión y el ansia de los negocios acuciaban incesantemente el espíritu de Enrique hacia las regiones occidentales de África, cuyo contorno desconocido él imaginaba.

Los hermanos Vivaldi, partidos de Génova en 1291, no habían regresado jamás, ni tampoco los catalanes que en 1346 se habían aventurado hacia Río de Oro. Los árabes hablaban a veces de las factorías que poseían al este del continente negro, pero en los parajes del oeste afirmaban que existía un mar tenebroso, poblado de monstruos y cubierto de una niebla tórrida, donde los navíos se incendiaban espontáneamente. ¿En qué medida mentían? Puesto que era imposible para un príncipe ir a verlo por sí mismo, ¿por qué no enviar a gentes de confianza? Sería preciso ante todo tomarse tiempo. En el navegante del cabo San Vicente, la audacia de pensamiento se unía a la prudencia en la acción. Un día sus servidores le vieron levantarse con aire entusiástico y la vista en la lejanía, como si hubiera recibido durante la noche una revelación súbita, y les ordenó armar rápidamente dos navíos para el descubrimiento.

Así empezó la cadena de las exploraciones portuguesas.

 

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